Los ojos curiosos. Silencio. Mira todo. Es enorme.
Piensa, en las horas que faltan. La espera. Baranda de madera. Dedos que pasa
por la superficie. Piensa en ella. Sonríe. La mirada que va más allá (se
aventura). La tarde que cae. Todo el fin de semana por delante. Sonríe de
nuevo. Ella, ahí. Un encuentro entre tanta arquitectura racionalista. Como ella
(no es casualidad el lugar). Las palabras dejan lugar a las miradas. Se callan,
trastabillan. La mano se desliza por la baranda de madera. Se impacienta. Se
encuentran a mitad de camino. Levanta la vista. Quizás suene impertinente, pero
aflora una invitación. El deseo avanza, sigiloso. Todo se detiene. Sus sentidos
se concentran y afina el oído. Escucha. Tiene todo el tiempo del mundo y a la
vez … La mano se desliza hacia un libro de poesías. Lo abre en la página 35 y
lee. (Le) lee. (Le) sonríe. La gente circula alrededor ajena a ese pequeño
mundo perfecto. Y como si nada: poesía. Destinataria de lo que pasa. Para ella
y por ella. Se mantiene racional en su mundo sin descuidos. Pero, una mano se
desliza, al encuentro del libro que va a devolverle. Las manos apenas se rozan.
La piel apenas se toca (pero es claro que desde el principio esa piel busca su
piel). Cierra suavemente el libro. Levanta la vista. Arquitectura racional.
Como ella, y su mundo sin descuidos.
26 de mayo de 2016
Mundo sin descuidos, Flavia Ricci
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Tres Arroyos
19 de mayo de 2016
Quien mucho agrada, desagrada, Clarice Lispector
Nunca he oído este proverbio, creo que acabo de inventarlo. Pero vas a ver cómo este proverbio, inventado o no, se aplica a las personas que conoces: las que quieren agradar a cualquier precio. Entonces se vuelven «encantadoras». Intentan adivinar los mínimos deseos de los otros. Intentan elogiar de cualquier forma. Empiezan también a mostrar que se sacrifican a cada momento. Este tipo encantador pesa en el alma de los demás. En una palabra: desagrada. Si se consigue ser uno mismo y estar a gusto, se permite a los otros ser ellos mismos y estar a gusto.
9 de mayo de 2016
Los gustos y los antepasados, Roberta Iannamico
Había nacido para ordenar piedras.
Una sobre otra.
Hileras perfectas.
Canteras sin sembrar; dolorosos muros antiviento.
En la mitad del trabajo
sus ojos se escapaban tras alguna bandada.
Pero alguien siempre le recordaba
que las piedras eran más importantes.
Se animó una vez.
Y sus pies fueron entonces inalcanzables.
Selvas caleidoscópicas con tribus bailarinas,
resignados desiertos de sol,
pueblos hogares,
montañas con cumbres caracoleras,
el mar.
Pero un día necesito volver.
Su generación no lo comprendió
y lo condenaron a seguir ordenando piedras.
Entonces aparecieron alas en sus pies
y algunas de sus plumas volaron y volaron
por el laberinto sin memoria del tiempo
y llegaron hasta mí.
Una sobre otra.
Hileras perfectas.
Canteras sin sembrar; dolorosos muros antiviento.
En la mitad del trabajo
sus ojos se escapaban tras alguna bandada.
Pero alguien siempre le recordaba
que las piedras eran más importantes.
Se animó una vez.
Y sus pies fueron entonces inalcanzables.
Selvas caleidoscópicas con tribus bailarinas,
resignados desiertos de sol,
pueblos hogares,
montañas con cumbres caracoleras,
el mar.
Pero un día necesito volver.
Su generación no lo comprendió
y lo condenaron a seguir ordenando piedras.
Entonces aparecieron alas en sus pies
y algunas de sus plumas volaron y volaron
por el laberinto sin memoria del tiempo
y llegaron hasta mí.
