No se trata de hablar
No se trata de hablar,
ni tampoco de callar:
se trata de abrir algo
entre la palabra y el silencio.
Quizá cuando transcurra todo,
también la palabra y el silencio,
quede esa zona abierta
como una esperanza hacia atrás.
Y tal vez ese signo invertido
constituya un toque de atención
para este mutismo ilimitado
donde palpablemente nos hundimos.
Las distancias no miden lo mismo
Las distancias no miden lo mismo
de noche y de día.
A veces hay que esperar la noche
para que una distancia se acorte.
A veces hay que esperar el día.
Por otra parte
la oscuridad o la luz
teje de tal manera en ciertos casos
el espacio y sus combinaciones
que los valores se invierten:
lo largo se vuelve corto,
lo corto se vuelve largo.
Y además, hay un hecho:
la noche y el día no llenan igualmente el espacio,
ni siquiera totalmente.
Y no miden lo mismo
las distancias llenas
y las distancias vacías.
Como tampoco miden lo mismo
las distancias entre las cosas grandes
y las distancias entre las cosas pequeñas.
14 de febrero de 2015
12 de febrero de 2015
Contar, Flavia Ricci
Vos contame, como si yo no supiera, de dónde viene esa larga mirada o esa espalda cansada. Contame, porque a medida que nombrás constato lo que sé, todo lo que percibo, lo que leo en vos. Pero entiendo que necesites verbalizar todos esos sentimientos, enumerar hechos cronológicamente para que quizás se ordenen en tu mente. Cuando me hablás, no es que vea lo que me decís en ese momento, sino que entiendo tus palabras como simples fonemas que se unen para dar sentido a todo aquello que tenés dentro. Nombrar es asumir. Luego de decir compartiremos lo que sabemos. Y esa intimidad que me regalás te la agradezco y valoro.
Las palabras son simples hilos que salen de tu boca pero, yo que te leo, me comunico en silencio. Esos hilos vienen de adentro, de muy adentro. Y salen cuando nombrás.
Yo te escucho, como siempre, atentamente. Pero son tus manos las que antes hablaron, son tus ojos o mejor, tu mirada, es cada uno de tus movimientos, son tus palabras, acuciantes, desmedidas, angustiadas, que trepan por donde sea con tal de llegar a destino. Son telas, sonrisas, luces, tiempo. Son sonrisas por descubrir y sonrisas por recordar. Es una caminata que ha de llegar. Es un mar que debo regalarte. Es el silencio que nos invade. Ese silencio que se llena de compañía y no precisa palabras. Contame, necesitás asegurarte que te escuche y que sí, es cierto, que lo sé. Pero date cuenta que lo sé antes de que lo cuentes, porque desde antes he estado atenta. Porque cualquier diálogo se inicia en silencio. Ese silencio que tiene tanto de presencia, de sin palabras. Pero vos contame, yo te escucho atenta.
Las palabras son simples hilos que salen de tu boca pero, yo que te leo, me comunico en silencio. Esos hilos vienen de adentro, de muy adentro. Y salen cuando nombrás.
Yo te escucho, como siempre, atentamente. Pero son tus manos las que antes hablaron, son tus ojos o mejor, tu mirada, es cada uno de tus movimientos, son tus palabras, acuciantes, desmedidas, angustiadas, que trepan por donde sea con tal de llegar a destino. Son telas, sonrisas, luces, tiempo. Son sonrisas por descubrir y sonrisas por recordar. Es una caminata que ha de llegar. Es un mar que debo regalarte. Es el silencio que nos invade. Ese silencio que se llena de compañía y no precisa palabras. Contame, necesitás asegurarte que te escuche y que sí, es cierto, que lo sé. Pero date cuenta que lo sé antes de que lo cuentes, porque desde antes he estado atenta. Porque cualquier diálogo se inicia en silencio. Ese silencio que tiene tanto de presencia, de sin palabras. Pero vos contame, yo te escucho atenta.
