31 de enero de 2009

Buenas costumbres, Flavia Ricci

Así luzco
Cada tarde
leer un trocito de un libro
piernas estiradas
en la hamaca
que me traje de Brasil




27 de enero de 2009

Música, Flavia Ricci

Siempre lo he dicho, para los cumpleaños prefiero regalar algo impersonal como la ropa que meterme en la misma piel o, peor aun, en la cabeza del cumpleañero y regalarle un libro o música. Una vez lo intenté y no creo que haya sido ese el motivo por el que mi ex-ex-ex-ex (etc.) y yo rompimos. La ropa, algo que indudablemente va más por el gusto de lo que nosotros queremos que él luzca que por lo que él luciría. Porque la pregunta que nos hacemos es "¿qué tal le quedaría esto?". Con la música o los libros la pregunta es la opuesta, ya no se trata de obsequiarle algo que nosotros queremos que escuche o que lea, sino de intentar meternos en la cabeza del destinatario para saber si cuando reciba ese libro o ese CD (¿aún la gente compra CD?) no va a mirarnos con una mezcla de resignación y rabia contenida.
Él por ejemplo, aquella noche en que se apareció en mi casa en medio del festejo de mi cumpleaños, apareció además invitado por uno de mis amigos con un CD como ofrenda por estar allí. Amante de la música como soy abrí deprisa el obsequio y mi sonrisa fue cediendo a la sorpresa para luego quedar estupefacta al ver que era un CD de La Oreja de Van Gogh. Fue imposible volver atrás para fingir mi primera sonrisa. "Si quieres lo puedes cambiar, me dijo como pidiéndome disculpas. Y yo pensé que averiguaría cuándo era su cumpleaños tan sólo para regalarle el libro de las recetas típicas de Senegal, a ver qué careto ponía. Claro que cambié el CD al día siguiente, no tenía tampoco ningún novio al que le gustara ese grupete, como para simular un regalo y olvidarme del asunto.
Al año siguiente, ya amigos y creo que nada más entre medio, apareció nuevamente en mi fiesta de cumpleaños. Esta vez parece que se había asesorado muy bien: traía un CD de música brasilera no-comercial en su mano. Comenzábamos a entendernos.

26 de enero de 2009

Cosecharás tu siembra, Flavia Ricci



Llega un momento en la vida de una madre en la que podemos darnos el lujo de mirar algunos centímetros hacia abajo con una sonrisa de oreja a oreja por alguna ocurrencia de nuestros niños. Yo que deposito en Zoe todas mis expectativas, logros y alegrías e intento quitarle la mochila de alguna que otra frustración o desdicha personal (mía), me he sorprendido para bien una vez más. Hace unos días fuimos las dos a una biblioteca de Tres Arroyos, yo le enseñé dónde estaba la sala de lectura infantil y le dije que podía leer los libros que quisiera (es un decir porque aun no sabe leer). Días después regresamos a esa biblioteca y ella misma me pidió sacar un libro de literatura infantil para llevárselo a casa y que pudiera leérselo, como cada noche hago con alguno de los libros que tiene en casa. La miré y pensé qué bueno que haya heredado el amor por los libros y la lectura, no seré la primera ni la última persona en afirmar que quien lee más, vive más. Porque vive varias vidas, porque puede jugar con el lenguaje, porque da vuelta arriba y abajo las palabras, porque se ríe de las h mudas, de las y o los acentos. Porque se expresa mejor y procura que lo entiendan mejor también. Miré la sala de lectura que tenía una calcomanía de Fundación Leer y recordé mis pasos como Directora de Comunicaciones allí a poco de llegar de España a Buenos Aires. Por aquí habían andado ellos ... y salimos Zoe y yo con varios libros bajo el brazo, cómo no.

22 de enero de 2009

La medida de un hombre, Joan Vinyoli


Bien pensado, los días
de juventud valen mucho
para no darles un alto precio.

Si fueron ricos en fuego y en acción y disponibles
para todo (...)
Si fuiste
fracaso, anhelo, soledad y reserva
de la chispa que enciende bosques
y no sólo
proyecto avaro de ganancias
de hipócrita dominio,
sobre todo si fuiste
puro en lo puro
diré que has dado
la medida de un hombre.