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7 de mayo de 2016
Una a veces, Flavia Ricci
Una a veces no sabe cuánto echará de menos a alguien
si no ha habido distancia
o soledad
Ni cuánto amor había en esos momentos
porque eran eternos
Una no sabe cómo reaccionar
ante las palabras
dichas
o los silencios del bosque
Ni cuánto cuentan los acantilados
Una no sabe
Pero a veces una regresa
y se da cuenta de repente
Es que los regresos tienen eso
Tajantes como un abismo
Claros como el mar desde los Acantilados
Una
De repente
Se da cuenta de todo.
9 de abril de 2016
El amor aparece, Flavia Ricci
Hay una calle en donde cierro los ojos, despacito. La calle de los sueños. A esa calle suelo ir cuando cae el sol, cada día, entre semana. Es una calle solitaria, donde se escuchan a lo lejos sonidos de pueblo. Cierro los ojos en la más absoluta confianza. Transitar esa calle obliga a hacerlo. Una mano. Una mano se aferra a la mía. Un susurro llega a mi oído. Sonrío. Aprieto esa mano. Y abro los ojos. En la calle de los sueños, cada día cuando cae el sol, entre semana, nos encontramos. Vos y yo. Abro los ojos. Sonrío. Es el amor, es el amor que aparece, en una calle solitaria de un solitario pueblo.
El amor desaparece, Flavia Ricci
Es eso, lo sospecha. Eso que es hastío. Eso que la aburre. Es eso, lo terrible. Lo que intentaba evitar, lo que no había aparecido. Es el vacío. Es la sensación de plural. Es lo oscuro. Es la desesperanza. Es el borde mismo del abismo, pero sin alas. Es dejar compromisos y abandonar palabras, poco a poco, que nombraban. Es, ahora puede decirlo, que el amor ha desaparecido.
No hay amor
No hay amor
Ninguno lo dice
Nadie lo pronuncia
Y es que cuando no hay nada
nada de nada
no se nombra
¿cómo será nombrar la nada,
cuando antes se nombró al amor?
No hay amor
No hay amor
Ninguno lo dice
Nadie lo pronuncia
Y es que cuando no hay nada
nada de nada
no se nombra
¿cómo será nombrar la nada,
cuando antes se nombró al amor?
31 de enero de 2016
Bajo el cielo, J. Teillier
Bajo el cielo nacido tras la lluvia
Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: “álamos”, “tejados”.
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: “álamos”, “tejados”.
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.
Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huída de toda una estación.
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huída de toda una estación.
Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.
20 de enero de 2016
Des-pegar(se), Flavia Ricci
Ella, yo y otra. A veces creo que entre ellas dos se llevarían mejor que lo que se ha llevado cada una conmigo. Le hablo a una sobre la otra y parece que a ambas les interesa conocerse. A veces creo que soy una puerta por la que algunas personas pasan para llegar más allá. Ellas, cada una los extremos de una línea. Al medio, yo, un nudo. Me voy, el nudo se deshace. Ninguna me interesa más. Afino la puntería. Me libero de los extremos que me limitan. Des-pegar(se).
Encuentro, Flavia Ricci
Esperar y mirar la gente pasar, en una calle cualquiera. Pero la soledad cobra otro significado, quiere decir otra cosa, si esa espera tiene fin. Un encuentro. Un encuentro que se sabe ocurrirá. Una espera lo que va a pasar. No es esa soledad sin fin, ni esa desconocida, ni siquiera esa que trae consigo tanta nostalgia por esa presencia que no está. No, es la soledad mansa. Y cuando vos aparecés, entiendo todo.
