27 de mayo de 2015

Si te digo ven (II), Flavia Ricci

Le hablás a una que no soy. A una que fui. Yo también puedo girarme sobre mi hombro y verla de reojo allí. Le hablás con unas palabras que antes avanzaban como dardos, y ahora temerosas, hasta puedo agarrarlas. Lo hago ¿lo ves? Tomo una a una tus palabras que llegan muy lento, las miro, las huelo, las froto. Las dejo. Dejemos las palabras. No son para mí, no a esa velocidad, son para la de ayer. Son letras en una entropía sin probabilidades de ser fonemas, sonidos. Sonrío. Extiendo mi mano. Y te digo ven. Hace tiempo estoy volando como un Dragón.





22 de mayo de 2015

Lo evidente de tu escondite, Flavia Ricci

Delante de tu cobardía un nombre
Detrás
El nombre verdadero
¿Por qué no te escuchás?

Delante de tus ojos una mirada
Detrás
La mirada verdadera
¿Por qué una venda que refuerza tu ceguera?

Delante de tus manos otras manos
Detrás
Las manos verdaderas
¿Por qué no las estás extendiendo?

Delante de tus narices un perfume
Detrás
El perfume verdadero
¿Por qué limitar la belleza?

Delante de tu voz un nombre
Detrás
El verdadero nombre
El nombre verdadero
NOMBRA


Sentir
que tus sentidos van más allá
lo siento
lo sentís
los sentidos
transparentes
te traspaso
te atravieso
te interpreto
te encuentro.
¿No lo ves?






21 de mayo de 2015

La mano abierta, Le Corbusier


Abierta para recibir
Abierta tambien para que todos
vengan y tomen
las aguas fluyan
el sol ilumine
las complejidades entramaron
su estructura
los fluidos estan en todas partes
Las herramientas en la mano
las caricias de esa mano
uno prueba la vida
amasando con las manos
la vista reside en el tacto
a manos llenas he recibido
a manos llenas doy.


Las líneas de nuestras manos (fragmento), B. Dadié

Las líneas de nuestras manos
son líneas de Vida,
de Destino,
de Corazón,
de Amor.
Suaves cadenas
que nos ligan
los unos a los otros,
los vivos a los muertos.
Las líneas de nuestras manos
ni blancas,
ni negras,
ni amarillas.
Las líneas de nuestras manos
unen los ramilletes de nuestros sueños.


16 de mayo de 2015

La única mujer, Bertalicia Peralta

La única mujer que puede ser
es la que sabe que el sol para su vida empieza ahora
la que no derrama lágrimas sino dardos para
sembrar la alambrada de su territorio
la que no comete ruegos
la que opina y levanta su cabeza y agita su cuerpo
y es tierna sin vergüenza y dura sin odios
la que desaprende el alfabeto de la sumisión
y camina erguida
la que no le teme a la soledad porque siempre ha estado sola
la que deja pasar los alaridos grotescos de la violencia
y la ejecuta con gracia
la que se libera en el amor pleno
la que ama
la única mujer que puede ser la única
es la que dolorida y limpia decide por sí misma
salir de su prehistoria.




El umbral de los perplejos, G. Benedetti

Estás 
en el umbral de la mansión
—y en todas partes—
así a tu alrededor, como en tu fuero interno. 
No hay entradas ni salidas, ni siquiera senderos; 
sólo un plano de trazos que simula lo undívago: 
................................una escalera perpetua
................................una fugaz clepsidra 
una cámara doblada y un molino del tiempo 
una piedra angular en su clave de bóveda 
y una rosa infinita, como es siempre la rosa. 

La mansión 
te supone su hospedante y su huésped. 
Te incorpora el pretexto y te consigna su entorno.
Puedes andar sus andaduras, transitar sus espejos 
encartar cualquier estancia o quebrar sus geometrías.
En todo caso (a punto fijo) pulsarás sus resortes: 
...............porque así como es arriba, 
......................................así es abajo 
y así como es afuera, así es adentro.