16 de enero de 2009

Javier Cercas genial, Flavia Ricci


Cercas 1:

Por mucho que uno se contradiga y trate por todos los medios a su alcance de emanciparse del tedio insoportable de ser uno mismo y llegar a ser otra persona, a última hora uno no tiene más remedio que conformarse con ser quien es, con sus obsesiones, sus vicios, sus manías e incluso sus virtudes, que a menudo son también sus defectos. De modo que ser coherente no constituye una virtud, sino un designio de la genética: después de todo, por mucho que se viaje y se escriba y por muchos bandazos que se den, al final siempre se acaba en manos de esa bestia omnívora e insoslayable que es el YO.

Cercas 2:

No hay escritor, ni siquiera el que sólo escribe para los periódicos, al que no le anime una dosis más o menos controlada o tolerable de presunción, pues de lo contrario no viviría instalado en la quimera de que lo que escribe tiene algún interés para alguien y en consecuencia merece ser publicado.

Cercas 3:

Todo escritor que no acepte ser un mero escribano contrae un apasionado compromiso con el lenguaje, pero al contraerlo contrae también, lo sepa o no -y más le vale saberlo-, un apasionado compromiso con la realidad, porque, como no ignora ningún escritor con alguna conciencia de su oficio, la escritura de una frase, por banal o anodina que parezca, entraña la toma de unas decisiones que no son únicamente lingüísticas, y porque, si es verdad que el lenguaje de algún modo crea el mundo, el escritor es, ya no dueño del lenguaje, sí por lo menos su usufructuario privilegiado, y por ello tiene el deber de mantenerlo tenso y exacto y ávido de verdad y de significación.

Buenos Aires, Flavia Ricci

11 de enero de 2009

Un nuevo manuscrito, Franz Kafka

Nos toca a nosotros, a los artesanos y comerciantes, salvar a nuestro país, pero no estamos a la altura de esta tarea, ni afirmamos nunca que podíamos hacerla. Se trata de algún malentendido, y ese malentendido será nuestra ruina.

10 de enero de 2009

Las cosas, Georges Perec

Y, sin embargo, se engañaban; se estaban perdiendo. Empezaban, ya, a sentirse arrastrados a lo largo de un camino del que no conocían ni las vueltas ni el destino. A veces les entraba miedo. Pero, con frecuencia, sólo estaban impacientes: se sentían preparados; estaban disponibles: esperaban vivir, esperaban el dinero.

9 de enero de 2009

De verdad, Flavia Ricci


Y de pronto la vio. Ya no la imagen que él guardaba de ella y que por una extraña filosofía suya no se atrevía a desmentir. La vio de verdad. Allí estaba ella, unos años después y por lo visto había sobrevivido. De verdad. Mejor dicho, que lo llevaba muy bien a aquello de estar sin él (¿estaría con alguien más? ¿Por qué con el "más"? ¿Estaría con alguien?).
Pues allí estaba, bailando entre sus amigos, riendo con esa media sonrisa que dejaba ver sus dientes blancos como marfil, mirando hacia los lados pero aun sin haberle visto a él, que se quedó de piedra porque
no esperaba encontrarla más que en los recuerdos
o en las cosas que decían de ella otros,
muchas, muchísimas veces provocados a hablar
de ella
por comentarios de él mismo.
La vio de verdad. Y se dio cuenta que aquella cercanía que había hecho que todos los muros se derrumbaran entre ellos ya no existía. La intimidad se había ido, ya no digamos la confianza. Entonces, ella construyó un muro enorme y comenzó aquel extrañamiento, aquel pasar de ser nosotros a ser él y yo hasta llegar a ser un simplemento yo (el otro no importaba).
Trató con la mente de recordar lo que había sentido la primera vez que la vio cara a cara. O la primera vez que se besaron. O la primera vez que pasaron una noche infinita juntos. Infinita porque acababa de comenzar, pero sobre todo porque la había encontrado a ella (por fin). Recordó aquello que dijo Borges en una conferencia en París, que era imposible recordar nuestra juventud de verdad, que sólo recordábamos nuestro último recuerdo sobre aquello que queríamos recordar. Y que eso le provocaba tristeza.
A él también le entró una tristeza enorme. Por eso pasó de lo dicho por Borges, que al fin de cuentas poco y nada sabía de sus sentimientos y además estaba bien tieso ya, y se concentró en sentir, nuevamente, lo que había sentido aquella primera noche.


