Te miro
Me miras
Te encuentro
Me buscas
Me abrazas
Te beso
Te extraño
Te siento
Me llamas
Nos vemos
Te acercas
Me quedo
Te huelo
Me gustas
Te quedas
Cada vez más cerca, de mundos diversos
Cada día uno
Cada día nuestro
Y tal vez un día
Cuesta mencionarlo
Me veas sin mirarme
Te quiera sin querer
Te abrace sin sentirte
Me dejes sin sentirlo
Y volvamos a ser, cada vez más lejos, de mundos diversos
Cada día uno
Vos y yo tan lejos
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20 de noviembre de 2009
Uno, Flavia Ricci
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6 de mayo de 2009
Hasta que la muerte la separe, Flavia Ricci
De manera tal que un día, inesperadamente, lo invitó a rodar por sendas y montañas para ver la ciudad. Miradas cruzadas, pasados comunes, sonrisas cómplices, manos entrelazadas. Llegaron a un mirador desde donde se apreciaba la ciudad toda, redonda y rodeada de muros milenarios. Manos entrelazadas, de repente lo empujó con toda su furia y con gran parte de su fuerza. Hasta que la muerte los separe, había dicho el cura. Ahora, entonces, era una soltera más.
17 de abril de 2009
Palabras más o menos, Flavia Ricci
Busqué las palabras acertadas para que entiendas que para verte, debo mirar hacia atrás, demasiado hacia atrás, y no me interesa. En un momento solté tu mano y quedaste allí, abril liberador, mientras yo seguía mi camino. Busqué las palabras para pedirte que me dejaras, que te alejaras de mi vida y de mi entorno. Luego, para vos quedé muda, no había más que pudiera decirte, así que cual H muda, enmudecí para vos.
Lamento haberte hecho creer que todo este tiempo en que no has estado en mi vida estuve enamorada de vos, porque no es así. Tal vez es tu manera de seguir conectado conmigo. Yo, cada vez que pienso en vos, recuerdo a José Régio o canto sonriendo a Kevin Johansen. Estás tan lejos, tan lejos, que poco a poco voy olvidando tu cara, tus palabras.
Y es que las cosas que terminan, terminan. Y es que no hay espacio para vos en este sitio, ni en mi mente, ni entre mis palabras. Me he ido olvidando de vos a la par que reciclé lo que me has dejado de bueno.
Soltá mi mano, por favor, liberate vos también. Seguí adelante sin mí ... Cuando aquella vez te dije que no iba más, que te fueras, es porque hacía tiempo que no estaba enamorada de vos. Ni vos de mí. Y lo celebro.
Lamento haberte hecho creer que todo este tiempo en que no has estado en mi vida estuve enamorada de vos, porque no es así. Tal vez es tu manera de seguir conectado conmigo. Yo, cada vez que pienso en vos, recuerdo a José Régio o canto sonriendo a Kevin Johansen. Estás tan lejos, tan lejos, que poco a poco voy olvidando tu cara, tus palabras.
Y es que las cosas que terminan, terminan. Y es que no hay espacio para vos en este sitio, ni en mi mente, ni entre mis palabras. Me he ido olvidando de vos a la par que reciclé lo que me has dejado de bueno.
Soltá mi mano, por favor, liberate vos también. Seguí adelante sin mí ... Cuando aquella vez te dije que no iba más, que te fueras, es porque hacía tiempo que no estaba enamorada de vos. Ni vos de mí. Y lo celebro.
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7 de abril de 2009
La grieta, Flavia Ricci
No, todo aquello me parece ajeno.
Jamás, aquel momento me parece imposible.
No lo diría, tengo la boca cerrada.
No despego mis brazos, están amordazados.
No, no te muevas, no lo digas, no me toques.
Viajo, cafés, muchos, de por medio.
Libros que abro, cierro y pienso.
Lapiceras que gastan su tinta, yo miro el trazo, no escribo nada.
No, no te acerques, no soy yo ésta.
No, no sé en dónde estoy, lejos.
Dejame en esta burbuja, en donde vos no estás.
Resguardada de las palabras más hirientes.
De los mensajes tan cortantes.
De las idas y las vueltas.
Dejame acá, en mi burbuja donde todo funciona.
Ahora que parece que funciona.