22 de noviembre de 2015
Purosexo, Flavia Ricci
Algunas veces me imagino
un mundo de personas bondadosas
pero no todos estamos en él
yo te busco entre los habitantes de ese mundo
pero no te veo
entonces llego a la frontera y me detengo en el abismo
y caigo en caída libre en él
como si eso pudiera hacer que nada separe
a los bondadosos de los demás
y fuera puente para que cruces hasta mí
pero sencillamente no es posible
así que me voy
al país del purosexo
del nomeimportanada
a ese país sin rostro en donde nos castigamos
una y otra vez
los que no hemos podido encontrar el amor.
un mundo de personas bondadosas
pero no todos estamos en él
yo te busco entre los habitantes de ese mundo
pero no te veo
entonces llego a la frontera y me detengo en el abismo
y caigo en caída libre en él
como si eso pudiera hacer que nada separe
a los bondadosos de los demás
y fuera puente para que cruces hasta mí
pero sencillamente no es posible
así que me voy
al país del purosexo
del nomeimportanada
a ese país sin rostro en donde nos castigamos
una y otra vez
los que no hemos podido encontrar el amor.
29 de octubre de 2015
Ring de box, Flavia Ricci
Indómito el tiempo, el nuestro. Me preguntás si te quiero o por qué estoy con vos. Sensación de libertad, de ser yo, de poder encontrarte y que vengas a mi encuentro. Seguridad cuando bajás la vista si te miro, y después tan desafiante y rebelde. Vuelo lejos, vuelo simple, vuelo libre. Y de a poco la ropa va quedando en cualquier sitio, sigo la caída libre de tu camisa o la trayectoria del pullover. Me acerco y me detengo en tu piel erizada por el frío de una noche de primavera que parece otoño. Casi no se oye nada afuera, dentro suena un piano. Me siento a mirar las luces. Libertad. Por favor. Libertad. Te doy un beso, de pie, de esos que no puedo terminar, caemos en la cama, nos enredamos, fluye todo el deseo de esta niña caprichosa. Todo lo demás no importa. Lo quise armar y no me fue nada bien. Dejemos eso. Ring de box. Veo los límites, estoy dentro. Libertad. Dame novedad. Dejemos que pase esta noche. Y otra noche. Y otra ... Vuelvo a ser yo. Palabras en la garganta. Corazón pleno de ser yo.
Viejo amor, Flavia Ricci
Nuestro amor iba de gemido en gemido, de mes en mes, nuestro amor adolescente y a tientas. Nuestro amor es viejo ahora, pautado, previsible, planeado. Nuestro maduro amor, que descansa en creer que lo dijimos todo antes, cuando dijimos a medias. En creer que callando pareceremos mentes sabias, personas que saben. Pero yo quiero ...
que me tomes de la mano porque sí, que irrumpan tus besos en mi boca, que corramos en una playa solitaria en octubre, ver una caída del sol. Que comiences a reírte quién sabe de qué, que me leas poesías hasta que nos interrumpa el día, cocinar comidas exóticas, beber vinos aterciopelados. Quiero elevarme a una nube, quiero que me hagas volar, quiero que lo callado coincida con lo pensado. Quiero palabritas simples y llanas. Quiero que recorras mi cuerpo una y otra vez. Quiero descubrirte cada día un poco.
Quiero mirar tus manos
entre las mías.
Y muchos abrazos.
que me tomes de la mano porque sí, que irrumpan tus besos en mi boca, que corramos en una playa solitaria en octubre, ver una caída del sol. Que comiences a reírte quién sabe de qué, que me leas poesías hasta que nos interrumpa el día, cocinar comidas exóticas, beber vinos aterciopelados. Quiero elevarme a una nube, quiero que me hagas volar, quiero que lo callado coincida con lo pensado. Quiero palabritas simples y llanas. Quiero que recorras mi cuerpo una y otra vez. Quiero descubrirte cada día un poco.
Quiero mirar tus manos
entre las mías.
Y muchos abrazos.