9 de mayo de 2015

Hemos perdido juntos tanta nada, R. Juarroz

Hemos vivido juntos tanto abismo
que sin ti todo parece superficie,
órbita de simulacros que resbalan,
tensión sin extensiones.

El tiempo se convierte en antitiempo
porque ya no lo piensas.
Hemos callado y hablado tanto juntos
que hasta callar y hablar son dos traiciones,
dos sustancias sin justificación,
dos sustitutos.
Lo hemos buscado todo,
lo hemos hallado todo,
lo hemos dejado todo.
Únicamente no nos dieron tiempo
para encontrar el ojo de tu muerte,
aunque fuera también para dejarlo.





Gracias, mujer, por tus noches profundas; Carlos Edmundo de Ory


También tú me abandonas mi última mujer
te amé te amo aún y me despido ahora
Ven y no mires atrás donde yo no estaré
yo ya no sé decir adiós. 

Me quedo solo
Errante continúo mi marcha hacia los árboles
que gimen en la noche y me comprenden.
Me has creído inhumano y te apartas de mí.
Gracias mujer por tus noches profundas.
Los días nos separan y con su espada cruel
abaten el amor y su sagrado reino
Te di mi corazón.
 No te di mi cabeza
perdóname si mis caricias ávidas
te han gastado la piel perdóname
por el roto violín de mis besos mujer.




Palabras, Julio Cortázar

"Las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueran alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados".


Del tacto y otros poemas, Josefa Parra

I -Del tacto

    Acércate despacio a mis dominios;
que tus dedos tanteen el espacio
ciegamente, la oscuridad que envuelve
mi cuerpo; que construyan un camino
y lleguen hasta mí a través del velo
espeso y taciturno de las sombras.
Sálvame con la luz que hay en tus dedos
si me tocan, conjura la desidia,
enciéndeme o abrásame en el tacto
esplendoroso y claro de tus manos.
    Como las mariposas de la noche,
hacia la llama iré que tú convocas,
que prefiero quemarme a estar a oscuras.


II -Del olfato

    La vainilla; el espliego; el verdín; la canela.
A veces un aroma delgado como de agua,
como de nube o lluvia; a veces un violento
perfume que recuerda la piel de una gacela,
el sudor y la sangre de un animal en celo.
Pero siempre, al final, la vainilla, el espliego...


III -De la visita

    Para tus ojos.
Para tus ojos fieramente abiertos.
Para tus ojos fijos.
Para tus ojos con caudal de fiebre.
Para tus ojos grandes.
Una orquídea de carne voluptuosa
para tus ojos ávidos
con vocación de abejas.


IV -Del gusto

    Hay sal sobre los labios. En la lengua,
un resto de naufragios y sirenas,
tal vez algas, y el gusto de los fondos
espumosos y verdes del océano.
    El sexo siempre sabe a mar de invierno,
a galernas en medio de la noche.


V -Del oído

    Se levanta tu voz, se enrosca y se estremece,
serpiente y remolino, se enzarza en mis cabellos,
sube aún, se engrandece, se enajena en rugido
y pierde la noción del trino o la palabra.
Eres otro en tu voz. No conozco a ese hombre
que grita en el placer, delicioso extranjero
que habla lenguas angélicas en una cama impura.





8 de mayo de 2015

Llamar o nombrar, Flavia Ricci

Llamar. 
Como se llama a concurso, como se llama entre la multitud, como se llama a todos y todas con tal de que alguien se gire y te mire. Llamar. Como se llama azarosamente, como se llama buscando a ciegas a alguien. Como se llama por temor a la soledad. Llamar. Llamar a todos, que sean cada día más, con tal de que aparezca alguien.
Yo no busco quien me llame, no me llama la atención.
Nombrar.
Nombrar que viene de nombre. Nombrar como quien dice que sos vos, y sólo vos. Nombrar como quien te elige. Nombrar como quien te extiende su mano certera. Nombrar como quien se atreve. Nombrar como quien se arriesga. Nombrar como quien sabe lo que quiere.
Yo respeto a quien me nombra. Por esa persona me giro y a esa persona doy mi mano. Por esa persona hablo y a esa persona protejo. No me llames como llamás a todo el mundo. No sé si soy yo. No me estás buscando a mí, sino a cualquiera que se gire. Quien llama, como quien llama a cualquiera, no llama mi atención. Llama a todos. Llama a nadie.