9 de febrero de 2015
Todo lo que en vos resuena, Flavia Ricci
Te asusta y evitás nombrar. De la boca para afuera. Escribir, liberar lo que sale de tu mente. Dejar las manos sueltas y respetar su recorrido.
Pero la realidad no se deshace, ni se desanda. Pero entonces las palabras recorren tu cuerpo, remolinean en tu pecho y se atrincheran en tu mente, donde resuenan como eco. Invaden y se apropian de tus sueños. Pero entonces día tras día callás. Y no hay mucho que decir: te miro y las leo, claramente. En silencio.
Pero la realidad no se deshace, ni se desanda. Pero entonces las palabras recorren tu cuerpo, remolinean en tu pecho y se atrincheran en tu mente, donde resuenan como eco. Invaden y se apropian de tus sueños. Pero entonces día tras día callás. Y no hay mucho que decir: te miro y las leo, claramente. En silencio.
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28 de diciembre de 2014
La luna y la muralla china (fragmento), M. Zariello
16
No fue un deseo sexual lo que me llevó a besarlo, menos después de verlo reír adelante del monitor. Él lo tomó para otro lado y me acarició la espalda. Siempre hace lo mismo. Se cree que está siendo el Señor Sexy rascándome la espalda. Me metí otra vez en la cama y me di vuelta para el lado de la mesa de luz. No lo veo, pero se levantó de su silla. Se decidió con una hora y media de atraso. Carece de timing para el amor. Nunca vi a nadie equivocarse tanto en la materia.
No fue un deseo sexual lo que me llevó a besarlo, menos después de verlo reír adelante del monitor. Él lo tomó para otro lado y me acarició la espalda. Siempre hace lo mismo. Se cree que está siendo el Señor Sexy rascándome la espalda. Me metí otra vez en la cama y me di vuelta para el lado de la mesa de luz. No lo veo, pero se levantó de su silla. Se decidió con una hora y media de atraso. Carece de timing para el amor. Nunca vi a nadie equivocarse tanto en la materia.
27 de diciembre de 2014
Hotaru (fragmento), S. Kawamichi
No sé por qué todo me parece más pequeño.
El mar, el cielo.
El pasado, el futuro.
La oscuridad, el silencio.
Es como si mis ganas de amarte lo hubieran
empequeñecido todo.
El mar, el cielo.
El pasado, el futuro.
La oscuridad, el silencio.
Es como si mis ganas de amarte lo hubieran
empequeñecido todo.
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25 de diciembre de 2014
Descubrimientos, C. Lispector
Cosmonauta en la Tierra (fragmento)
Si yo fuera el primer astronauta, mi alegría sólo se renovaría cuando un segundo hombre volviera allá desde el mundo: pues también él lo habría visto. Porque "haber visto" no es sustituíble por ninguna descripción: haber visto sólo se compara con haber visto. Hasta que otro ser humano también hubiera visto, yo tendría dentro de mí un gran silencio, aun cuando hablara. Consideración: supongo la hipótesis de que alguien en el mundo ya haya visto a Dios. Y nunca haya dicho una palabra. Pues si ningún otro lo vio, es inútil decirlo.
Dificultad de expresión
La dificultad de encontrar, para poder expresar, eso que sin embargo está allí, da una impresión de ceguera. Es entonces cuando se pide café. No es que el café ayude a encontrar la palabra pero representa un acto histérico-liberador, es decir, un acto gratuito que libera.
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24 de diciembre de 2014
Perfil de un ser elegido, C. Lispector
Aun muy joven, era un ser que elegía. Entre las mil cosas que podría
haber sido, había ido eligiéndose. En un trabajo para el cual usaba
lentes, entreviendo lo que podía y palpando con las manos húmedas lo que
no veía, el ser había ido eligiendo y por eso indirectamente se elegía.