24 de octubre de 2015
Divagues, Flavia Ricci
De su brazo. Trepaba y se aferraba a todo aquello como
cuando escalaba montañas. Barcelona. Por Sarrià, tantos coches, tanto ruido,
callecitas sin nombre ni momento. Todo pasaba en simultáneo. De su brazo volaba
como si el tiempo fuera suyo. Abajo estaba Gràcia. Abajo la realidad, los
compromisos, el reloj, la noche y el día, el orden, la espera, los quehaceres,
el nombre y el apellido. Cerrar los ojos y volar. Todo aquello se terminaba.
Bordeaba el abismo del final, donde no queda otra alternativa que hacer
equilibrio para salir de allí. Y el adiós, un hasta luego ficticio. Todo, tan
pero tan junto, todo. Y bajó a Gràcia.
¿Has visto alguna vez a un Dragón volar acompañado? Siempre
vuelan solos. Y así sobreviven.
14 de septiembre de 2015
La cima de la soledad, Flavia Ricci
Querida madre,
Con urgencia y un enorme desamparo te escribo. Subí a la cima: lo hice, lo logré tal y como te dije que me había propuesto hacerlo. Caminé días a sol y a sombra. Madre: a veces apurando el paso, otras lentamente, sintiendo mi respiración. Muchas me detenía a mirar el paisaje y luego la cima. La imponente, vertiginosa, altiva cima. Con su arrogancia y soberbia. Tan alta y a solas. Subí sus cada vez más escarpadas paredes. Mis piernas, mis pies, mis manos que muchas veces apoyaba para no caer, fueron acusando el paso del tiempo y los días, interminables. Pero madre, miraba a mi lado, porque no era atrás ni adelante, y eso me daba la fuerza para seguir. Era eso, cómo decirte. Subí, casi sin aliento, sintiéndome viva, quizás como nunca, mi cuerpo, alma y yo. Y todo aquel imponente paisaje. Llegué a la cima: lo hice.
Pero madre, querida madre, te escribo desde una soledad, un desamparo, un desconcierto como pocas veces he sentido. Y espero me comprendas. Allí ella soltó mi mano, me hizo seguir a solas. Y cuando llegué a esa cima en la más absoluta soledad comprendí lo que es el breve espacio de lo más alto, tan solitario, tan escarpado, tan ríspido. Y el abismo, querida madre, el abismo que me rodeaba. Cierro los ojos, he imaginado esta carta que ahora te escribo. Espero, ansío, que me entiendas. Lo hice, estuve en la cima. Pero,
¿para qué regresar llevando a cuestas tanta soledad? ¿Hay alguien que pueda cobijarme?
Ahora afronto el desconcierto, ahora lo sé, lo he sentido. Ahora camino solitaria bajando poco a poco todo el camino andado. A solas. Después de aquella cima.
Tu hija
Con urgencia y un enorme desamparo te escribo. Subí a la cima: lo hice, lo logré tal y como te dije que me había propuesto hacerlo. Caminé días a sol y a sombra. Madre: a veces apurando el paso, otras lentamente, sintiendo mi respiración. Muchas me detenía a mirar el paisaje y luego la cima. La imponente, vertiginosa, altiva cima. Con su arrogancia y soberbia. Tan alta y a solas. Subí sus cada vez más escarpadas paredes. Mis piernas, mis pies, mis manos que muchas veces apoyaba para no caer, fueron acusando el paso del tiempo y los días, interminables. Pero madre, miraba a mi lado, porque no era atrás ni adelante, y eso me daba la fuerza para seguir. Era eso, cómo decirte. Subí, casi sin aliento, sintiéndome viva, quizás como nunca, mi cuerpo, alma y yo. Y todo aquel imponente paisaje. Llegué a la cima: lo hice.