Pero fue ella quien, mientras él estaba concentrado con los ojos cerrados en medio del bar (ceño fruncido ,mentón hacia arriba como buscando inspiración divina) vino y lo abrazó profundamente. Y ese abrazo le caló tan hondo que no supo si abrir los ojos para verla de verdad y, sobre todo, si lo que sentía era de verdad. Y ya no una búsqueda, una de sus tantas búsquedas, de encontrarse con el amor cara a cara y afrontarlo contra viento y marea.
Pero abrió los ojos. Y era ella de verdad. Más verdadera que nunca. Y le cogió de la mano. Y caminaron simplemente mirándose. Y no tuvo que concentrarse más para volver a sentir aquello que sintió cuando la vio por primera vez cara a cara. Borges no entendía nada. Claro que podemos recordar de verdad. Aprendió a recordar, a re-acordar y, por fin, a re-acomodar.

8 de enero de 2009

Escribir, Marguerite Duras

Un escritor es algo extraño. Es una contradiccion y tambien un sinsentido. Escribir tambien es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa,con frecuencia,escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine,lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido,es la noche, es cerrado,eso es. El libro avanza, crece,avanza en las direcciones que creíamos haber explorado,avanza hacia su propio destino y el de su autor,anonadado por su publicación: su separación,la separación del libro soñado,como el título del hijo,siempre el más amado.

30 de diciembre de 2008

Puente, Flavia Ricci

Es lindo escucharte e intercambiar ideas. De tu chica, del mío. Es lindo ir y venir con palabras, aunque sepas que el teléfono no es lo mío. Es lindo recordar Buenos Aires y recordarte. Aquella noche en que yo, media hora con la heladera abierta y vos, entre la cocina y el lavadero de casa, hablábamos de sexo. Y con una sonrisa te comentaba mis cualidades y defectos en la cama. Es lindo tu cara pensativa y hasta casi enojada por un intercambio de puntos de vista sobre lo que es compartir. Es lindo escucharte, siempre escucharte. Es lindo verte proyectar donde sea que estés. Fue lindo compartir una casa con vos y aprender a ser una mujer buzo para poner distancia quisiéramos o no. Es lindo escuchar tus consejos, tus confidencias, tu sonrisa. Me ha encantado conocerte, chico porteño. Sospecho que seguiré viéndote y hablando contigo, relacionándote con esa parte de Buenos Aires que me gusta. Es lindo. Gracias. Con muchas S.

23 de diciembre de 2008

Agricultura de precisión, Flavia Ricci

Ropa, muebles, una cama para dos que sobraba, un lavarropas: varios objetos que llegaron a Tres Arroyos por si acaso terminaron quién sabe dónde, pero no en mi nuevo hogar, donde entorpecían la nueva vida que decidí comenzar. No, no sé nada de tu agricultura de precisión, no sé nada de ingeniería industrial y suena hasta raro que haciendo lo que hago esté viviendo en Tres Arroyos.

Mientras observo los nuevos códigos de gente con la cual no interactúo como habitante desde 1994, me sorprendo: aquí la palabra vale, los tiempos son de 10' para ir de un sitio a otro, hay fiado y no hay tantas rejas ni alarmas. Pero lo que más me conmueve es la bondad: entrar en un quiosco de un barrio y ver que las cosas se agrupan intentando llenar la estantería, un poco como cuando yo era pequeña y sacaba una silla a la vereda y les colocaba a mis juguetes un pequeño cartelito con el precio de cada uno y la ilusión de que alguien me lo comprara. El "buenos días" distendido, la siesta después de almorzar, las tiendas que cierran al mediodía y el saludo a los vecinos.

