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1 de noviembre de 2014

La loca de la casa, Rosa Montero


Hablar de literatura, pues, es hablar de la vida; de la vida propia y de la de los otros,de la felicidad y del dolor. Y es también hablar del amor, porque la pasión es el mayor invento de nuestras existencias inventadas, la sombra de una sombra, el durmiente que sueña que está soñando. Y al fondo de todo, más allá de nuestras fantasmagorías y nuestros delirios, momentáneamente contenida por este puñado de palabras como el dique de arena de un niño contiene las olas en la playa, asoma la Muerte, tan real, enseñando sus orejas amarillas.


7 de octubre de 2014

La vida, Flavia Ricci

La vi, mientras miraba libros en una librería de usados. No supe qué hacer, me aferré al libro que llevaba entre manos. Se acercó. El libro era de poesías. Y debo decir entonces, que no sé si la vi o la soñé, pero estaba a mi lado. Y yo llevaba un libro de poesías.




8 de enero de 2014

El cielo es de quien lo vuela, G. De Pösfay

La página 73 y la 77 se enamoraron. Sólo pudieron verse cuando se desprendieron del libro. Se leyeron, se vocalizaron, se discutieron. Vino la tormenta y se volaron, pero estaban cerca y con cada viento volvían a juntarse. La lluvia los mojó para siempre, y se metieron en la tierra, porque de dos hojas puede crecer un árbol. Un árbol grandote desde chiquito.

5 de noviembre de 2013

Sal con una chica que lee, Rosemary Urquico

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca. 

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. 

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. 

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo. 

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. 

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la sagaCrepúsculo. 

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

20 de agosto de 2012

Al pie de la letra, A. Abós


Después de cada uno de sus viajes, Marco Polo le narraba al
Gran Kan sus itinerarios y le describía las ciudades que ha bía
visitado. Pero esas ciudades no existían. Algunas, como Babilonia,
Nínive, Cartago, habían desaparecido, dejando sólo señales
de los hombres y mujeres que las habían habita do: marcas, incisiones,
cicatrices del deseo y del dolor que allí habían palpitado.
Otras, como Zora, Diorima, Isaura, nun ca habían existido.
Pero al Gran Kan no le importaba, porque para él esas ciudades
a las que el relato de Marco Polo lo transportaba eran reales.

12 de enero de 2011

La tête en Friche, Jean Becker



Un encuentro poco corriente,
entre el amor y la ternura ...
no había otra cosa.

Tenía nombre de flor
y vivía entre palabras,
adjetivos de lo más estirados
verbos que crecían como la hierba,
algunos se quedaban.

Entró suavemente
desde la corteza ...
hasta mi corazón.

En las historias de amor
hay más que amor
A veces no hay ni un "te quiero",
pero se quieren.

Un encuentro poco corriente
La conocí por casualidad en el parque
No ocupaba mucho
del tamaño de una paloma con sus plumitas

Envuelta en palabras, en nombres, como el mío.
Me dio un libro, otro
y las páginas se iluminaron.
No te mueras ahora, hay tiempo, espera.

No es la hora, florecilla
dame un poco más de ti
dame un poco más de tu vida.
Espera.

En las historias de amor
hay más que amor
A veces no hay ni un "te quiero"
pero se quieren.

8 de septiembre de 2006

¿De qué hablan las novelas hoy?, Flavia Ricci

En un artículo publicado hoy por Pagina/12, 4 escritores esbozaron una posible "agenda".

No creo que sea más importante saber de qué hablan las novelas hoy, sino qué temas busca la gente que lee hoy novelas (en este caso podríamos hablar del público objetivo local). En mi caso, he estado leyendo novelas de escritores de mediana edad (alrededor de 40 años) como "La flor azteca" o "El amor enfermo", de Gustavo Nielsen, "El pasado", de Alan Pauls, "Crímenes imperceptibles", de Guillermo Martínez, "Rota", de Leandro Uría (en este caso se trata de un joven periodista que trabaja para La Nación), "Planet", de Sergio Bizzio .... He aquí algunos de los libros que he leído en este par de meses, excluyendo autores extranjeros como Boris Vian, Marie Darrieussecq, Jorge Franco Ramos, Mario Mendoza o Klaus Kinski.

