22 de abril de 2010

Antes y después, Flavia Ricci



El matrimonio, la primera causa de divorcio, duró un suspiro. Machacado por la convivencia y los excesivos espacios comunes. La miré a los ojos después de beber un poco de mi malbec y le dije:

- Te casaste con él porque te volvía loca.
- ...
- Y por la misma causa te divorciaste de él ahora.

Depende siempre del momento, la misma frase cobra sentidos opuestos. Y ambas seguimos disfrutando de nuestro malbec.

12 de febrero de 2010

Elogio a la mujer brava, Héctor Abad

Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.

A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas.. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!

9 de febrero de 2010

Sand-wich?, Flavia Ricci

Estuve todo el día pensando en él. Por el Centro, en el coche, leyendo el diario en el café de siempre. Así que decidí largarme lo más rápido posible a su encuentro. Cada semáforo en las esquinas parecía querer detenerme adrede, como para prolongar el encuentro y perturbar mi deseo. Pero nada me disuadía. Llegué a casa, me metí en la ducha y me puse cómoda. Seguía pensando en él.
Estaba como enceguecida, disfrutando el momento en que pudiera tocarlo con mis propias manos, en el que entrara en mi boca y todos los sabores y colores se desvanecieran entre mi garganta y mis labios. Sentirlo suave, gustoso, casi prohibido. Sentir como formaba parte de mi cuerpo me gustaba.

- Piba, ¡¡tenés el sandwich!!, me gritó irritado el camarero.

Which sannnnddddwwwwiiiich? ..... parecía decirle yo en cámara lenta jugando con las palabras. No pude más que sonreír.

8 de febrero de 2010

A mí también me pasó, Flavia Ricci



- ¿Sabés por qué quiere cruzar él? Para encontrarse con su novia. Hizo 400km caminando para volver a encontrarla ¡Y ahora quiere cruzar el Canal de la Mancha, nadando!

- …

- Yo, cuando te fuiste, ni fui capaz de cruzar la calle para alcanzarte.

(Fragmento de diálogo de Welcome)

21 de enero de 2010

Ahí, Flavia Ricci

Sí, hay algo ahí. Que no me apega pero tampoco se despega. Hay algo ahí, cuando te veo o no te veo, no es igual. Hay algo ahí, en esas sorpresas agradables que me das. Hay algo ahí, en tus ojos azules, en tu pelo claro, en tu paz. Hay algo ahí que me lleva a conocerte y lo que es mejor, reconocerte como parte de mí. Hay algo, algo que no llamo de ninguna manera, que no me atrevo a ponerle un nombre, pero que me arrastra irremediablemente a querer estar con vos. Y yo cruzo todas las distancias para alcanzarte, porque sé que por fin vos no me dejarás hacerlo sola. Y antes habrás también, salido a mi encuentro. Ahí.

15 de enero de 2010

Perder la cabeza, Flavia Ricci

Mi sonrisa, esta que ves, va hacia vos, que halagador hacés que se multiplique, se contagie y vuelva a mí. Es como un boomerang, pero hay que saber agarrarlo. O podés quedarte sin cabeza. Si habré perdido la cabeza yo, por una sonrisa ...

21 de diciembre de 2009

Despegue de Barcelona, Flavia Ricci

He pensado, soñado y vuelto a pensar. Y un día, no sé cómo ni cuál exactamente, se conjugaron mis años de postergar el regreso con los por qué de esas prórrogas. Entonces fue que lo vi claro y despegué. Me despegué aquella idea del regreso y rompí el billete que cruzaba el charco, porque no era lo que quería. Despegué y me despegué de esa idea, que me ataba a algo difuso y cada vez más ajeno. Me quedo con el recuerdo y tal vez con alguna visita. Me quedo con los excelentes días y noches, y gentes y acentos. Me quedo con las risas y sonrisas, con el amor y el desamor. Me quedo con las calles laberínticas, con ese mapa que conozco como si fuese de allí. Me quedo con una mica de rauxa i una mica de seny. Pero me quedo aquí, explorando estas vidas argentas casi vírgenes que me quedan por vivir. Porque tengo claro que despertar en otro sitio que no sea dentro de estas fronteras me genera angustia. Porque deseo estar aquí y seguir aquí. Porque estoy a gusto. Porque queda mucho por escribir y vivir.
Así que despego de mí la idea del regreso, como una calcomanía que se ha quedado sin pegamento y no sirve más. Pongo bien los pies sobre la tierra y despego. Despego cerca y lejos. Pero siempre aquí.