Tengo un par de gallos como vecinos, que me saludan cantando todo el día, una palmera en el fondo de mi jardín, gatos que se entretienen lamiéndose las patas y mirando hacia mi casa, gente que tiene habilidades que desconozco.

No, no sé nada del sorgo, del trigo ni de la soja. Mucho menos de manejar una cosechadora, ni de arar, ni de las tolvas y los silos. Soy una analfabeta que proviene de las grandes ciudades y a la cual el campo le es desconocido y a la vez fascinante.

Pero enseñame, enseñame con esa firmeza que tiene la gente que sabe que con la naturaleza no se pacta, con esa paz de saber que no hay prisas, con esa magia cada vez que te brillan los ojos mirando el horizonte y tomando tus mates amargos. Algo sé de montar a caballo, claro que mucho, muchísimo menos que vos. Yo vengo de un mundo de profesionales y allá donde he ido jamás he estado en la naturaleza porque no la había. Tres Arroyos partido en dos: los de mi bando y los del tuyo. Los que ignoramos que hay mucho, mucho que aprender allá de tu lado.

Después te ponés un traje, salís en coche y sos uno más en Buenos Aires. A mi lado, que te miro fascinada. Y ahí yo soy local: conozco los vericuetos. Los dos con las notebooks y wi-fi, los dos en Puerto Madero, los dos en discotecas. Ojos azules, desde ahora y en adelante.

20 de diciembre de 2008

Recuerdos de una mudanza, Flavia Ricci

Todas las mudanzas tienen cuestiones comunes, por ejemplo su dinámica: comenzar a meter todo en cajas y canastos de a poco, luego dejarse estar unos días porque todo parece marchar fácil y de repente no alcanzarle a uno el tiempo para terminar de cerrar cajas. Y éstas últimas suelen quedar con los elementos que hemos dejado para los últimos días de supervivencia en el sitio donde estamos: un par de cubiertos, unos platos, vasos, un juego de sábanas, la cama desarmada con el colchón sobre el suelo ... así que las últimas cajas tienen una mezcla de objetos diversos: control remoto, un collar, anillos, DNI, cucharas, papeles, biromes, un vaso y así.

Durante los últimos días he mirado todo con ojos de turista, tratando de ponerme el el lugar de que la próxima vez que regresara a Buenos Aires ya no tendría mi propio hogar. Es complicado ponerse en ese sitio cuando una aun está allí, pero fui descubriendo lugares por donde hacía tiempo no pasaba o incluso no conocía en la inabarcable capital argentina. Revisé algunas de mis mudanzas interurbanas o internacionales: de Tres Arroyos a La Plata, de La Plata a Barcelona, de Barcelona a Buenos Aires ... en todas fue llegar al sitio, acomodar las cosas de a poco y comenzar a vivir. Esta vez, se trata de una casa -que no piso- de estreno, con todo lo que ello supone: dar de alta servicios, probar ese lugar por primera vez, porque nadie vivió allí y armarse de paciencia con los tiempos de instalación de cada cosa, con la recompensa a cambio de que todo está nuevo y sin usar. Revisé mis mudanzas y las comparé. Hablo de las mudanzas que implican trasladarse con muebles, computadoras, libros, cuadros, lámparas, bicicletas, cocina, heladera, TV, entre otras cosas. Esas cosas que dan cuenta que uno se fue haciendo de los elementos necesarios y que si bien no atan, implican una logística diferente al que va por la vida con una maleta, CD, ropa y un par de libros y de piso compartido en piso compartido.

Hace muchos años decidí que la vida que yo quiero es la vida que incluye una identidad propia dada porque cada persona que entre a mi hogar vea mi estilo, vea mis huellas. Lo prefiero a ser volátil y no dejar huella donde he vivido. Porque hay huellas que una deja no sólo por lo que ha hecho, sino por los objetos que va eligiendo tener, mostrar, compartir. Estas son las mudanzas verdaderas, las otras son traslados sin importancia. Desde los 20 años decidí dejar de ser volátil y hacerme de mi identidad. Y elegí también tener que elegir antes de mudarme qué me ata y que no, de qué deshacerme y de qué no y a qué costo. Eso también me dio una mejor y mayor idea de la vida y del valor que tiene cada cosa que logramos, el cual muchas veces no se condice con el precio que pagamos por ello.