5 de mayo de 2015

Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo; Carmen Vallejo

Le digo que la quiero y me pregunta
"Qué significa eso para ti?"

Yo intento responder.

Pero una bandada de pájaros furiosos
sale volando desde el fondo de sus ojos
directa
a mi garganta.


Y quiero decirle
que quiero esta magia cada día en mi vida .

Y que no soy yo quien tiembla,
sino mi mundo entero
cada vez que me aprieta contra su pecho
en medio de la noche.

Y que no es casualidad
que cuando camino a su lado
el mundo se nos llene de pájaros
que deciden aterrizar en mi piel

porque es cuando me coge de la mano
que la carne se me empieza a llenar de alas.

Y entiendo entonces
que solo puede andar entre las nubes
aquel que sabe volar a ras de suelo.
Y que ella puede.


Y que no existe el miedo si mis precipicios
empiezan a tomar la forma de su cuerpo.

Y quiero decirle todo lo que las palabras no podrán contarle nunca.

Pero la miro.

-Como se mira a lo inalcanzable cuando nos roza por primera vez-.

Y callo.

Porque no hay silencio más hermoso
que este que viene cada noche
a bailar al compás de su respiración
a ras de mi piel
cuando las yemas de sus dedos
buscan mi cuerpo entre la oscuridad
para trazar en él
dibujos imposibles.

Y supongo que no se quedará conmigo,
pero quién quiere futuros
cuando el presente está tan repleto de infinitos.

Cuando su piel aquí.
Llenándome la sábana de plumas.

No hay altura en el cielo que pueda competir con este vértigo.



1 de mayo de 2015

Algo de tu nada, Flavia Ricci

Vos en tu vereda de Nada, donde nada hubo ni hay. Yo en la mía de Algo. Y ahora te doy la razón, cruzo a tu vereda de la Nada: no echo de menos nada (nada había en vos), hablo de nada (nada nombraste vos) y no me acerco nada (fueron tan prolijas tus distancias). Te doy la razón, lo entiendo ahora. Te acompaño entonces en tu vereda de la Nada. Pero entonces no vas a decirme que echás de menos Algo, que querés nombrar Algo, que te querés acercar Algo. Sobre todo no vas a decirme eso desde el silencio, porque no lo admito, ni escucho ni leo. Sobre todo no vas a decírmelo desde tu parálisis en la vereda de la Nada, porque eso es traicionar la esencia. No, tenés que saber que si Algo querés, tenés que moverte, cruzar a la vereda, la vereda del Algo. No temas, podés hacerlo por la senda peatonal, mirando fijo el semáforo para cerciorarte que está en rojo y nada va a pasarte. Seguramente será la senda más larga de tu vida: pero está marcada, hasta cerrando lo ojos podrás sentirla guiándote. Entonces, situándote en la vereda de Algo, en esa en la que yo estaba porque vos me colocaste allí, quizás puedas decirme algo, extrañarme algo, acercarte algo. No desde donde estás, nunca pero nunca más.




27 de abril de 2015

Canción para todas las que eres , Eliseo Diego

No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo azoro,
y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno ampara.
La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quien sabe,
y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer, tú todas,
colman mi corazón, y en paz las amo.





Vuelve a mí, Flavia Ricci

Sí, alguna vez estas palabras fueron para vos
Pero recordá también que antes de vos
tengo una vida con historias
y estas palabras eran tan sólo mías.
Ahora te pido que cuando me leas
no te sientas responsable de lo que cuento.
Todas estas palabras de amor
han vuelto a mí.
Y las obsequio de ahora en más
solamente a quien las merezca,
sin quedarse a medias.
Yo te libero de mis palabras
que tanto te amaron.