20 de noviembre de 2009

Uno, Flavia Ricci

Te miro
Me miras
Te encuentro
Me buscas
Me abrazas
Te beso
Te extraño
Te siento
Me llamas
Nos vemos
Te acercas
Me quedo
Te huelo
Me gustas
Te quedas
Cada vez más cerca, de mundos diversos
Cada día uno
Cada día nuestro
Y tal vez un día
Cuesta mencionarlo
Me veas sin mirarme
Te quiera sin querer
Te abrace sin sentirte
Me dejes sin sentirlo
Y volvamos a ser, cada vez más lejos, de mundos diversos
Cada día uno
Vos y yo tan lejos

20 de octubre de 2009

Say no more, Flavia Ricci



¿Cómo era aquello? Lo de forzarme y hasta esforzarme por hacer algo?
¿Cómo era una mano, encima de otra mano, entrelazada?
¿Cómo era un labio, encima de otro labio?
¿Cómo eran mis ojos, siguiendo tus ojos, plantándose?
Mi mano encima del volante del coche en un semáforo que hace minutos ha dado verde, amarillo, rojo y otra vez verde, amarillo, rojo y otra vez.
El claxon, las voces, los cantos, la música
¿Cómo era aquello de ver pequeños Lego que iban apilándose?
¿Cómo era un ajedrez de Colombia?
¿Cómo era el aroma del café recién molido listo para dos?
Floto sin nadar, vuelo al ras, salto hacia abajo, trepo en diagonal.
¿Cómo era aquello?
¿De qué se trata esto?
Porque no lo quiero.

15 de octubre de 2009

1/2Hermana, Flavia Ricci



- En el Jardín dibujé a toda mi familia: mi mamá, mi papá, mi medio hermana y yo. Y dibujé a mi hermana cortada por la mitad.
- ¿Ein?
- Claro, porque no es mi hermana: ¡es mi medio-hermana!

24 de septiembre de 2009

Boca abajo, Flavia Ricci

El recuerdo raspa,
me abstrae
me hipnotiza
sos vos
que irrumpís sin derecho
en mi vida
en mi mente
me das la mano
te miro perpleja
desayunamos juntos
el café sabe horrible
pero el futuro es delicioso
De vez en cuando
atajo los recuerdos como puedo
se me avalanzan
yo los esquivo
hasta que uno
me da en la cabeza
y caigo boca abajo
y se me hace un hueco en el pecho
como cuando nos fuimos
uno del otro
más vos que yo
que siempre me voy para regresar
Regresar al hueco
De no estar con vos
Para sobrevivir

9 de agosto de 2009

Corazón de mudanza, Javier Castañeda

Interesante reflexión del periodista Javier Castañeda en La Vanguardia. En este blog he escrito algunas reflexiones parecidas como 2007. Podéis leer la columna original haciendo clic AQUÍ.



Corazón de mudanza

Siempre me gustó el título de esta canción de Tontxu. Quizá porque cuando veo un camión de mudanzas, con las cajas apiladas y los muebles despegados de sus habituales paredes, pienso en las piezas de un puzzle deslavazado. Aunque ni todas las mudanzas implican que algo se rompa, ni necesariamente suponen un cambio de casa. Hay mudanzas de vivienda, pero también de trabajo, de ciudad, de amigos, de pareja, etc.

En principio, esto de las mudanzas puede parecer sencillo, pero no lo es tanto. Sobre todo porque suelen tener un fuerte componente afectivo, sea la mudanza de lo que sea, que no siempre es fácil de digerir. Por otro lado, también suelen propinar una buena dosis de vértigo o de pánico al cambio. Pero en tiempos neonómadas, donde cada vez los paisajes son más efímeros, suele ser de agradecer cultivar el desapego, pues estamos casi obligados a aceptar una vida in itinere. La cara positiva del cambio suele ser algo a menudo inesperada; y quizá precisamente sea ese factor sorpresa lo que impide con claridad las ventajas que supone una variación en los elementos esenciales que sustentan al ser. Por eso suele primar la dificultad de adaptación –o el miedo inicial- a ese futuro incierto que nos aguarda tras cambiar.