Jamás, aquel momento me parece imposible.
No lo diría, tengo la boca cerrada.
No despego mis brazos, están amordazados.
No, no te muevas, no lo digas, no me toques.
Viajo, cafés, muchos, de por medio.
Libros que abro, cierro y pienso.
Lapiceras que gastan su tinta, yo miro el trazo, no escribo nada.
No, no te acerques, no soy yo ésta.
No, no sé en dónde estoy, lejos.
Dejame en esta burbuja, en donde vos no estás.
Resguardada de las palabras más hirientes.
De los mensajes tan cortantes.
De las idas y las vueltas.
Dejame acá, en mi burbuja donde todo funciona.
Ahora que parece que funciona.
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10 de marzo de 2009
Ceguera, Flavia Ricci
Dejé de ver, de ver los detalles, de ver los bordes
Dejé de ver otras personas
Dejé de ver tus imperfecciones
Dejé de ver
Dejé de ver lo que me gustaba de vos, me gustaba todo
Dejé de ponerme a la defensiva
Dejé de hablar de vos y de mí, éramos nosotros
Dejé de ser infiel
Dejé de desconfiar
Dejé de pensar en otros
Hasta que
me di cuenta que había dejado de ver
había quedado ciega
Y entonces
Dejé de verte
Dejé de ver otras personas
Dejé de ver tus imperfecciones
Dejé de ver
Dejé de ver lo que me gustaba de vos, me gustaba todo
Dejé de ponerme a la defensiva
Dejé de hablar de vos y de mí, éramos nosotros
Dejé de ser infiel
Dejé de desconfiar
Dejé de pensar en otros
Hasta que
me di cuenta que había dejado de ver
había quedado ciega
Y entonces
Dejé de verte
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28 de agosto de 2008
Cuerpo y sentimiento, Flavia Ricci
A veces cuando te miraba, podía verme. P A S I Ó N. Verme porque confiaba en que lo que mostraban tus ojos eran verdadero. Vos, de pocas palabras, ojos medio caídos, como si continuaran buscando paz, ojos buscones, ojos profundos. Yo, que me llenaba la boca hablando de mi felicidad, ante todo aquel que quisiera escucharme, que caminaba pensando en lo afortunada que era, que me despertaba pensando en verte, aunque te veía en todo lo que hacía. Muchas palabras, excesivas palabras, pero ninguna lograba abarcar lo que sentía. A M O R ¿Alguna vez me dijiste un halago? Con tu mirada que todo lo abarcaba me seguías dondequiera que fuese. Y era a través de esos ojos que yo no me perdía. Perfecta comunión. Creo que fue por vos que terminé de convencerme que mirar a los ojos merecía el esfuerzo. Y que no había nada a mi alrededor capaz de dispersarme. Creo que fue gracias a vos que descubrí que podía sentir tantas cosas a tu lado que todos los demás sobraban. Jamás hubiese roto esa intimidad, por primera vez en mi vida pude decirlo sin mentir. N O R E C U E R D O. ¿Me recordás qué cosas me hacían sonrojar? ¿Si prefería palta o rúcula? ¿Si salíamos o nos quedábamos mirando TV? ¿Qué música compartimos, cual no? ¿A qué cosas te dije "jamás"? ¿A cuales "con vos todo eso y más"? ¿Cuántas veces te decepcioné? ¿Me contás cómo fue tu sensación cuando nos conocimos? ¿Qué llevabas encima? He olvidado no sólo cómo son tus manos, tu color de ojos, tu piel, sino cómo era yo con vos, qué sentía, cómo me sentía. A veces, entre los perfumes intento buscarme, pero no lo consigo. Soy ésta, ésta que está ahora con quien está. Soy ésta, la que no recuerda ni remotamente todo aquello. La que mira indiferente los sitios y los hechos. Soy ésta, con un corazón de estreno y remixado modelo 2008. Sin historias, ni novelas, ni comics. Pero yo quiero ser arqueóloga, quiero tener historias, y novelas, y comics. Quiero poder hacer la vista atrás y sentir ese sentimiento, porque era mío, mío, mío. Y en algún momento se fue. Persiguiendo quién sabe qué. Y a cambio tengo mi corazón de estreno, nuevito y 2008. Y es que ha de ser que el cuerpo va más rápido que los sentimientos. Y ha de ser que como siempre me lo pasé huyendo de persona en persona y de lugar en lugar, cuando me despedía del cuerpo el sentimiento aun no había llegado. Y yo que creí que jamás me alcanzaría un sentimiento, ahora que decidí quedarme, permanecer, me doy cuenta que mucho tiempo después del cuerpo, un día llegó a mi casa el sentimiento. Venía cansado, agobiado, agotado, de un viaje en el tiempo que le llevó más de lo pensado. Tocó mi puerta, no era necesario. Yo sabía que tarde o temprano aparecería. Se sentó a mi lado, lo miré a los ojos. Me puse ambas manos sobre mis ojos y profundamente lloré.