Pero madre, querida madre, te escribo desde una soledad, un desamparo, un desconcierto como pocas veces he sentido. Y espero me comprendas. Allí ella soltó mi mano, me hizo seguir a solas. Y cuando llegué a esa cima en la más absoluta soledad comprendí lo que es el breve espacio de lo más alto, tan solitario, tan escarpado, tan ríspido. Y el abismo, querida madre, el abismo que me rodeaba. Cierro los ojos, he imaginado esta carta que ahora te escribo. Espero, ansío, que me entiendas. Lo hice, estuve en la cima. Pero,
¿para qué regresar llevando a cuestas tanta soledad? ¿Hay alguien que pueda cobijarme?
Ahora afronto el desconcierto, ahora lo sé, lo he sentido. Ahora camino solitaria bajando poco a poco todo el camino andado. A solas. Después de aquella cima.
Tu hija
31 de agosto de 2015
¿Se puede?, Flavia Ricci
Una sonrisa
Una atardecer
Un arribo
Expectativas
Un mar
Una botella de vino
Una cena para dos
Algunos libros
Palabritas
Pero digo ...
¿se puede?
¿Se puede con tu mano en la mía?
¿Se puede con tu mirada?
¿Se puede con tus abrazos?
¿Se puede noches y noches con vos?
¿Se puede un café de sobremesa?
¿Se puede porque sí? ¿Porque vos?
¿Se puede felicidad repentina y en silencio?
Yo creo que sí, se puede.
Se puede.
Una atardecer
Un arribo
Expectativas
Un mar
Una botella de vino
Una cena para dos
Algunos libros
Palabritas
Pero digo ...
¿se puede?
¿Se puede con tu mano en la mía?
¿Se puede con tu mirada?
¿Se puede con tus abrazos?
¿Se puede noches y noches con vos?
¿Se puede un café de sobremesa?
¿Se puede porque sí? ¿Porque vos?
¿Se puede felicidad repentina y en silencio?
Yo creo que sí, se puede.
Se puede.
24 de agosto de 2015
Palabritas, Flavia Ricci
Tengo palabritas guardadasen una bolsita transparente
que solamente veo yo
Tengo palabritas guardadas,
resguardadas de la intemperie
de los desamores
las promesas vacías
y hasta de otras palabras
que se desmoronan sin más.
Tengo palabritas guardadas
para decir en el momento justo
a la persona apropiada
susurrándole al oído
mientras vuelan
desde el borde de mis labios
hacia tu oído
Tengo palabritas guardadas
protegidas
vírgenes
no dichas
Yo
te elijo
te señalo
te nombro
y las palabritas
vuelan a tu oído en un susurro
amor
vida
alegría
pasión
honestidad
sonrisas
calma
lealtad
inocencia
ingenuidad
Tengo palabritas
en una bolsita
de niña pequeña
Afina tu oído
que vuelan a vos.
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palabras
Acantilados (III), Flavia Ricci
Entonces mirar el mar y hacerlo con vos. Entonces por suerte haberme guardado ese pedacito de inocencia, de ilusión, de cosas no dichas, de sonrisas. Menos mal, menos mal que no lo he contado todo, que lo profundo de mí sigue intacto, que la burla que he sufrido no es tan grave. Menos mal que puedo darte mis tesoros de bolsita como una niña que guarda sus caramelos preferidos: te doy las palabras amor, confianza, estabilidad, lealtad, sonrisas, confidencias, ilusiones, sinceridad. Vos las tomás, les das vuelta y (menos mal) les das el mismo significado que yo. Y permanecés. Pero entonces callar y que cales profundamente en mis pensamientos, aun en los más lejanos. O cerrar los ojos y que sigas allí mirándome. El tiempo no pasa, sé que no pasa, que día tras día te vuelvo a encontrar y me estremezco. Pero entonces que estés para abrazarme como siempre dijiste. Y me contengas. Y todo sea,
azul
verde
mar
acantilados
paz
estabilidad
Pero entonces que sostengas mi mano cuando me han derribado y me acerques a vos. Y yo como si nada piense "qué suerte". Pero entonces la palabra, la palabra que nombra, señala, elige. Pero entonces una vez más vos. Y yo. La arena. Y el mar.