De a poco se había juntado para ser. Separaba, separaba. En relativa
libertad, si se descontara el furtivo determinismo que había dirigido
discreto sin dar un nombre. Descontado ese furtivo determinismo, el ser
elegía ser libre. Separaba, separaba la llamada cizaña del trigo, y lo
mejor, lo mejor el ser lo comía. A veces comía lo peor: la elección
difícil era comer lo peor. Separaba peligros del gran peligro, y era con
el gran peligro que el ser, aunque con miedo se quedaba; solo para
sopesar con gusto el peso de las cosas. Apartaba de sí las verdades
menores que terminó por no llegar a conocer: quería las verdades
difíciles de soportar. Por ignorar las verdades menores, el ser ya
comenzaba a aparecer a los otros como rodeado de misterio: por ser
ignorante era un ser misterioso. Se había convertido en una mezcla de lo
que pensaban de él y de lo que él realmente era: un sabio ignorante, un
sabio ingenuo; un olvidado que muy bien sabía de otras cosas; un sonso
honesto; un pensativo distraido; un nostálgico sobre lo que había dejado
de saber; un nostalgioso por lo que definitivamente al elegir había
perdido; un valiente por ser demasiado tarde y ya haberse elegido. Todo
eso, contradictoriamete, le dió al ser una alegría discreta y saludable
de campesino que sólo lidia con lo básico. Y todo eso le dio la
austeridad involuntaria que todo trabajo intelectual da. Elección y
ajuste no tenían hora precisa de comenzar y terminar, duraban en
realidad el tiempo de una vida.
Todo eso, contradictoriamente fue dando al ser la alegría profunda que necesita manifestarse, exponerse y comunicarse. Pasó a darse a través de la pintura. En esa comunicación el ser era ayudado por su don innato de gustar. Y eso ni lo había juntado ni lo había elegido. En efecto, era una don. Le gustaba la profunda alegría de los otros, por el don innato descubría la alegría de los otros. Por don, también era capaz de descubrir la soledad que los otros tenían. Y también por don, sabía profundamente jugar el juego de la vida, transformándola en colores y formas. Sin siquiera sentir que usaba su don, el ser se manifestaba: daba sin percibir, amaba sin percibir que a eso llamaban amor. El don era como la falta de camisa del hombre feliz: como el ser sentía muy pobre y no tenía qué dar, el ser se daba. Se daba en silencio, y daba lo que había juntado de sí, así como quien llama a los otros para que también vean.
Poco a poco el equívoco pasó a rodear al ser: los otros miraban al ser como a una estatua, como a un retrato. Un retrato muy rico. No comprendieron que para el ser, haberse reunido, había sido trabajo de despojamiento y no de riqueza. Por equívoco, el ser era festejado. Pero sentirse amado sería reconocerse a sí mismo en el amor recibido, y aquel ser era amado como si fuera un otro ser. El ser vertió las lágrimas de una estatua que de noche en la plaza llora sin moverse. Nunca la oscuridad había sido mayor en la plaza. Hasta que de nuevo amanecía y el ser renacía. El ritmo de la tierra era tan generoso que amanecía. Pero de noche, cuando llegaba la noche, de nuevo oscurecía. La plaza de nuevo crecía en soledad. De miedo, los que habían elegido dormían: ¿miedo porque pensaban que tendrían que vivir en la soledad de la plaza? No sabían que la soledad de la plaza había sido sólo el lugar de trabajo del ser. Pero que él también se sentía solo. El ser se prepara toda la vida para ser apto del lado de afuera de la plaza. Es verdad que el ser, al sentirse listo, así como quien se baña con óleos y perfumes, notó que no le había sobrado tiempo para existir como los otros: era diferente sin querer. Algo había fallado porque, cuando el ser se veía en el retrato que los otros habían sacado, se espantaba humilde frente a lo que habían hecho de él. Habían hecho de él, nada más, nada menos, que un ser elegido. Es decir, lo habian sitiado. ¿Cómo deshacer el equívoco? Por simplificación y economía de tiempo, habían fotografiado al ser en una única pose y ahora no se referían a él sino a la fotografía. Bastaba abrir el cajón para sacar de adentro el retrato. Cualquiera conseguía una copia que, además, costaba barata.