Heme aquí, habiéndome mudado a Tres Arroyos ayer, con mis cajas y canastos y muebles y todo ya aquí. Sin darme cuenta de que Buenos Aires quedó atrás, porque aun lo veo como un hecho reciente y éste como un viaje (a algún lugar, una especie de túnel por el que me meto en tránsito a otro sitio). Pero conforme voy con la perforadora metiendo clavos y cuadros y objetos, y colocando lámparas con el electricista y muebles y veo los lomos de mis libros y mis computadoras. Conforme salgo con mi bici por estas calles y me acuesto y levanto escuchando pájaros y gallos y grillos, entonces, entonces sí echo amarras y me siento más de aquí. Lo demás ... lo demás me parece algo que viví, cada vez más lejano, como alguien que una vez conocí pero nunca más volví a ver. Más cercano al sueño que a la realidad.

15 de diciembre de 2008

Mamushka, Flavia Ricci

Mi casa se ha transformado en una mamushka enorme desde donde salen objetos desconocidos. Miré dentro de un mueble lleno de bolsos y pensé que durante 2008 había usado las mismas 6-8 carteras cuando ese sitio estaba lleno de alternativas. Y que habían quedado allí desde mi mudanza en enero 2008. Esperando. Abrí mi armario de pared a pared y vi que había ropa ajena y mía sin uso, tampoco, que ni recordaba que existía. Quité una lámpara roja de la pared de mi habitación y me quedé pensando en cómo había hecho él la instalación. No podía entenderlo y pensé en él explicándome (una vez más) de qué se trataba y yo poniendo cara de que no entendía nada: soy nula con lo que a él le resulta cosa de todos los días. Así que pensé: enchufe, interruptor, foco. Pero esa lámpara no tenía a la vista esa lógica, y yo que soy mujer muchas veces estructurada, me quedé pensando mientras miraba la pared vacía. Quité cada uno de los cuadros y vi la prolijidad suya en colocar tornillitos y otras cosas cuyo nombre desconozco que dejaron la pared igual que antes, sin una marca. Y mi ansiedad e ignorancia clavando clavos que la mayoría de las veces quedaban torcidos. Ahora que preparé Poxi-Mix fui rellenando cada agujerito en la pared para dejar todo en orden y me quedé pensando un rato. Debo haber pensado más de 15 minutos porque cuando agarré nuevamente el Poxi-Mix estaba más duro que una roca y tuve que tirarlo. Entendí entonces por qué se llama Poxi-Mix 15. Antes del acto de fin de curso de Zoe me empeñé en quitar de la pared una estantería. No hubo problemas con los primeros tornillos, pero cuando quité el último se me vino encima, justo sobre el pecho, y me dejó sin aire y con la piel ardiendo. Recordé que hace unos meses, cuando él la hizo de la nada, la habíamos subido juntos. Deseé haberlo recordado antes, porque ahora lucía una hermosa raya roja a flor de piel de hombro a hombro.
Miré la cuna de Zoe, el cochecito, tantas cosas que como las había dejado habían quedado. Y ahora volvían a estar allí. Al igual que mis libros y papeles que estaban al alcance de la mano, cosa tras cosa, objeto tras objeto iba apareciendo, emergiendo.
De muchos me había olvidado: ropa, bolsos, objetos, apuntes, música, fotos. Pero todo vuelve como un boomerang. Con la paz y alegría necesarias. De todas formas, iba desmontando la casa una vez más, y van ...
En síntesis: una estantería que se me vino encima, la cuna de Zoe que me cayó de lleno en el pie derecho, un brazo dolorido por levantar mal algo, sonrisas muchas, insultos por los golpes algunos, alegría toda.

Fin de una etapa, Flavia Ricci

Llegó el día: Zoe con birrete y diplomas en mano ...