¿Qué me interesa? La psicología masculina (evitando la crisis de los 40, que es espantosa y últimamente ataca, inflexible, a todo hombre que haya llegado a esa edad), la vida en las ciudades, Buenos Aires, los recuerdos de la infancia ... Estas son algunas de mis teméticas en las novelas que he ido leyendo. Ahora estoy con "El sueño realizado", de César Aira.

3 de septiembre de 2006

Pasión por los libros, Álvaro Abós

Buenos Aires tiene una larga y rica tradición que ha sabido resistir los variados embates del tiempo. Librerías de viejo, librerías en los shoppings, librerías especializadas en mujeres, librerías para chicos, para amantes del tango o la historieta. Pasen y vean, los secretos mejor guardados de la ciudad cultural.

Cierto día de 1910 un hombre entró en la librería de Rafael Palumbo, en Lavalle al 800 y, tras revolver largo rato, extrajo un libraco que yacía bajo polvorienta pila. Se acercó al librero y pidió precio. Palumbo sopesó con parsimonia el volumen mirando de hito en hito al silencioso cliente. “Cien pesos”, pidió. El comprador regateó un poco y finalmente pagó ochenta. Con el libro bajo el brazo, partió raudo: nunca volvió ni nadie supo su nombre. Un tiempo después, la prensa del mundo informaba que un ejemplar de la Biblia de Gutenberg había sido descubierto en una librería de viejo de Buenos Aires y que el Museo Británico había pagado por él 10.000 libras esterlinas. Aún se exhibe como una de las joyas del Museo.
Episodios como éste han alimentado el mito de Buenos Aires como ciudad de prosapia librera, admitido desde entonces por todos sus visitantes; por ejemplo, Umberto Eco (o mejor dicho, el supuesto traductor de El nombre de la rosa) encuentra un raro volumen que contiene numerosas citas del manuscrito de Adson de Melk, el narrador de esa novela, en una librería de Corrientes...
A pesar de las sempiternas quejas por las pocas ventas, Buenos Aires fue y sigue siendo importante ciudad de librerías; como una vieja dama indigna, aún despierta deseos y hay quienes viajan miles de kilómetros para practicar en ella el vicio impune de escudriñar, descubrir, encargar, en suma, comprar libros. Será que la moneda es flaca y, por lo tanto, el botín del safari libresco se agrandó pero, ¿qué importa?
Por cierto, ¿cuándo fue? Dicen que allá por 1776, cuando se estableció un tal Joaquín Silva y Aguiar en la calle San Miguel, hoy Suipacha. El librero fundador sólo contaba, para venderles a sus clientes —funcionarios virreinales o curas—, unos veinte o treinta libros: por lo tanto, ya practicaba el supremo arte del librero, que no es tener todos los libros sino unos pocos (quizás ninguno) pero sí la confianza de quien encarga un título.
La librería más antigua de Buenos Aires es la del Colegio, hoy de Ávila, en la esquina de Bolívar y Alsina: existe desde 1824, cuando reemplazó a una botica, y en sus altos vivió Rubén Darío. Debía su nombre a que estaba frente al Colegio Mayor de San Ignacio, que en 1863 pasó a ser el Colegio Nacional de Buenos Aires.
En la rica historia de las librerías de Buenos Aires (¿sabía usted que José Hernández tuvo librería en Tacuarí 17 bajo el nombre de Librería del Plata y que también la tuvo Florentino Ameghino: estaba en Rivadavia 2239 y se llamaba El Gliptodón?), una página inolvidable la ocupa el citado don Rafael Palumbo. De Los encantadores de serpientes (1965), memorias del librero y editor Arturo Peña Lillo, tomé la anécdota de la Biblia de Gutenberg. Palumbo había venido de Nápoles junto con sus hermanos, cuatro de los cuales tuvieron librería; se los llamaba el “clan librero”. De don Rafael fue empleado un Roberto Arlt adolescente y en El juguete rabioso lo retrató con tintes sombríos bajo el nombre de don Gaetano.
Uno de los más singulares libreros y editores de Buenos Aires fue el mallorquín Juan Torrendell, cuyo sello Tor publicaba libros que no siempre respetaban su integridad (Torrendell solía tijeretear los originales para adaptarlos a los pliegos disponibles) pero que, a veinte o treinta centavos el tomo, llevaron autores clásicos y modernos a millones de lectores. Acosado por una de las tantas “crisis”, Torrendell tuvo una idea extrema: en su local de Florida, bajo una gran balanza, colocó carteles que ofrecían: “Un kilo de libros a 1 peso, dos kilos por 1, 50”. El escándalo fue memorable y a él contribuyó la airada protesta de la Academia Argentina de Letras para la cual la idea del mallorquín resultaba herética. En su erudita investigación Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1974), Domingo Buonocuore transcribe la solicitada aparecida en varios diarios el 6 de junio de 1934: la Academia pedía “al público lector” que no aceptara el sistema de libros por peso ya que “equipara la producción intelectual con una vil mercancía”. Pero la librería estaba colmada a toda hora.