Cuando le decían al ser: te amo, el ser se perturbaba porque ni siquiera podía agradecer: ¿y yo?, ¿por qué no a mi también?, ¿por qué sólo a mi retrato? Pero no reclamaba, pues sabía que los otros no se equivocaban por maldad. El ser, a veces, por una cuestión de soledad, intentaba imitar la fotografía, lo que no obstante terminó por volverla más falsamente auténtica. A veces él se confundía todo: no aprendía a copiar el retrato, y se había olvidado de cómo era sin el retrato. De modo que, como se dice del payaso que siempre rie: el ser a veces, por así decir, lloraba bajo su callada pintura de bobo de la corte. Entonces intentó un trabajo subterráneo de destrucción de la fotografía: hacía o decía cosas tan opuestas a la fotografía que esta se erizaba en el cajón. Su esperanza era volverse más vivo que la fotografía. Pero, ¿qué ocurrió? Ocurrió que todo lo que el ser hacía en realidad sólo iba a retocar el retrato, adornarlo.
Y así fue yendo, hasta que, profundamente desilusionado en las más legítimas aspiraciones, el ser moría de soledad. Pero terminó saliendo de la estatua de la plaza, con gran esfuerzo, teniendo varias caidas, aprendiendo a pasear solo. Y, como se dice, nunca la tierra le pareció tan bella. Reconoció que ella era la tierra para la cual se había preparado: pues no se había equivocado, el mapa del tesoro tenía la indicaciones correctas. Paseando, el ser tocaba todas y, aun solitario, sonreía. El ser había aprendido a sonreir solo.
Todo eso, contradictoriamente fue dando al ser la alegría profunda que necesita manifestarse, exponerse y comunicarse. Pasó a darse a través de la pintura. En esa comunicación el ser era ayudado por su don innato de gustar. Y eso ni lo había juntado ni lo había elegido. En efecto, era una don. Le gustaba la profunda alegría de los otros, por el don innato descubría la alegría de los otros. Por don, también era capaz de descubrir la soledad que los otros tenían. Y también por don, sabía profundamente jugar el juego de la vida, transformándola en colores y formas. Sin siquiera sentir que usaba su don, el ser se manifestaba: daba sin percibir, amaba sin percibir que a eso llamaban amor. El don era como la falta de camisa del hombre feliz: como el ser sentía muy pobre y no tenía qué dar, el ser se daba. Se daba en silencio, y daba lo que había juntado de sí, así como quien llama a los otros para que también vean.
Poco a poco el equívoco pasó a rodear al ser: los otros miraban al ser como a una estatua, como a un retrato. Un retrato muy rico. No comprendieron que para el ser, haberse reunido, había sido trabajo de despojamiento y no de riqueza. Por equívoco, el ser era festejado. Pero sentirse amado sería reconocerse a sí mismo en el amor recibido, y aquel ser era amado como si fuera un otro ser. El ser vertió las lágrimas de una estatua que de noche en la plaza llora sin moverse. Nunca la oscuridad había sido mayor en la plaza. Hasta que de nuevo amanecía y el ser renacía. El ritmo de la tierra era tan generoso que amanecía. Pero de noche, cuando llegaba la noche, de nuevo oscurecía. La plaza de nuevo crecía en soledad. De miedo, los que habían elegido dormían: ¿miedo porque pensaban que tendrían que vivir en la soledad de la plaza? No sabían que la soledad de la plaza había sido sólo el lugar de trabajo del ser. Pero que él también se sentía solo. El ser se prepara toda la vida para ser apto del lado de afuera de la plaza. Es verdad que el ser, al sentirse listo, así como quien se baña con óleos y perfumes, notó que no le había sobrado tiempo para existir como los otros: era diferente sin querer. Algo había fallado porque, cuando el ser se veía en el retrato que los otros habían sacado, se espantaba humilde frente a lo que habían hecho de él. Habían hecho de él, nada más, nada menos, que un ser elegido. Es decir, lo habian sitiado. ¿Cómo deshacer el equívoco? Por simplificación y economía de tiempo, habían fotografiado al ser en una única pose y ahora no se referían a él sino a la fotografía. Bastaba abrir el cajón para sacar de adentro el retrato. Cualquiera conseguía una copia que, además, costaba barata.
