8 de septiembre de 2006

La edad bisagra, Flavia Ricci


"Me identifiqué al instante con ese niño, al que veía de espaldas, adelante y a mi izquierda (yo iba por el medio de la calle, devorándola). Me identifiqué cerrando una larga brecha de tiempo y experiencia. Yo había sido él. Había vivido como ahora vivía él esas mañanas de domingo solitarias y muertas en el pueblo (...)
Todo eso lo vi en un segundo. Y si reconocí los movimientos y la intención fue porque yo también había hecho cosas así, y todo niño las ha hecho. ¿Qué niño no quiere ser grande, y tener una moto, y correr como el viento? Y a los niños no es cuestión de decirles que esperen a crecer, que tengan paciencia. Lo que quieren, lo quieren ya, y como es imposible recurren a la magia de su fantasía, que para eso se las ha dado la Naturaleza. Y entonces la frágil bicicleta con rueditas se transforma en una poderosa Gilera de alta cilindrada ... Si viene una Gilera de verdad, cuando se les pone a la par le corren una carrera con "la suya", así sea durante la décima de segundo en que van lado a lado ... Yo lo había hecho, y ahora yo estaba "del otro lado", del lado en que los sueños se hacían realidad". (Un sueño realizado, César Aira, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2001).

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Ahí vamos

Por este fragmento, aunque más no sea, merece ya de por sí leerse el libro de C. Aira de punta a punta.

Estoy en esa edad bisagra, ni tan allá ni tan allí, en donde muchos sueños comienzan a hacerse realidad. He viajado, tengo una hija que me enseña y sorprende día a día, una posición social, independencia, trabajo, experiencia laboral, formación académica de grado y postgrado, una casa que disfruto y unas exigencias que la vida en algunos aspectos sube, en otros baja.

No sólo ya no soy la niña de la bici con rueditas, sino que además tengo una hija. He pasado a estar a la par de mi madre, que es tan madre como yo (aunque se esmere en verme sólo como su hija, para frenar el paso del tiempo y por sus propios temores). Pero en esta edad bisagra, los 30, cada vez más comprendo que soy la dueña y señora de mi vida, que los sueños cada vez más se van haciendo realidad. Y mi hija crece, mis amigos se casan, se divorcian, se arrejuntan. Y vamos comprando cosas que antes nos daban igual: aquellas tazas de café rústicas que armonizan con la bandeja para servir infusiones varias, esos sahumerios indios de madera de cedro que encendemos después de las 23h con las luces bajas del salón y sobre la alfombra que tanto nos relaja. Y nos volvemos sibaritas y discutimos con un camarero si el Cuba Libre no está exactamente como lo pedimos, porque sabemos cómo se hace, porque hemos estado en Cuba y porque, ¡vamos!, tenemos el dinero para que nos preparen un Cuba Libre como Dios manda.

Y hacemos fiestas con comidas y bebidas que tal vez probamos en Europa o Asia, cogemos aviones y nos conducimos en los aeropuertos como si siempre lo hubiésemos hecho. Y cogemos de la mano a nuestros hijos y los adentramos en ese mundo cosmopolita, fascinante, al que accedimos en nuestra edad bisagra.

Y nos damos tiempo para salir a bailar, tomar algo, ir al teatro, al cine, leer literatura de la buena y tirarnos boca arriba en un parque junto al Río de la Plata viendo los barriletes.

Y vemos ese cielo azul profundo, en el que a veces, sólo a veces, pasan aviones. Pero no están lejos, porque los hemos cogido millones de veces recorriendo el mundo.

Miramos a nuestro lado y nuestros hijos nos sonríen. Y somos madres, y somos mujeres, y logramos llegar y hacer nuestros sueños realidad. Y hacerlo bien. Y deseamos que a nuestros padres se les vaya el miedo porque fracasemos, porque no vamos a hacerlo.

Y somos felices .... sin más.

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