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6 de mayo de 2008
Lo siento, Al-Taïr
Lo siento, dejarte
Lo siento, indiferente
Lo siento, borrarte
Lo siento, perderme
Lo siento, te veo
Lo siento, estás dentro
Lo siento, te siento
Lo siento, te quiero
Lo siento, indiferente
Lo siento, borrarte
Lo siento, perderme
Lo siento, te veo
Lo siento, estás dentro
Lo siento, te siento
Lo siento, te quiero
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2 de abril de 2008
Basta, mi amor. Al-Taïr
Caminaban por Buenos Aires mirándose uno al otro. Seguros de ser inmunes a las trampas del amor, aunque por momentos sentían que el otro se les escapaba y era irrecuperable. Ella lo observaba a su lado, él sonreía (pero no estaba ahí, en realidad). Entonces, llegaba esa turbación que detestaba: sentía que él se alejaba cada vez más, que volvía a hacer lo que la lastimaba. Ella ahogaba su impotencia mirando hacia otro lado con una angustia infinita. Se preguntaba qué había sido de aquel hombre que la había enamorado, ese al cual le importaba la relación.
Miranda volvía a caminar sobre la cornisa del amor, tan insegura como antes. Le extendía la mano, pero él estaba en otro mundo y ella lo sabía tan alejado que se resignaba, no quería hacer nada.
A la noche se perdía entre la multitud, sola y vacía hasta el hastío. Buscaba un hombre para abandonarse entre sus brazos y besos vacíos que después no iba a recordar. Hombres de utilería, que se rompen ante el menor descuido y desaparecen sin más. Caminaba hacia ningún lugar, cavilando. Ignacio estaba siempre presente en sus días, a pesar de todo.
A la mañana siguiente, cuando toda esa avalancha de incertidumbre había quedado atrás y lo veía durmiendo a su lado en la habitación, lo despertaba con los más tiernos besos. Pero sabía -tal vez ambos sabían- que era tarde: el respeto se había ido para siempre.
Se duchaban juntos después de hacer lo que hacen todas las parejas, se amen o no, y desayunaban en el comedor. Se despedían en la puerta del edificio de ella y cada uno a su oficina en su auto.
Cuando se reencontraban, salían a cenar afuera y se abrazaban y besaban en todo momento, como si de esa manera pudieran borrar las dudas del día y asegurar la pasión en la cama de plaza y media, que no estaba preparada para una pareja, que nunca iba a ser matrimonial por acuerdo entre ambos.
Luego caminaban de la mano hasta la casa de alguno de los dos. Ella lo miraba extrañada y él sólo sonreía, disperso del mundo y de todo. Entonces Miranda se desesperaba, recordaba cómo una y otra vez tendría que resignarse a perderlo y la sola idea le resultaba insoportable. Él estaba y no estaba, se esfumaba de su lado sin previo aviso. Ignacio estaba allí, pero su mente había evadido la presencia de Miranda una vez más. Se soltaron sus manos, ella temblaba y él sólo atinaba a mirarla despreocupado, sin la menor atención.
Y Miranda extendía por última vez una mano imaginaria tratando de alcanzarlo, y se daba cuenta de que él no estaba ahí, que otra vez no estaba. Y la sombra de Ignacio se apartaba, la sombra que era él mismo cuando estaban juntos. Y se llevaba consigo todo, la despojaba de todo su amor. Miranda corría tras él, pero no podía alcanzarlo. Ignacio no sólo era más rápido, sino que nunca miraba hacia atrás, no era su estilo.