Cuando le decían al ser: te amo, el ser se perturbaba porque ni siquiera podía agradecer: ¿y yo?, ¿por qué no a mi también?, ¿por qué sólo a mi retrato? Pero no reclamaba, pues sabía que los otros no se equivocaban por maldad. El ser, a veces, por una cuestión de soledad, intentaba imitar la fotografía, lo que no obstante terminó por volverla más falsamente auténtica. A veces él se confundía todo: no aprendía a copiar el retrato, y se había olvidado de cómo era sin el retrato. De modo que, como se dice del payaso que siempre rie: el ser a veces, por así decir, lloraba bajo su callada pintura de bobo de la corte. Entonces intentó un trabajo subterráneo de destrucción de la fotografía: hacía o decía cosas tan opuestas a la fotografía que esta se erizaba en el cajón. Su esperanza era volverse más vivo que la fotografía. Pero, ¿qué ocurrió? Ocurrió que todo lo que el ser hacía en realidad sólo iba a retocar el retrato, adornarlo.
Y así fue yendo, hasta que, profundamente desilusionado en las más legítimas aspiraciones, el ser moría de soledad. Pero terminó saliendo de la estatua de la plaza, con gran esfuerzo, teniendo varias caidas, aprendiendo a pasear solo. Y, como se dice, nunca la tierra le pareció tan bella. Reconoció que ella era la tierra para la cual se había preparado: pues no se había equivocado, el mapa del tesoro tenía la indicaciones correctas. Paseando, el ser tocaba todas y, aun solitario, sonreía. El ser había aprendido a sonreir solo.
10 de diciembre de 2014
Blanes, Flavia Ricci
Nada como irnos entre semana a Blanes. Un amigo que nos había dejado las llaves de su piso y yo que iba a relajarme, vos a estudiar. Nada como ir de forma despreocupada cuando todo está por escribirse, cuando nadie fastidia ni los móviles suenan. Había una cama de una plaza, había otra cama de dos. Entré a la cocina y vi esa enorme cafetera: vos sonreíste. Salimos a caminar sin haber deshecho los bolsos. Bajamos hasta la costa por aquel camino serpenteante que en cuanto hablabas retenía tu eco. Llegamos al mar, dimos una vuelta y tomamos unas cervezas. Al otro día me levanté temprano a comprar croissants para el desayuno mientras vos dormías. A la tarde caminamos hasta la playa, entramos al mar y llegamos a una roca, donde nos sentamos a mirar el atardecer. Subió la marea y allí nos quedamos. Me propusiste no volver ese domingo a Barcelona, sino quedarnos allí una noche más y coger un tren temprano en la mañana. Sonreí aliviada, era lo que quería en alguna parte de mi mente. Vos me ganaste al nombrarlo. Subimos por otra callecita angosta y a mano izquierda me llamó la atención un restaurante pequeño y medieval. Entramos. Estaba abierto. Cenamos. Reímos en aquella callecita angosta mientras regresábamos al piso. No puedo recordar el nombre de aquella calle, ni del restaurante. Todo lo demás, ya ves, lo recuerdo.
6 de noviembre de 2014
Once again, Flavia Ricci
Señalo
Apunto
Nombro
Miro
Sonrío
Invito
Es a vos
Sos vos
¿Qué duda cabe?
Pero es más cómodo
seguir con las intrigas.