En el 340 de Florida aún está El Ateneo, fundada por Pedro García, librero desde 1913 y establecido allí desde 1938. Su sede ha sido modernizada y, desde los ventanales del simpático bar del primer piso, mientras miro el incesante río humano de Florida, alcanzo a distinguir el edificio donde tenía su vieja sede La Nación y que albergó a escritores como Roberto J. Payró, Leopoldo Lugones, Alberto Gerchunoff o Manuel Mujica Láinez, entre tantos otros, quienes cruzaban Florida para enterarse de las novedades llegadas a El Ateneo. Los dueños de El Ateneo han reconvertido en librería el antiguo cine-teatro Gran Splendid, en Santa Fe 1850, excelente idea urbanística que restituye a la librería una de sus tantas dimensiones posibles: la de ser un teatro de la vida.
Recurso ingenioso para vender libros fue el que inventó Samuel Kohen cuando instaló su comercio, en realidad poco más que un pasillo, en el zaguán lindero a la casa del caudillo radical Hipólito Yrigoyen, en Brasil 1031. Eran tantos quienes pugnaban por ver al Peludo que no les quedaba más remedio que esperar en la librería de Kohen que, de esa manera, siempre estaba llena. Tener un cliente en el poder hizo la fortuna de don Julio Suárez, el dueño de la desaparecida librería Cervantes, en Lavalle 558, por otra parte exquisita y muy frecuentada por escritores y lectores fieles. Pero ninguno como el general-ingeniero Agustín P. Justo, presidente de la Nación, bibliófilo que adquiría, para su vasta colección privada, todo lo que Suárez le indicaba.
Tuvo la ciudad gentes que llevaron el libro a otros barrios fuera del relumbrón del centro; por ejemplo, Antonio Zamora: a partir de un humilde local en Boedo 837, en sociedad con el impresor Lorenzo Rañó y el librero Francisco Munner, inundó literalmente el país, en los felices roaring twenties, con los ejemplares de su editorial Claridad. O el inmigrante ruso Manuel Gleizer quien, por la misma época, para salvar un momento malo de su vida, debió vender doscientos libros de su biblioteca personal a 40 centavos el tomo, y terminó convirtiendo su papelería-librería, en Triunvirato 537, en el corazón de Villa Crespo, en una meca a la que peregrinaban, tranvía Lacroze arriba, escritores jóvenes como Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, el vecino de barrio Leopoldo Marechal y muchos más publicados por el sello “Gleizer, editor”.
¿También en materia de librerías todo tiempo pasado fue mejor? No estoy de acuerdo: será malo este tiempo pero es aquel en el que estamos vivos y éstas son las librerías que nos tocan, lo demás es polvo aunque sea polvo enamorado. Una librería es como un templo donde el tiempo ha de detenerse en el umbral —“remanso de la calle” las llamaba Marechal— pero donde, al mismo tiempo, el aire y la vibración de la época han de entrar como un viento incontenible. Que nadie se confunda y desprecie el termómetro de situación que son las librerías, lugares donde han ocurrido acontecimientos cruciales de nuestra historia: en la de Marcos Sastre (Defensa 24) se tramó la caída de Rosas, en la trastienda de la Cervantes tuvo lugar un encuentro secreto —el de los generales Justo y Uriburu— que decidió el golpe de 1930. En la primavera democrática posterior a la última dictadura, algunas librerías captaron ese aire y se convirtieron en meridianos intelectuales, readaptando las antiguas peñas literarias y fusionando el libro con la gastronomía, la música, el cine, el teatro, la discusión filosófica; persisten en esa modalidad dos lugares emblemáticos de Buenos Aires: la Clásica y Moderna (Callao 892), donde los hermanos Natu y Paco Poblet dieron nueva vida a una tradicional librería, y la Gandhi (Corrientes 1743), hoy transferida a Galerna. Mientras don Emilio Perrot (h) ha dotado a su Histórica (Azcuénaga 1846), de un “salón literario” (para nuevo, lo viejo), Natu Poblet prepara el desembarco de una Clásica y Moderna nada menos que en Salamanca.
Aunque Corrientes haya perdido el glamour que la hizo célebre, mantiene recovecos librescos, superficies nuevas y otras reconstituidas, en las que se mezclan novedad y tradición, lujo y miseria, un amasijo que es propio de la actividad librera. Las once cuadras que van de Suipacha a Ayacucho conforman una inmensa librería de 1100 metros de largo, hecho urbano que deslumbra a los visitantes pues no tiene paralelo en el mundo: allí pueden encontrarse importantes nombres del negocio librero (Hernández, Losada, Cúspide, Lorraine) junto a inmensos galpones que ofrecen polvorientos saldos, pero entre los cuales puede saltar la imprevista joya.