Entonces ella se detenía de repente en medio del camino, aun con la mano extendida, rogándole que estuviera con ella otra vez, como al principio. Pero él no (la) escuchaba, como siempre.
En esos momentos Miranda sentía un dolor fuerte y persistente en el pecho, que se extendía luego a todo su cuerpo. Dolía, como duele la indiferencia de alguien junto a quien un día se soñó. Como sólo lo saben aquellos a quienes se les ha quitado la ilusión con falsas promesas, con basuras verbales. Una mezcla de vacío e indignación se apoderó de ella. Miranda hizo a un lado todo, borró sus recuerdos con Ignacio de una vez y para siempre. Se levantó, no era nada, había que olvidar(lo).
Comprendió que ya era tarde, como cuando caminaban por Buenos Aires abrazados, como siempre lo había sido para los dos. Entonces volvió a conducir en su auto hasta Ezeiza, y volvió a pensar en emigrar para siempre del país. Volvió a pensar en ese avión surcando el cielo que no llegaba nunca, y que era tan necesario. Volvió a extender sus brazos como si volara ella también, lejos de Buenos Aires. Y entonces se olvidó de Ignacio de una vez, y se le escapó una sonrisa repentina, indómita.
Alguien la sacudió muy suavemente en ese momento, era él. Abrió los ojos y ambos estaban tomando el sol en una playa de Mykonos. Ella sonrió, esta vez de verdad. Volvió a la realidad abruptamente. Él se había incorporado a su lado, sabía que Miranda tenía esos recurrentes pensamientos.
Nunca iban a entenderse. Él seguía alejándose, tal como lo veía ella en sus sueños, esos que a él le parecían sueños sin importancia. De manera que la rueda comenzaba a girar, él estaba muy preocupado en sí mismo como para pensar una solución conjunta. Y Miranda sabía que estar juntos no era estar cerca y viceversa. Lo que para Ignacio era filosofía, para ella era lo esencial.
se incorporó, mientras él miraba a una adolescente que paseaba con sensualidad por allí. Ignacio amaba a Miranda con locura -ella creía saberlo, al menos por momentos-, pero no era sólo eso lo que buscaba. Ignacio ya no le demostraba que la amaba, ni tampoco se lo decía.
Estaban y no estaban, decían amarse pero las dudas quedaban siempre expuestas ante la menor discusión. Tarde, muy tarde para recuperar el respeto. Más tarde aun para que Miranda se quedara con él. Pero seguramente eso lo tenía sin cuidado. Parecía tan preocupado por él que ya no importaba rescatar nada de todo lo que los había unido alguna vez.
Siempre era lo mismo: cuando parecía que algo importante había llegado a su vida, se desarmaba como una quimera. Miranda esbozó una sonrisa, se dio cuenta que no era que él la quisiera, sino que simplemente quería a alguien porque era su forma de no sentirse solo, porque sí. Después venían los reproches, porque no sabía qué hacer con todo eso. No sabía explicarse.
Se dio cuenta que cuando él le decía que no podía, en realidad estaba diciéndole que no quería. Porque después, cuando había algo que lo movilizaba, hacía lo imposible para lograrlo.
Se dio cuenta que Ignacio era una de esas personas que intentan disimular su indiferencia por algo con la frase "hoy no puedo", en lugar de decirle la verdad: que no le interesaba. Abrió los ojos y pudo ver que Ignacio tenía en claro lo que deseaba, y hacia eso iba, lo demás pertenecía a un mundo que lo tenía sin cuidado. Y en ese mundo había caído Miranda, aunque él jurara que no. Ignacio la había sabido enamorar, pero ella iba a demostrarle que fue un error dejar de alimentar ese amor: creer concerteza que Miranda siempre estaría junto a él, incondicional.
Fue por esa época que ella salió nuevamente a enamorar. Que dejó al margen a Ignacio y volvió a vivir con sus propias reglas. Que retornó a su antiguo estilo de vida. Se despojó de ese tiempo y de los recuerdos felices construidos junto a él. Comenzó a negarlo frente a sus conocidos y mucho más frente a los desconocidos. Fue la época en que comenzó la trampa de su amor.