Qué me importa, Idea Vilariño

Qué me importa el amor
lo que pedía
era tu ser entero para mí
en mí
en mi vida
aunque no te tuviera
aunque en días semanas meses años
no tuviera aquel dulce olor a flores
de tu piel suave usada
que me daba
todo el amor del mundo.
Lo demás
el amor
qué importaba
qué importa.




26 de abril de 2015

Hablo, Flavia Ricci

Tu mundo es de imagen, yo soy de palabra, pero hubo un puente que quizás hablaba de otra forma de comunicación, a medio camino entre una y otra. Quizás transitamos ese puente, o al menos lo hemos visto. Hablo de las distancias, hablo de tu mano con la mía una tarde cualquiera, hablo de tu mirada hacia mí en los momentos justos y enfatizando tus palabras, nombrándome sin decirlo, justo ahí y no porque sí. Hablo de mi sorpresa por tu forma de decir, hablo de tus gritos en silencio. Hablo de la distancia que pusiste en las palabras, hablo de retroceder. Hablo de verte cada vez más lejos, hablo de ceñirme a tu mundo-imagen. Y entonces jamás nombrarme, bastarte esa mirada justa cuando decís algunas palabras, siempre a medias, que avanzan y retroceden como olas. Hablo de tu torpeza por no constatar que yo miraba por la ventana mientras hablabas. Atenta a lo que escuchaba pero sin poder fijar mis ojos en vos. Hablo entonces de querer disfrutar de lo que decías, los tonos, texturas, pausas en tus palabras. Pero hablo también de tu apropiada distancia física, de los abrazos medidos, de tu "hasta acá llegamos" diciéndomelo sin palabras. Y hablo de mí misma, quedándome en tu mundo de imagen. Al parecer el único que sabés decodificar. Hablo de verte aunque no te mire. 
Pero entonces ya sin hablar, sin nombrarte, así, solamente poder recordarte cuando alguien te nombre. Hablo entonces de poder decírmelo todo pero no confiar no en mí, sino en vos, qué grave eso. Hablo de no ser valiente ni tener coraje. Algo me indica que has construido tu seguridad a fuerza de no salir de tu mundo. O quizás solamente cuando alguien te invita. Hablo de que no sos capaz de nombrar. De elegir. Esa voz está tan dentro tuyo que solamente sos capaz de escucharla en el silencio de tu intimidad. Hay una voz que te indica qué hacer, qué mundos recorrer, hasta cómo sonreír. Hablo de que esa voz te recorre cada día, cada noche, aunque cierres los ojos, no escuches y estés en la más absoluta soledad. Hablo de traicionar mi confianza por tu cobardía. Y yo testigo mudo de tu evidencia. Hablo de algo mucho más allá. Hablo de que todo eso hace que en mí se desvanezca toda admiración, ilusión, ansias de verte. Y quede solamente es cascarón, si es que queda, del inicio que tuvimos.






Idea Vilariño x 2

Lo que siento por ti es tan difícil...

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.


Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto

Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...




La noche, Idea Vilariño

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido.
Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto.
Tú, el negado, da todo,
tú, el poderoso, pide,
tú, el silencioso, dame la dádiva dulcísima
de esa miel inmediata y sin sentido.

Estás solo, lo mismo.
Yo no toco tu vida, tu soledad, tu frente,
yo no soy en tu noche más que un lago, una copa,
más que un profundo lago,
en que puedes beber aun cerrados los ojos,
olvidado.
soy para ti como otra oscuridad, otra noche,
anticipo de la muerte,
lo que llega en el día frío el hombre espera, aguarda,
y llega y él se entrega a la noche, a una boca,
y el olvido total lo ciega y lo anonada.
Sin límites la noche,
pura, despierta, sola,
solícita al amor, ángel de todo gesto...
Estás solo, lo mismo.
Ebrio, lúcido, azul, olvidado del alma,
concédete a la hora.