En cada uno de los shoppings abiertos por toda la ciudad en los últimos años, alguna librería estalla de luz y color. Quienes gustamos de la penumbra discreta de la librería clásica —y hasta de la tiniebla del antro— estamos en minoría. Triunfa ese ámbito en el que cada libro viene envuelto en los fulgores fluorescentes; la librería es el lugar limpio y bien iluminado que pedía Hemingway, en el que cada día se renueva el rito: llega un paquete con las novedades, alguien lo abre y coloca un libro flamante en la vidriera o en las mesas, para curiosidad y codicia del paseante, y así recomienza la apuesta infinita: ¿será una obra maestra o un bodrio?, ¿será olvidado en pocos meses o recordado por siempre?
También el Palermo borgeano de malevos y cuchilleros, convertido en un Soho porteño, sede de la bohemia y la gastronomía elegantes, luce ya galones libreros como el pequeño pero bien surtido espacio que un profesional joven, Luis del Mármol —sangre nueva para oficio viejo— ha instalado en los altos de un bar de moda, bautizado con el socrático nombre de Un Gallo para Esculapio (Uriarte y Costa Rica).
Conseguir un libro en Buenos Aires puede tener algo de caza del tesoro porque proliferan los lugares secretos, al margen y a veces a contramano de los circuitos conocidos, y con claves que no siempre es fácil conocer. Así, los libros de izquierda es mejor buscarlos en la Gandhi y los de derecha en la Huemul, aunque tuve ocasión de conseguir un Trotski en Huemul y un De Maistre en Ghandi. No pasa nada porque, como diría Arturo Jauretche, la imprenta los cría.
La mejor librería de tango no es librería sino quiosco: “El quiosco del tango” en la vereda sur de Corrientes al 1500, frente a la confitería Premier. La mejor librería filosófica, la de Juan Blatón, en el subsuelo de una galería con entrada por Florida 681, tenía un aire a caverna platónica. Pero este lugar único acaba de cerrar. Hay en Buenos Aires una librería especializada en Patagonia (World´s end, en las Galerías Pacífico); una librería feminista (llamada por supuesto de las Mujeres, en Montevideo 333); una librería esotérica, la Kier (Santa Fe 1260); una librería borgeana, la de Alberto Casares (Suipacha 521) y una librería erótica, en El Salvador 4521, con explícito nombre: Audaz se eleva... y una librería especializada en poesía, la Norte (Las Heras 2237), fundada por el recientemente fallecido Héctor Yánover, gran poeta y autor de unas deliciosas Memorias de un librero y su continuación, El regreso del librero establecido.
La Avenida de Mayo fue zona de prosapia librera, como que allí, en el 1333, estaba la sede del diario Crítica, donde trabajaron tantos escritores, por ejemplo Raúl González Tuñón, Conrado Nalé Roxlo, Roberto Arlt, Ulyses Petit de Murat, todos ellos voraces devoradores de papel impreso. Hoy luce varias librerías de usados o de viejo. La librería de viejo (en la modalidad del anticuario o en la variedad popular del baratillo o covacha) es un campo de batalla incruento en el que combaten clientes y libreros; el cliente, de paso o habitual, y veces de visita diaria, siempre está a la caza de la ganga o del tesoro impensado: puede ser lector de pocos recursos o de muchos, pero su obsesión es conseguir una presa difícil. El librero quizás sea un ser bonachón y cordial o quizás sea mezquino e intemperante; ambos tipos humanos han inspirado inolvidables páginas a Anatole France y a Charles Dickens.
Entre las buenas librerías de usados con que cuenta Buenos Aires, bien ordenadas, surtidas y con precios accesibles, mis preferidas son AARS (Larrea 938), Brujas (Rodríguez Peña 429), El túnel (Avenida de Mayo 767) y Romano (Ayacucho 437), a la que agrego una recién abierta: El Vitral (Montevideo 108). Abundan en la ciudad elegantes anticuarios como Acquilanti (Rincón 79) o la eterna L´amateur que estuvo mucho tiempo en Florida y sigue abierta en Esmeralda 882. Los bouquinistes —ferias de libros usados— se agrupan en el Parque Rivadavia, en el Parque Centenario, en Plaza Italia y en Primera Junta.
En suma, si usted no encuentra el libro de su gusto no es porque Buenos Aires no se lo ofrezca: perdimos muchas cosas pero sigue a nuestra disposición uno de los más grandes placeres de la vida, que además no es caro: vaya a una librería, no importa si grande o pequeña, de viejo o de nuevo, célebre o anónima, lujosa o pobre, elija el libro que más le gusta —eso sí, no lo robe, cómprelo— y después siéntese a leerlo en el bar de la esquina. De nada.