12 de diciembre de 2008

Egresos, Flavia Ricci


Querida Zoe:

Mientras se me mezclan los últimos días en Buenos Aires con tus últimos días de Jardín de Infantes te veo a mi lado crecer, y yo creciendo a tu lado. Mañana es tu acto de egresados: ¡el primero! Y aun no me lo creo. Todos estos años asistiendo al acto de fin de año de cada Jardín donde fuiste y mañana me toca a mí ser la mamá de una de las egresadas. Terminás una etapa y sé que no podremos ir en bici hasta Cuba y Manzanares como cada día íbamos, a menos que sea de visita.

En este mundo lleno de prejuicios espero que crezcas con los menos posibles. Espero que veas más allá de las sexualidades, religiones, ideologías políticas. Espero que vueles, que seas un poco Al-Taïr, “la que vuela alto”. Espero que vueles, espero que te enamores de hombres o mujeres, espero que siempre tengas ese brillo que tenés en los ojos y del que me ufano de ser parcialmente responsable. Espero que siempre tu mano busque a la mía por la calle. Espero que cada día pueda girarme y encontrarte con una sonrisa y también estar cuando necesites que te seque las lágrimas o te dé un “abrazo-mono sí señor: te sentirás mucho mejor”. Espero ser tu protectora siempre. Espero despedirte de todos los aeropuertos que vos elijas con la ilusión de que encuentres lo que yo encontré cada vez que me fui o regresé desde y hasta donde quise. Espero contarte mis historias en La Plata y Buenos Aires y Tres Arroyos y Claromecó y Necochea. Espero ver juntas el Mediterráneo barcelonés y enseñarte esos recovecos donde me metía sola o acompañada. Espero que puedas hablar un poco de catalán y estés siempre orgullosa de tus dos raíces: argentinas y catalanas. Espero que te gusten las Voll-Damm y el pà amb tomàquet tanto como a mí. Espero poder recorrer en un Citroen 3CV la Patagonia argentina con vos. Espero acampar en el jardín de casa y tener nuestra primera tortuga para cuidar. Espero seguir diciendo “¿por qué no?” aun cuando a mi alrededor me miren raro. Espero seguir riendo contigo y gracias a vos.

Cómo has crecido mi Zoe, cuando llegamos a Buenos Aires sólo tenías 6 meses y ahora ... Volá Zoe, volá siempre alto y hacia donde quieras. Yo siempre voy a estar con vos, aun cuando estemos separadas. En todo voy a apoyarte. Este mundo es hermoso Zoe, no veo la hora de viajar lejos y juntas y solas. Y mostrarte la belleza de todo este planeta, que desde que naciste es más bello aun, mi reina. La llena de vida.