Ignacio existía cuando se veían, el resto del tiempo era de ella, sólo de ella. No valía la pena alguien que confundía las cosas, que era un hipócrita más. Ignacio había maltratado el amor y cuando ella trató de salvarlo la rechazó: "Basta, mi amor", se dijo Miranda un día. Ella había tenido paciencia, ahora era tiempo de jugar. De volver a jugar, por qué no.
29/09/1998
Miranda volvía a caminar sobre la cornisa del amor, tan insegura como antes. Le extendía la mano, pero él estaba en otro mundo y ella lo sabía tan alejado que se resignaba, no quería hacer nada.
A la noche se perdía entre la multitud, sola y vacía hasta el hastío. Buscaba un hombre para abandonarse entre sus brazos y besos vacíos que después no iba a recordar. Hombres de utilería, que se rompen ante el menor descuido y desaparecen sin más. Caminaba hacia ningún lugar, cavilando. Ignacio estaba siempre presente en sus días, a pesar de todo.
A la mañana siguiente, cuando toda esa avalancha de incertidumbre había quedado atrás y lo veía durmiendo a su lado en la habitación, lo despertaba con los más tiernos besos. Pero sabía -tal vez ambos sabían- que era tarde: el respeto se había ido para siempre.
Se duchaban juntos después de hacer lo que hacen todas las parejas, se amen o no, y desayunaban en el comedor. Se despedían en la puerta del edificio de ella y cada uno a su oficina en su auto.
Cuando se reencontraban, salían a cenar afuera y se abrazaban y besaban en todo momento, como si de esa manera pudieran borrar las dudas del día y asegurar la pasión en la cama de plaza y media, que no estaba preparada para una pareja, que nunca iba a ser matrimonial por acuerdo entre ambos.
Luego caminaban de la mano hasta la casa de alguno de los dos. Ella lo miraba extrañada y él sólo sonreía, disperso del mundo y de todo. Entonces Miranda se desesperaba, recordaba cómo una y otra vez tendría que resignarse a perderlo y la sola idea le resultaba insoportable. Él estaba y no estaba, se esfumaba de su lado sin previo aviso. Ignacio estaba allí, pero su mente había evadido la presencia de Miranda una vez más. Se soltaron sus manos, ella temblaba y él sólo atinaba a mirarla despreocupado, sin la menor atención.
Y Miranda extendía por última vez una mano imaginaria tratando de alcanzarlo, y se daba cuenta de que él no estaba ahí, que otra vez no estaba. Y la sombra de Ignacio se apartaba, la sombra que era él mismo cuando estaban juntos. Y se llevaba consigo todo, la despojaba de todo su amor. Miranda corría tras él, pero no podía alcanzarlo. Ignacio no sólo era más rápido, sino que nunca miraba hacia atrás, no era su estilo.
Entonces ella se detenía de repente en medio del camino, aun con la mano extendida, rogándole que estuviera con ella otra vez, como al principio. Pero él no (la) escuchaba, como siempre.
En esos momentos Miranda sentía un dolor fuerte y persistente en el pecho, que se extendía luego a todo su cuerpo. Dolía, como duele la indiferencia de alguien junto a quien un día se soñó. Como sólo lo saben aquellos a quienes se les ha quitado la ilusión con falsas promesas, con basuras verbales. Una mezcla de vacío e indignación se apoderó de ella. Miranda hizo a un lado todo, borró sus recuerdos con Ignacio de una vez y para siempre. Se levantó, no era nada, había que olvidar(lo).
Comprendió que ya era tarde, como cuando caminaban por Buenos Aires abrazados, como siempre lo había sido para los dos. Entonces volvió a conducir en su auto hasta Ezeiza, y volvió a pensar en emigrar para siempre del país. Volvió a pensar en ese avión surcando el cielo que no llegaba nunca, y que era tan necesario. Volvió a extender sus brazos como si volara ella también, lejos de Buenos Aires. Y entonces se olvidó de Ignacio de una vez, y se le escapó una sonrisa repentina, indómita.
Alguien la sacudió muy suavemente en ese momento, era él. Abrió los ojos y ambos estaban tomando el sol en una playa de Mykonos. Ella sonrió, esta vez de verdad. Volvió a la realidad abruptamente. Él se había incorporado a su lado, sabía que Miranda tenía esos recurrentes pensamientos.