FUENTE: Publicado en La Nación el 4 de enero de 2004.

30 de agosto de 2006

Pequeño Fontanarrosa Ilustrado

La Contratapa de Pagina/12 de hoy:

- Los libros “Hay un tema que yo he dicho en muchos casos y que puede sonar provocativo en una feria del libro, pero les voy a explicar desde mi punto de vista cómo yo elijo un libro. Ustedes lo toman como quieran, pero yo les voy a decir qué condiciones tiene que tener un libro para que yo lo elija.”

“Primero y principal no tiene que ser un libro gordo. Un libro gordo me parece un abuso de confianza del autor hacia mi tiempo. Es como si aparece alguien y me dice: ‘Quisiera hablar con vos, tenés dos semanas libres...’. ¿Cuál es el lazo de confianza que me une a ese escritor para que durante dos meses yo me vaya a la cama con él y su libro?”

“Segundo, y lo va a comprender la gente que ya tiene cierta edad, y no es por la madurez: tiene que tener letra grande. Hay escritores que escribían con letra muy chiquita, y ya a esta altura del campeonato ese esfuerzo es excesivo.”

“Otra cosa: tiene que tener espacios en blanco. Si abro un libro y veo un masacote negro, como si fuera un amontonamiento de hormigas, yo digo: ‘¿Por dónde entro al texto?’.”

“Otra alternativa: fíjense en capítulos cortos. Ustedes mismos se van a dar cuenta de la sabiduría del cuerpo humano: usted está leyendo un libro y de repente observa que sin darse cuenta su mano derecha va buscando las páginas hasta llegar a un capítulo.”

“Otra cosa que me interesa también es que tenga diálogos, porque a mí me gusta escuchar a los protagonistas. Antes pasaba en algunos diarios, porque ahora el género del reportaje es mucho más fluido, que hacían un reportaje y decían: ‘Estuvimos en la casa del afamado escultor fulano de tal, y nos dijo que está pensando en hacer una escultura que representa a un caballo comiendo una codorniz’.”

“Yo digo: dejalo hablar al escritor, qué te metés en el medio. A mí con los libros me pasa eso. Y si están bien escritos mejor, pero siempre préstenle atención a esas consideraciones.”

- Los amigos “Es placentero y descansado encontrarse a las ocho de la tarde con los amigos en El Cairo o en algún boliche, porque a los amigos, a los verdaderos amigos, no hay por qué darles pelota. Si un amigo te dice: ‘Fui a ver una película iraní’, yo le digo: ‘Dejáme de romper las pelotas’.”