Y
sin embargo
No es tu silencio
No es un vacío
No es que no podamos comunicarnos
No llego a comprender
No puedo poner en palabras
Qué te pasa conmigo
De tantas, tantísimas, cosas que te pasan
Y que vos tampoco
podés poner en palabras.
Hay más allá detrás del "sí"
Una proyección
Un momento que pasó del "no sé"
Ahora quiero, ahora con vos
Y sin embargo
tanta intensidad
si no encuentra tu mano
tu cuerpo
tu mirada
Se va
He aprendido
a irme hasta sonriendo
No creas que siempre habrá algo detrás del "sí".
Estoy aprendiendo incluso a que no haya
ningún "sí" porque sí.
Ni porque vos.
Apunto
Nombro
Miro
Sonrío
Invito
Es a vos
Sos vos
¿Qué duda cabe?
Pero es más cómodo
seguir con las intrigas.
Y
sin embargo
No es tu silencio
No es un vacío
No es que no podamos comunicarnos
No llego a comprender
No puedo poner en palabras
Qué te pasa conmigo
De tantas, tantísimas, cosas que te pasan
Y que vos tampoco
podés poner en palabras.
Hay más allá detrás del "sí"
Una proyección
Un momento que pasó del "no sé"
Ahora quiero, ahora con vos
Y sin embargo
tanta intensidad
si no encuentra tu mano
tu cuerpo
tu mirada
Se va
He aprendido
a irme hasta sonriendo
No creas que siempre habrá algo detrás del "sí".
Estoy aprendiendo incluso a que no haya
ningún "sí" porque sí.
Ni porque vos.
Ninguna, Flavia Ricci
- Es el momento, ninguna está enamorada de nadie.
- Claro, se nota.
- Es nuestro momento.
- Ninguna está enamorada de nadie. Nadie. Ninguna.
- ...
- Claro, se nota.
- Es nuestro momento.
- Ninguna está enamorada de nadie. Nadie. Ninguna.
- ...
1 de noviembre de 2014
La loca de la casa, Rosa Montero

Hablar de literatura, pues, es hablar de la vida; de la vida propia y de la de los otros,de la felicidad y del dolor. Y es también hablar del amor, porque la pasión es el mayor invento de nuestras existencias inventadas, la sombra de una sombra, el durmiente que sueña que está soñando. Y al fondo de todo, más allá de nuestras fantasmagorías y nuestros delirios, momentáneamente contenida por este puñado de palabras como el dique de arena de un niño contiene las olas en la playa, asoma la Muerte, tan real, enseñando sus orejas amarillas.
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24 de octubre de 2014
Océano mar, A. Baricco
—O sea, fijaos ahí donde llega el agua… sube por la playa, luego se detiene…eso es, precisamente ese punto, donde se detiene…, dura apenas un instante, después desaparece, pero si se consiguiera detener ese instante…, cuando el agua se detiene, precisamente ese punto, esa curva …, es lo que estudio. Donde se detiene el agua.
—¿Y qué es lo que hay que estudiar?
—Bueno, es un punto importante… a veces no se le presta atención, pero pensándolo bien ahí sucede algo extraordinario, algo… extraordinario.
—¿De verdad?
Bartleboom se acercó ligeramente a la mujer. Se hubiera dicho que tenía un secreto que decir cuando dijo
—Ahí acaba el mar.
El mar inmenso, el océano mar, que corre infinito más allá de toda mirada, el desmesurado mar omnipotente —hay un sitio donde acaba, y un instante—, el inmenso mar, un lugar pequeñísimo y un instante de nada. Eso es lo que quería decir Bartleboom.
12 de octubre de 2014
Pistas, Flavia Ricci
Sorprendeme
Sonreíme
Leéme
Soñame
Viajame
Acariciame
Mirame
Contame
Preguntame,
que después
probablemente
venga lo demás.