9 de diciembre de 2008

La Singular, Flavia Ricci

Aquel fue un año intenso. Aficionada como era a jugar al límite creía tocarlo, pero siempre estabas tú. No me perdono haberme pasado año y medio jugando al gato/ratón, creyendo que siempre estarías por allí, como mi red de contención. Llevándome a casa cada vez que me daba por regresar de día, cuidándome cada vez que me daba por descuidarme, acompañándome cada vez que me daba por estar sola. Aquella noche podría haber cambiado el rumbo de mi vida, posiblemente de la tuya. No me perdono haber ido a cenar contigo creyendo –o queriendo creer- que era una noche más por Gràcia, de copas y comidas exóticas con el frío de la puerta para afuera. Siempre me costó distinguir cuando se trataba de dejarlo para siempre y cuando simplemente era una tregua. Tal vez por ello vivía rodeada de hombres, para no ver con mis propios ojos que unos eran treguas, y otros me dejaban o los dejaba yo para siempre. Así pasaban aquellos años, tú siempre a mi lado y yo siempre sonriendo dondequiera que mirara, daba igual. No me perdono que tú fuiste la que se atrevió a dar el primer paso, yo siempre fui cobarde y me desquité con los hombres descartables. No me perdono, guapa, que hayas aparecido de una forma imprevista y repentina en mi vida y que te hayas quedado pegada a mis años y mis amores a lo largo de todo este tiempo, islas y mares de por medio. No me perdono que de creer que me habían presentado a una persona más soberbia que yo, poco a poco te fui escuchando y de pronto quedé sorprendida de tu mundo: esas músicas que ahora suenan en mi casa y que bailo con mi hija, esas historias de África y España y tu isla y tus misterios, esas noches desde Madrid esquina Brasil y un quinto piso muy amplio desde donde podíamos bailar, correr, gritar y reír a diario. No me perdono, cada puta noche que pasa que hayas sido tan sensible y que lo haya estropeado todo yo por mi dificultad para el contacto físico. No me perdono Ramblas arriba y abajo haberme creído que te daba igual lo que hacía y con quién, porque no era así. No me perdono haberte mentido con mis sentimientos y quedarme con una media sonrisa cínica cuando te marchaste de casa y giraste la esquina sin mirarme ni saludarme, nunca más. No me perdono haberte echado el rollo de 20’ a medio decir, entre lo que sentía y lo que quería, pero manteniendo el tipo porque yo, la ganadora, no podía perder. Me llevó años darme cuenta, cuando ya no estabas ni en Barcelona ni en mi vida, que realmente llegaste a odiarme por ser tan cobarde. Y yo, que supe mentir, hice de esa mentira mi estandarte y lo hice de forma tan creíble que tú misma lo creíste. Mi media sonrisa cínica me acompañó varias veces cuando me dijeron cosas que no quise escuchar ni estaba preparada o predispuesta para hacerlo. No creas que ahora lo he superado, no creas que voy por la vida segura de nada. Me quedó claro aquel día en que la vida me dio otra oportunidad, cuándo no, y te ví por Passeig de Gràcia andando rápido como siempre ibas. Podía llamarte, invitarte a un café y explicarte todo con la verdad. Pero en vez de ello me quedé mirándote hasta que llegaste a Plaça Catalunya y bajaste por allí. No me lo perdono. Es mi culpa una vez más. ¿Y ahora qué?, he pasado este año por Gràcia y por La Singular, pero como tú: ya no está en Barcelona ni ha dejado señales. Mi Singular. Voy a encontrarte. Claro que sí.

1 de diciembre de 2008

Facebook, Flavia Ricci

Me llegó esto por mail ... y en cierta forma a veces me he sentido identificada. No siempre el que busca encuentra. Y no siempre el encontrado lo ha buscado.

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La pesadilla del Facebook ¡ Auxilio! ¡No aguanto más! Por culpa del Facebook sufro de paranoia persecutoria y de múltiples personalidades. Me he vuelto esquizofrénico, hipocondríaco y celópata, he comenzando a odiar a mis amigos de siempre ya que han llenado mi correo electrónico con mensajitos de Facebook donde piden que los acepte como amigos, a pesar de que ellos y yo sabemos que somos amigos. Además, aceptarlos ¿para qué? Es como si alguien le dijera a su esposo o esposa, después de años de casados, '¿me aceptas?'. Bueno, allí se justificaría porque son raros los esposos que se aceptan, pero ¿un amigo? Un amigo aceptado es algo horrible. Pierde la gracia.

Odio también a los amigos desconocidos que hacen lo mismo que los conocidos y a los amigos de mis amigos, conocidos y desconocidos, a quienes tampoco conozco y que no me interesa conocer, pero que no sé por qué extraña razón quieren ser mis amigos.

Qué cosa tan espantosa está pasando con el bendito Facebook. ¡Qué angustia! Antiguas mujeres que alguna vez amé y luego me hicieron la vida imposible ¡aparecieron de nuevo! Su sitio de reunión es mi cuenta de Facebook, y lo peor es que, a pesar de que tuve el cuidado de que no se conocieran, ahora son compinches y comentan nuestras intimidades. Por ejemplo, ya todo el mundo sabe que lo que debería tener chiquito lo tengo grande y lo que debería tener grande lo tengo chiquito. A todas estas, los antiguos amigos y los amigos de mis amigos que por obligación ahora he tenido que aceptar pueden leer a diario esos comentarios.