16 de abril de 2015

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta en una bella mañana de abril, H. Murakami

Una bonita mañana de Abril, en una estrecha calle del barrio chic de Harujuku en Tokio, me crucé andando con la chica 100% perfecta.
Diciendo la verdad, ella no era tan guapa.
No destaca de una manera concreta. Sus ropas no tienen nada especial. La parte de atrás de su pelo todavía está aplastada por haber dormido. No es joven, tampoco. Debe estar cerca de los treinta, nada cercano a una chica, hablando con propiedad. Pero aún así, lo sé desde 50 metros a la distancia: Ella es la mujer 100% perfecta para mí.
En el momento en que la veo, siento un retumbar en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.
Quizás ustedes tengan su particular tipo favorito de chica – perfecta con tobillos delgados, digamos, o grandes ojos, o dedos graciosos, o se vean atraídos sin una razón, por aquellas que se toman su tiempo con cada comida.
Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurante, cuando me doy cuenta, estoy mirando a una chica de la mesa de al lado a la mía porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede insistir en que la chica perfecta se corresponde con algún modelo preconcebido. Aunque me gustan mucho las narices, no puedo recordar la forma de la nariz de ella, o incluso si ella tenía una. Todo lo que puedo recordar con certeza es que ella no era una gran belleza. Es extraño.
“Ayer en la calle me crucé con una chica perfecta”, le digo a alguien.
“¿Sí?” el dice. “¿Guapa?”
“No realmente”
“¿Tu tipo favorito, entonces?”
“No lo sé. No parece que recuerde algo de ella: la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho”
“Extraño”
“Sí. Extraño”
“De cualquier manera”, él dice ya aburrido, “¿que hiciste, hablaste con ella? ¿La seguiste?”
“No. Solo me crucé con ella en la calle”.
Ella iba hacia el Oeste, y yo hacia el Este. Era una bonita mañana de Abril.
Hubiera deseado hablar con ella. Media hora hubiera sido todo: sólo preguntarle por ella, hablarle de mí, y – lo que más me habría gustado hacer -, explicarle las complejidades del destino que condujo a nuestro encuentro en una estrecha calle en Harajuku una bonita mañana de Abril de 1981.
Después de hablar, habríamos comido en cualquier sitio, quizás visto una película de Woody Allen, o parado en un bar de hotel para tomar unos cocktails. Con algo de suerte, podríamos haber acabado en la cama.
La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
¿Cómo me puedo aproximar a ella? ¿Qué le debería decir?
“Buenos días, señora. ¿Piensa que podría compartir media hora de conversación conmigo?”. Ridículo. Hubiera sonado como un vendedor de seguros.
“Perdóneme, ¿sabría por casualidad si hay una tintorería abierta las 24 horas en el barrio?”. No, igual de ridículo. No llevo ni ropa sucia, en primer lugar. ¿Quién va a creerse una cosa así?
Quizás, la simple verdad lo haría. ”Buenos días. Usted es la chica perfecta para mí.”
No, ella no lo creería. Incluso si lo creyese, ella no querría hablar conmigo.
“Perdón”, podría decir, “puede ser que sea la mujer perfecta para ti, pero tu no eres el hombre perfecto para mí.” Podría pasar. Y si me encontrase en esa situación, probablemente me querría morir. Nunca me recuperaría de ese shock. Tengo 32 y esto es lo que significa hacerse mayor.
Pasamos frente a una floristería. Una cálida, y suave brisa de aire toca mi piel. El asfalto está húmedo y siento el olor de las rosas. No me atrevo a hablarle. Ella viste un jersey blanco, y en su mano derecha sostiene un sobre blanco que carece de sello. Por lo que deduzco que ha escrito a alguien una carta, quizás estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por las ojeras en sus ojos. El sobre podría contener todos los secretos que ella hubiese tenido siempre.