Pero si
decidís
comenzar por lo demás
y aunque quizás no me oponga
vamos a perdernos de todo lo primero
que por primero tiene motivos
cercanos al descubrimiento.
Mis suspiros como conquistas
Mis sonrisas como aliadas
Mis arrebatos como preámbulos
Mis porque sí
Mis porque vos.
Empecemos por lo primero:
- Hola, me llamo Flavia Ricci.
Sonreíme
Leéme
Soñame
Viajame
Acariciame
Mirame
Contame
Preguntame,
que después
probablemente
venga lo demás.
Pero si
decidís
comenzar por lo demás
y aunque quizás no me oponga
vamos a perdernos de todo lo primero
que por primero tiene motivos
cercanos al descubrimiento.
Mis suspiros como conquistas
Mis sonrisas como aliadas
Mis arrebatos como preámbulos
Mis porque sí
Mis porque vos.
Empecemos por lo primero:
- Hola, me llamo Flavia Ricci.
Tres veces al amanecer, A. Baricco
“(…) Pero la mujer dijo que gran parte de la gente sueña con volver a empezar desde cero, y añadió que en eso había algo que resultaba conmovedor, no loco. Dijo que, en realidad, luego casi nadie empieza de nuevo desde cero de verdad, pero no tenemos ni idea de cuánto tiempo se pasa la gente fantaseando con hacerlo, y a menudo justo mientras está metida de lleno en sus problemas, y en la vida que querría dejar atrás (…)”
9 de octubre de 2014
Moldes, Flavia Ricci
Después de vos cerré la puerta sin mirar atrás. Y no repetí aquello. Sin embargo, la primera vez que la vida nos hace hacer nuevamente algo y volver, de alguna forma cae el molde del pasado en el presente. A veces coincide más, otras no tanto. Así que mientras vuelvo a sacar un pasaje, vuelvo a viajar, vuelve a pegarse todo ese smog húmedo en la cara y vuelvo a sentir ese olor urbano, vienen a mi mente jazmines y pájaros, y vinos y cenas, sonrisas y músicas, abrazos y besos, caminatas y letras. En ese preciso momento cae el molde del pasado sobre el presente. Llego, no estás. Y veo mucha gente, sin que hayas ido vos. Y regreso al final del día, pero levanto una copa junto a tu ausencia. Y camino largamente, pero no suena mi teléfono. Y así, este molde del pasado encima del otro, del presente, me dice que no coincide mucho, que mientras a estas horas yo deambulo sola sin rumbo ni pretensión, a esta misma hora te abrazaba a mi regreso, brillaban nuestros ojos de emoción, nos besábamos y, si mal no recuerdo, te quitaba la ropa. Malditos moldes. 7 de octubre de 2014
La vida, Flavia Ricci
La vi, mientras miraba libros en una librería de usados. No supe qué hacer, me aferré al libro que llevaba entre manos. Se acercó. El libro era de poesías. Y debo decir entonces, que no sé si la vi o la soñé, pero estaba a mi lado. Y yo llevaba un libro de poesías.
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2 de octubre de 2014
Una forma de vida, A. Nothomb
Pese a la simpatía que me inspiraba, me daba cuenta de que habría preferido una carta suya a su presencia. ¿Se trata de una patología provocada por la hegemonía del correo en mi vida? Raros son los seres cuya compañía me resulta más agradable de lo que sería una carta –suponiendo, claro está, que poseyeran un mínimo de talento epistolar–. (…)
"No te gustan las personas de verdad", me han soltado en alguna ocasión. Me sublevo: ¿por qué los individuos deberían ser obligatoriamente más auténticos cuando los tienes delante de ti? ¿Por qué su verdad no iba a expresarse mejor, o simplemente de un modo diferente, en una misiva?.
Hay personas que ganan con el trato y otras que ganan al ser leídas. De todos modos, cuando alguien me gusta al punto de vivir con él, también necesito que me escriba: una relación no me parece completa si no conlleva una parte de correspondencia".