- Los estudios “Yo desde mi ignorancia me hago una pregunta: ¿por qué los chicos se tienen que levantar tan temprano para ir a la escuela? Gardel se levantaba a las ocho de la noche. Y fue Gardel. (...) Les voy a contar que estuve en Córdoba, donde me dieron el Doctor Honoris Causa, lo que indica lo mal que está la educación argentina. Imagino la desolación de los estudiantes que estudian ocho horas diarias y ven que a un tipo como yo le dan el Doctor Honoris Causa. Yo no terminé el tercer año de la escuela secundaria. Y no levanto como bandera el ser un ‘salvaje ilustrado’; digo que no terminé la escuela porque desde el comienzo sostuve una batalla desigual contra las matemáticas. Desigual por la simple condición de superioridad numérica de ellas. Los números son millones, y yo era uno solo. Yo fui a lo que era el Politécnico y me acuerdo de aquellas épocas de estudiantes, con todas las expectativas..., ¡qué horrible que era eso! Para mí era un espanto, similar a lo que me ocurrió no hace mucho, que tuve que hacer una dieta ayurveda de vegetales.”

- La lectura “Siempre he ligado la lectura con el placer. Siempre he sido un lector vago. Y repito otra consideración que pasará al mármol: creo que casi todos los grandes logros y avances de la civilización se debieron a la vagancia. O sea, el tipo que inventó la rueda es porque no quería caminar más. Y después de la rueda, el otro invento maravilloso, que ha hecho dar un salto cualitativo y cuantitativo a la humanidad, es el cambiador del televisor. Volviendo a la literatura, no entiendo el esfuerzo por leer, cuando uno se encuentra con tantos libros que los empieza y no los puede dejar, se siente atrapado por los libros, quiere terminarlos y está feliz mientras los lee.”

- La relación autor-personaje “Sé que algo mío hay dentro de Boggie e Inodoro Pereyra; es más parecido a mí y a cualquiera, porque es un antihéroe que a veces reacciona bien, a veces reacciona mal, es temeroso. Más temeroso es Mendieta. Pero hay algunas cosas mías en esos personajes. Incluso en Eulogia, pero eso lo vamos a hablar en otro momento.”

- Los nuevos medios de comunicación “Con los mensajes de texto estamos muy susceptibles. Yo me acuerdo de los telegramas. A nadie se le ocurrió decir que ese invento estaba arruinando el lenguaje. Está la gente que dice enfadada que no le gustan los shoppings. Y, no vayas querido, cuál es el problema. Si no, es muy fácil pegarle a la televisión, que a mi juicio es un invento maravilloso. Y repito, si solamente hubiera sido creado para transmitir fútbol ya estaría largamente justificado. Ahora, como todas estas cosas, como la historieta, es un instrumento. Si alguien me escucha a mí tocar el piano, dirá que el piano es un instrumento nefasto. Ahora, si lo escucha a Richard Clayderman, por ejemplo, dirán que es un instrumento sublime. Con la televisión pasa lo mismo. Ahora, estoy de acuerdo con que se usa un vocabulario bastante pequeño, y en ese aspecto la lectura te da más posibilidades de expresarte. Para mí la lectura siempre ha sido un placer. Hay muchísima información, e imperceptiblemente uno va ganando una vastedad de lenguaje, y aparte es una compañía formidable. Se puede vivir perfectamente sin leer un libro. Creo que más de las tres cuartas partes de la población mundial jamás ha leído un libro. Pero, entre una cosa y otra, prefiero leerlos.”

* Extractado de la extraordinaria charla abierta que brindó el escritor y humorista en la Feria del Libro de Rosario.

26 de agosto de 2006

Rosario Tijeras


Como a Rosario le pegaron un tiro a quemarropa mientras le daban un beso, confundió el dolor del amor con el de la muerte. Pero salió de dudas cuando despegó los labios y vio la pistola. (Rosario Tijeras, Jorge Franco Ramos, Buenos Aires, Ed. Planeta, 1999)

PS: la peli se estrena en Argentina en breve.

24 de agosto de 2006

Crímenes imperceptibles

"Quince días después me encontraba volando sobre el Atlántico en ese estado de incredulidad que desde siempre se apodera de mí antes de cada viaje: como en un salto sin red, me parece mucho más probable, e incluso mucho más económico como hipótesis -la navaja de Ockham, hubiera dicho Seldom-, que un accidente de último momento me devuelva a mi situación anterior, o al fondo del mar, antes de que todo un país y la inmensa maquinaria que supone empezar una nueva vida comparezca finalmente como una mano tendida allí abajo". Guillermo Martínez, Crímenes imperceptibles (Planeta Booket, Buenos Aires, 2006)