¿Quién sería el demente que inventó esta locura que lo persigue a uno sin piedad? Esto del Facebook se me parece al aburrido juego de 'el trencito' que hacen en las fiestas, cuando, al ritmo de una canción, algún feo o fea con el que nadie quiere bailar, agarra obligado y por la cintura al que tiene al frente y éste, a su vez, agarra a otro, y le echan a perder el baile a todo el mundo que esté cerca.

Ayer recibí un nuevo mensaje de Facebook. Era una ex novia a la que, como pasa en las películas, un día encontré en mi cama con mi mejor amigo.

Jamás olvidaré aquel: -No es lo que parece, cariño.

Después te explico...

Gracias al Facebook, mi ex mujer y mi ex mejor amigo se reencontraron, se mandaron fotos actualizadas y ahora me piden que los acepte. Me puse entre triste y bravo, no por su reencuentro sino porque me enteré de que ninguno de los dos había muerto.

Estoy traumatizado. Esto es peor que una canción de Ricardo Arjona. Le tengo miedo a la computadora aunque esté apagada. En su pantalla, veo miles de amigos asomando sus cabecitas y sus manos, tratando de tocarme, rogándome que los acepte.

Lo bueno de los amigos de verdad es que molesten lo menos posible, que casi nunca aparezcan y si aparecen que sea sólo para tomar whisky.

Qué sabroso es encontrarnos por casualidad con un amigo al que no veíamos hace tiempo y del que ni siquiera recordábamos su nombre. A raíz del Facebook, esa sensación se acaba, porque segurito va a salir un amigo del amigo perdido que, por ser amigo de éste, tiene mi dirección y ¡cataplum! aparece en la computadora con fotos recientes y de cuando estaba chiquito. ¿Por qué carrizo tengo que ver chiquito a ese señor? Si alguien adora a sus amigos soy yo y ellos lo saben. Sólo la muerte logrará separarnos, por supuesto... la de ellos.

No hay otro remedio, la pronta muerte de todos mis amigos y la de los amigos de mis amigos es la única manera lógica que veo para salirme de la pesadilla que significa en la actualidad el Facebook

26 de noviembre de 2008

Desde los afectos, Mario Benedetti

Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?

Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo.

Que nadie establece normas salvo la vida.

Que la vida sin ciertas normas pierde forma.

Que la forma no se pierde con abrirnos.

Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.

Que no está prohibido amar.

Que también se puede odiar.

Que el odio y el amor son afectos.

Que la agresión porque sí, hiere mucho.

Que las heridas se cierran.

Que las puertas no deben cerrarse.

Que la mayor puerta es el afecto.

Que los afectos nos definen.

Que definirse no es remar contra la corriente.

Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja.

Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.

Que negar palabras implica abrir distancias.

Que encontrarse es muy hermoso.

Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida.

Que la vida parte del sexo.

Que el "por qué" de los niños tiene un por qué.

Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad.

Que para saber todo de todos es curiosidad malsana.

Que nunca está de más agradecer.

Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo.

Que nadie quiere estar solo.

Que para no estar solo hay que dar.

Que para dar debimos recibir antes.

Que para que nos den también hay que saber como pedir.

Que saber pedir no es regalarse.

Que regalarse es en definitiva no quererse.

Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos.

Que para que alguien sea hay que ayudarlo.

Que ayudar es poder alentar y apoyar.

Que adular no es ayudar.

Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.

Que las cosas cara a cara son honestas.

Que nadie es honesto porque no roba.

Que el que roba no es ladrón por placer.

Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo.

Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte.

Que se puede estar muerto en vida.

Que se siente con el cuerpo y la mente.

Que con los oídos se escucha.

Que cuesta ser sensible y no herirse.

Que herirse no es desangrarse.

Que para no ser heridos levantamos muros.

Que quien siembra muros no recoge nada.

Que casi todos somos albañiles de muros.

Que sería mejor construir puentes.

Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve.

Que volver no implica retroceder.

Que retroceder también puede ser avanzar.

Que no por mucho avanzar se amanece cerca del sol.



Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?