Lo ilustraré con tres ejemplos personales que han ocurrido recientemente y que me han hecho reflexionar sobre la capacidad -o no- de los individuos para aceptar los cambios. El primero de los casos es el de un conocido que, tras siete años, rompe su relación con su pareja. En años de juventud tanto tiempo parece una eternidad y, al enterarte, una primera reacción casi inevitable es dar el pésame por la ruptura, ya que, al irse al traste una relación, con ella desaparecen todo tipo de sueños e ilusiones ligados a ella, como son tener una casa, hijos, un futuro común, etc. Pero puesto que la voluntad de ambos componentes era buena, y en todo momento primó el respeto y el cariño hacia lo mutuo compartido –ya sé que por desgracia no es lo más frecuente- la separación no fue ni muy compleja ni traumática. Tras ello, lo que parecía –o suele interpretarse- como desgracia, ha resultado traer buenas nuevas. Uno ha encontrado ya un nuevo amor y claro, está radiante. El otro, ha sabido mirar adelante con optimismo y tiene una nueva casa con la que ha ampliado su círculo de relaciones. El halo del cambio también le ha invitado a cambiar de oficina y mejorar en muchos aspectos. Es un cambio de pareja que ha traído consigo una renovación personal y laboral.

Otra conocida en cambio, que quizá sin saberlo vivía constreñida por el peso de los años y de muchas ilusiones no cumplidas, ha empezado por un cambio de vivienda y podría decirse que, al renovar su espacio vital, ha activado ciertas rutinas que le han permitido ampliar también su horizonte en otros aspectos. Tras un muy positivo cambio de vivienda, diría que se ha atrevido a mirar con mayor fuerza o energía renovada su vida y, tras muchos años de pasar por situaciones bastante ingratas –laboralmente hablando- a dar un salto cualitativo y apostar por un trabajo a su medida. Contra todo pronóstico, su nuevo espacio ha actuado como catalizador de sueños y le ha insuflado el valor suficiente como para mandar a su antiguo jefe –que le hacía la vida imposible- a hacer gárgaras, para atreverse a intentar encontrar algo mejor. Además, y puesto que se siente más reconocida por sus méritos profesionales, ahora también se permite tener sueños que cumplir en otras facetas –como el encontrar una pareja- cosa que quizá no se había permitido hasta la fecha. En este caso es un cambio de casa el que ha propiciado un cambio de trabajo y hasta de estatus amoroso.

El tercer ejemplo no tiene final feliz. Al menos no de momento, pero creo que no tardará en llegar. Es un caso de mera insatisfacción personal, de crisis –en sentido de revolución- en el que alguien siente que ha de cambiar de trabajo y de lugar de vida. En este caso la dificultad estriba en desatar los lazos afectivos que se han ido creando durante años en una ciudad, para pasar a otro entorno nuevo, virgen y desconocido en afectos; ya que el nuevo trabajo implica un cambio geográfico. Este es un caso de los que podríamos llamar "de ida y vuelta" puesto que, pese a tener muchas ganas de cambiar de ciudad y hasta de trabajo, al llegar al destino soñado –en el que erróneamente se presume que todo será perfecto- los problemas del nuevo destino hacen valorar doblemente el espacio abandonado e invitan, con gran premura, a volver casi a cualquier precio. Es un caso de cambio de espacio que, por inadaptación al nuevo, implica un retorno inmediato, pero que enseña a valorar todo lo que antaño se tenía.

Estos son sólo tres casos aislados –y muy brevemente resumidos- y que no tienen mayor valor que el anecdótico. Pero la reflexión que se puede sacar de estos pequeños trazos de vida elegidos al azar, es bastante potente. La capacidad de cambio de una de nuestras principales coordenadas vitales es tan grande y transversal que, queramos o no, influirá en el resto. Y pese a que muchas veces nos cuesta afirmar si es ya o no, cuesta tener presente los distintos aspectos positivos que todo cambio conlleva. Pero como suele decirse, cuando una puerta se cierra, otras se abren. Y puesto que no hay nada más efímero que nuestra propia existencia, quizá sea mejor aprender a soltar y no aferrarse mucho a nada; a conjugar con soltura los distintos tiempos del verbo cambiar y, sobre todo, a no asociar automáticamente un sentimiento de pena al ver pasar, un corazón de mudanza.

8 de agosto de 2009

U, Flavia Ricci

La U puede ir en cualquier sitio, pero no cambiará nuestra situación
Yo tiraba de la U hacia la izquierda, vos tirabas de la U hacia de derecha
Pero ni para vos ni para mí cambiaba nada, ni cambia
Conocerte para mí siempre habrá sido una caUsalidad
Mientras que para vos
bohemio en tránsito
habrá sido siempre una casUalidad
Y me lo seguís diciendo con tu más amplia sonrisa
que no tiene nada de casual