Pero entonces la fortuna de haberte encontrado sin recodos, porque aun con ellos sé dónde buscarte. Y cerrar los ojos e ir al abismo. Al borde. Mientras vos me mirás. Y asomarme desde las columnas al mar. Y volar, Dragona, volar. Con vos.
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Mar del Plata
21 de agosto de 2015
Acantilados (II), Flavia Ricci
Es todo lo que puedo decir
Azul
Mar
Acantilados
Verde
Amor
Sonrisas
Alegría
Elegir
Manos
Arena
Pero miro ...
y callo ...
y regreso a esa playa ...
tan mía ...
y digo, bajito,
abrazame.
Azul
Mar
Acantilados
Verde
Amor
Sonrisas
Alegría
Elegir
Manos
Arena
Pero miro ...
y callo ...
y regreso a esa playa ...
tan mía ...
y digo, bajito,
abrazame.
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vida
30 de julio de 2015
Abrazos, Flavia Ricci
Necesito
una palabra
por ejemplo
azul
o verde
acantilado
o sol
arena
o playa
sonrisas
o miradas.
Pero pido,
solamente,
abrazos.
una palabra
por ejemplo
azul
o verde
acantilado
o sol
arena
o playa
sonrisas
o miradas.
Pero pido,
solamente,
abrazos.
4 de julio de 2015
De ángeles y tiempo, Blanca Sandino
Reconozco esa voz que habla del mar:
me llega desde donde la luz, lejanísima ya, duplica la estatura de mi sombra.
Reconozco esa voz que me reclama
para mostrarme en el ácimo espejo de las olas
la cruz con la que un ángel libró de todo mal mi nombre,
antes de que el granito pregonara ufano su dureza;
y antes, mucho antes, de que se doblegara al tesón del tiempo, y de las gotas.
(Hablo de un tiempo tan remoto, como la edad sin tiempo del insecto.)
Oigo tu voz. Sé que me llama, me apresuro. Y desde allí
-tú pléroma, yo arjé-, desde el hambre más honda,
puedo invocar tus manos, el secreto del fuego, la fuerza de los vientos, la pericia del agua,
y el asperón redondo y fino de la tierra que habito.
(Me abrasa la sed sin compasión de las salinas
y padezco la ceguera de quien año tras año espera que germine la semilla: mas reconozco tu voz.
Puedo. Es más de lo que quise, mucho más).
Por eso, nada ofrezco que el corazón no sepa contener:
yo intuyo el mar cuando aún es imposible sentirlo,
y tú... cuántas y cuántas veces invento que me quieres, y que podrías hallar, si los buscaras, trocitos de pizarra entre mis dedos.
me llega desde donde la luz, lejanísima ya, duplica la estatura de mi sombra.
Reconozco esa voz que me reclama
para mostrarme en el ácimo espejo de las olas
la cruz con la que un ángel libró de todo mal mi nombre,
antes de que el granito pregonara ufano su dureza;
y antes, mucho antes, de que se doblegara al tesón del tiempo, y de las gotas.
(Hablo de un tiempo tan remoto, como la edad sin tiempo del insecto.)
Oigo tu voz. Sé que me llama, me apresuro. Y desde allí
-tú pléroma, yo arjé-, desde el hambre más honda,
puedo invocar tus manos, el secreto del fuego, la fuerza de los vientos, la pericia del agua,
y el asperón redondo y fino de la tierra que habito.
(Me abrasa la sed sin compasión de las salinas
y padezco la ceguera de quien año tras año espera que germine la semilla: mas reconozco tu voz.
Puedo. Es más de lo que quise, mucho más).
Por eso, nada ofrezco que el corazón no sepa contener:
yo intuyo el mar cuando aún es imposible sentirlo,
y tú... cuántas y cuántas veces invento que me quieres, y que podrías hallar, si los buscaras, trocitos de pizarra entre mis dedos.
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