Avanzo un poco más y me doy la vuelta. Ella se pierde entre la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente que debería haberle dicho. Habría sido un discurso largo, demasiado quizás para haberlo desarrollado adecuadamente. Las ideas que se pasan por la cabeza no son nunca muy prácticas.
Bien. Hubiera comenzado “Erase una vez” y terminado “Una triste historia, ¿no cree?”
Erase una vez, un chico y una chica. El chico tenia 18 años y la chica 16. Él no era especialmente guapo, y ella tampoco. Solo eran un hombre y una mujer solitarios como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo había un hombre y una mujer perfectos para ellos. Sí, ellos creían en un milagro. Y ese milagro ocurrió realmente.
Un día los dos se encontraron en una esquina de una calle.
“Esto es increíble,” él dijo “Te he estado buscando toda mi vida. No lo creerás, pero tú eres la mujer perfecta para mí.”
“Y tú”, dijo ella, “eres el hombre perfecto para mí, exactamente como te había soñado en cada detalle. Es como un sueño.”
Se sentaron en un banco del parque, se cogieron de las manos, y se contaron sus historias el uno al otro hora tras hora. Ellos ya no estaban más solos. Habían encontrado y sido encontrados por su pareja perfecta. Qué cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu pareja perfecta. Es un milagro, Un milagro cósmico.
Mientras conversaban sentados, sin embargo, una pequeña, pequeña sombra de duda enraizó en sus corazones: ¿Estaba bien que los sueños de alguien se hicieran realidad tan fácilmente?
Y así, cuando se produjo una pausa momentánea en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Vamos a probarlo para nosotros una vez. Si realmente somos el amor perfecto del otro, entonces alguna vez, en algún lugar, nos encontraremos otra vez sin duda. Y cuando pase, sabremos que somos la pareja perfecta, y nos casaremos. ¿Qué piensas?”
“Sí,” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer.”
Y entonces se separaron, ella fue al Este, y él al Oeste.
La prueba que habían acordado, sin embargo, era innecesaria. No la deberían haber realizado, porque eran real y verdaderamente la pareja perfecta, y era un milagro que se hubiesen encontrado Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran.
Las frías, indiferentes olas del destino continuaron sacudiéndolos despiadadamente.
Un invierno, el chico y la chica cayeron enfermos de una terrible gripe, y después de luchar entre la vida y la muerte, perdieron la memoria de sus años más tempranos. Cuando se dieron cuenta sus cabezas estaban vacías.
Fueron dos brillantes y decididos jóvenes, sin embargo, y gracias a sus esfuerzos constantes fueron capaces de adquirir otra vez el conocimiento y el sentimiento que les posibilitó volver como miembros hechos y derechos a la sociedad. Gracias a Dios, se convirtieron en ciudadanos que sabían como utilizar el metro, o ser capaces de enviar una carta especial al correo.
También experimentaron el amor otra vez; algunas veces, como mucho al 75% u 85%.
El tiempo pasó con una rapidez espantosa, y pronto el muchacho tuvo 32 años, la muchacha 30.
Una preciosa mañana de Abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el muchacho andaba del Oeste al Este, mientras la muchacha, teniendo la intención de enviar una carta, andaba del Este al Oeste, los dos sobre la misma estrecha calle del barrio de Harajuku en Tokio.
Se cruzaron en el centro mismo de la calle.
El destello más débil de sus memorias perdidas brilló tenuemente por un breve momento en sus corazones. Cada uno sintió un retumbar en su pecho. Y ellos supieron:
Ella es la mujer perfecta para mí
Él es el hombre perfecto para mí.
Pero el brillo de sus memorias era demasiado débil, y sus pensamientos ya no tenían la claridad de catorce años antes.
Sin una palabra, se cruzaron, desapareciendo entre la multitud. Para siempre.
Una triste historia, ¿no cree?
Si, eso es, eso es lo que debería haberle dicho.