Nunca iban a entenderse. Él seguía alejándose, tal como lo veía ella en sus sueños, esos que a él le parecían sueños sin importancia. De manera que la rueda comenzaba a girar, él estaba muy preocupado en sí mismo como para pensar una solución conjunta. Y Miranda sabía que estar juntos no era estar cerca y viceversa. Lo que para Ignacio era filosofía, para ella era lo esencial.
se incorporó, mientras él miraba a una adolescente que paseaba con sensualidad por allí. Ignacio amaba a Miranda con locura -ella creía saberlo, al menos por momentos-, pero no era sólo eso lo que buscaba. Ignacio ya no le demostraba que la amaba, ni tampoco se lo decía.
Estaban y no estaban, decían amarse pero las dudas quedaban siempre expuestas ante la menor discusión. Tarde, muy tarde para recuperar el respeto. Más tarde aun para que Miranda se quedara con él. Pero seguramente eso lo tenía sin cuidado. Parecía tan preocupado por él que ya no importaba rescatar nada de todo lo que los había unido alguna vez.
Siempre era lo mismo: cuando parecía que algo importante había llegado a su vida, se desarmaba como una quimera. Miranda esbozó una sonrisa, se dio cuenta que no era que él la quisiera, sino que simplemente quería a alguien porque era su forma de no sentirse solo, porque sí. Después venían los reproches, porque no sabía qué hacer con todo eso. No sabía explicarse.
Se dio cuenta que cuando él le decía que no podía, en realidad estaba diciéndole que no quería. Porque después, cuando había algo que lo movilizaba, hacía lo imposible para lograrlo.
Se dio cuenta que Ignacio era una de esas personas que intentan disimular su indiferencia por algo con la frase "hoy no puedo", en lugar de decirle la verdad: que no le interesaba. Abrió los ojos y pudo ver que Ignacio tenía en claro lo que deseaba, y hacia eso iba, lo demás pertenecía a un mundo que lo tenía sin cuidado. Y en ese mundo había caído Miranda, aunque él jurara que no. Ignacio la había sabido enamorar, pero ella iba a demostrarle que fue un error dejar de alimentar ese amor: creer concerteza que Miranda siempre estaría junto a él, incondicional.
Fue por esa época que ella salió nuevamente a enamorar. Que dejó al margen a Ignacio y volvió a vivir con sus propias reglas. Que retornó a su antiguo estilo de vida. Se despojó de ese tiempo y de los recuerdos felices construidos junto a él. Comenzó a negarlo frente a sus conocidos y mucho más frente a los desconocidos. Fue la época en que comenzó la trampa de su amor.
Ignacio existía cuando se veían, el resto del tiempo era de ella, sólo de ella. No valía la pena alguien que confundía las cosas, que era un hipócrita más. Ignacio había maltratado el amor y cuando ella trató de salvarlo la rechazó: "Basta, mi amor", se dijo Miranda un día. Ella había tenido paciencia, ahora era tiempo de jugar. De volver a jugar, por qué no.
29/09/1998
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5 de septiembre de 2007
Mujer frontón, Flavia Ricci
Algunas veces juego frontón. Me tomo mi tiempo, escribo mensajes y los envío. Los envío como botellas al mar, deseosos de encontrar al destinatario, que sé de antemano quién es. Y de allí que mis deseos se impacienten, y que ese mensaje sea justo "ese". Pero algunas veces, mis mensajes encuentran frontones. El mensaje rebota, a veces. El mensaje llega siempre en la misma dirección, otras tantas. Y observo entonces que los mensajes parten siempre del mismo sitio, de la misma persona. Entonces parece que juego frontón. Pum ! Va un mensaje que lees, que en el mejor de los casos respondes, pero que jamás lanzas, inicias. Pam ! Otra esperanza echada por tierra porque esperas, y la vida no está hecha para esperar (mucho menos para esperarte). Entonces salgo a caminar por Corrientes, entro en un bareto a por un café negro con un libro bajo el brazo. Y llega un sms, de alguien, que me roba una sonrisa. Y vuelvo a salir a la calle, que deja de ser frontón para transformarse en un buen partido de 1 a 1, en donde los dos jugamos con las mismas reglas, ya veremos cuáles.
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