"No te gustan las personas de verdad", me han soltado en alguna ocasión. Me sublevo: ¿por qué los individuos deberían ser obligatoriamente más auténticos cuando los tienes delante de ti? ¿Por qué su verdad no iba a expresarse mejor, o simplemente de un modo diferente, en una misiva?.
Hay personas que ganan con el trato y otras que ganan al ser leídas. De todos modos, cuando alguien me gusta al punto de vivir con él, también necesito que me escriba: una relación no me parece completa si no conlleva una parte de correspondencia".
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El harén de un tímido, René Avilés Fabila
Como temía decirles que no, opté por conservar a todas las mujeres que he amado.
24 de septiembre de 2014
Hay en la intimidad, Ana Ajmatova
Hay en la intimidad un límite sagrado
que trasponer no puede aun la pasión más loca
siquiera si el amor el corazón desgarra
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.
La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de llameante dicha,
cuando es el alma libre y no la vence
la dulce languidez del goce y la lascivia.
Pretenden alcanzarlo mentes enajeadas,
y a quienes lo trasponen los colma la tristeza.
¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón
no late a ritmo debajo de tu diestra?
que trasponer no puede aun la pasión más loca
siquiera si el amor el corazón desgarra
y en medio del silencio se funden nuestras bocas.
La amistad nada puede, nada pueden los años
de vuelos elevados, de llameante dicha,
cuando es el alma libre y no la vence
la dulce languidez del goce y la lascivia.
Pretenden alcanzarlo mentes enajeadas,
y a quienes lo trasponen los colma la tristeza.
¿Comprendes tú ahora por qué mi corazón
no late a ritmo debajo de tu diestra?
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Toda la belleza del mundo, Jaroslav Seifert
El profesor Marek tenía un lema para animarnos. Solía decir que cualquier tonto puede aprender a dibujar. Entonces yo me consolaba a mí mismo pensando que lo lograría también, porque, sobre todo, no me consideraba tonto. ¡Eso sí que no! Sólo cuando hubiese aprendido a dibujar tendría ganada la batalla. Con los colores sería más fácil. Sí, pintaría.
De todas maneras, no llegué a ser pintor. Porque ocurrió lo siguiente: en la cuarta o en la quinta clase, más o menos, nos sugirió el profesor Marek que trajéramos de casa los modelos con los que montaríamos en la clase el bodegón propio. Mis compañeros de clase traían manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas, diversas cajitas y candeleros. Yo también traje conmigo objetos para hacer una naturaleza muerta muy proletaria, que armonizara con el barrio obrero de Zizkov: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento.
Monté el bodegón sobre la mesa de dibujo y esperé, con los demás, a que el profesor diera su visto bueno. Cuando se me acercó, me miró y soltó con violencia:
-Por Dios, Seifert, quite esa salchicha. ¡No permitiré por nada del mundo que la pinte!
No tardé más que un par de segundos en comprender su preocupación. Y me quedé estupefacto. En aquel momento memorable decidí que sería mejor escribir versos.
De todas maneras, no llegué a ser pintor. Porque ocurrió lo siguiente: en la cuarta o en la quinta clase, más o menos, nos sugirió el profesor Marek que trajéramos de casa los modelos con los que montaríamos en la clase el bodegón propio. Mis compañeros de clase traían manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas, diversas cajitas y candeleros. Yo también traje conmigo objetos para hacer una naturaleza muerta muy proletaria, que armonizara con el barrio obrero de Zizkov: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento.
Monté el bodegón sobre la mesa de dibujo y esperé, con los demás, a que el profesor diera su visto bueno. Cuando se me acercó, me miró y soltó con violencia:
-Por Dios, Seifert, quite esa salchicha. ¡No permitiré por nada del mundo que la pinte!
No tardé más que un par de segundos en comprender su preocupación. Y me quedé estupefacto. En aquel momento memorable decidí que sería mejor escribir versos.
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