23 de agosto de 2006

Deseo, Flavia Ricci

Después de leer Yo necesito amor, de Klaus Kinski, me quedó una sensación de búsqueda eterna del amor, que ha de ser lo que da nombre al libro. Yo necesito amor. Y ese amor el autor lo busca a través del deseo. Sexo, sexo y más sexo para, a través de la satisfacción de ese deseo, llegar al amor. Es posible? Aquel que ama, desea, pero no todos quienes desean, aman. De lo contrario habría menos frustraciones en este mundo. Ni con todos los revolcones del libro que describe el autor podría llegar a la intensidad del amor. Y mucho menos, llegar a la intensidad del amor que siente por su hijo Nanhoi.

Busco el deseo, busco el amor, busco la intensidad .... Ir por la vida con los brazos abiertos mientras todo crece a mi alrededor, mientras mi Zoe vive junto a mí.

10 de agosto de 2006

Alicia Steimberg, La selva

"Si miro hacia atrás, veo un caos. Ese caos es mi vida pasada. Les he preguntado a muchos qué ven cuando miran hacia atrás en sus propias vidas, y me asombran sus respuestas: algunos ven un territorio ordenado donde hay, es cierto, muchas cosas y personas, pero parece que les sería tan fácil elegir un segmento, un lugar de donde sacar una historia, como para mí sacar un plato playo, sopero o de postre sin siquiera mirar las pilas ubicadas siempre de la misma manera en un estante".

El Rey de los Alisos, Michel Tournier

"Hay dos clases de mujeres. La mujer-objeto, que se puede manejar, manipular y abarcar con la mirada, y que es el adorno de una vida masculina. Y la mujer-paisaje. A ésta el hombre la visita, se adentra en ella y corre el peligro de perderse. La primera es vertical, horizontal la segunda. La primera es voluble, caprichosa, reivindicativa, coqueta. La otra es taciturna, obstinada, posesiva, memoriosa, soñadora".

El juguete rabioso, Roberto Arlt


"Ya sé lo que usted cree ... pero escúcheme ... yo no estoy loco. Hay una verdad, sí ... y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría (...)
Soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí ... (...)
Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes?. Si la Vida es linda, linda ... ¿no le parece a usted?. (...)
Y saber que la vida es linda me alegra, parece que todo se llenara de flores ... dan ganas de arrodillarse y darle las gracias a Dios, por habernos hecho nacer (...)
Yo creo que Dios es la alegría de vivir ¡Si usted supiera! A veces me parece que tengo un alma tan grande como la iglesia de Flores ... y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente (...)
Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí?. Y me gustaría darla ... regalarla ... acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres! ¿saben? tienen que jugar a los piratas ... hacer ciudades de mármol ... reírse ... tirar fuegos artificiales" (...)

"El juguete rabioso", Roberto Arlt (periodista y escritor argentino/Buenos Aires/1900-1942).

Ich brauche Liebe, Klaus Kinski


Uno de los pasajes de Yo necesito amor, de K. Kinski. Libro imprescindible, apasionado, que transmite amor por la vida, pasión: "¿Cómo se puede enseñar a alguien cómo y qué debe sentir y cómo debe expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a mí la manera de reir y llorar? ¿La manera de alegrarme y estar triste? ¿Lo que son el dolor, la desesperación y la felicidad? ¿Lo que son la pobreza y el hambre? ¿Lo que son el odio y el amor? ¿Lo que son el anhelo y su satisfacción? No, no quiero perder el tiempo con esos cretinos engreídos".

27 de julio de 2006

Tan de tiempo, Pedro Salinas

"Yo no necesito tiempo para saber cómo eres: conocerse es el relámpago. 
¿Quién te va a ti a conocer en lo que callas, o en esas palabras con que lo callas? 
El que te busque en la vida que estás viviendo, no sabe más que alusiones de ti, pretextos donde te escondes. 
Ir siguiéndote hacia atrás en lo que tú has hecho, antes, sumar acción con sonrisa, años con nombres, será ir perdiéndote. 
Yo no. Te conocí en la tormenta. 

Te conocí, repentina, en ese desgarramiento brutal de tiniebla y luz, donde se revela el fondo que escapa al día y la noche. 
Te vi, me has visto, y ahora, desnuda ya del equívoco, de la historia, del pasado, tú, amazona en la centella, palpitante de recién llegada sin esperarte, eres tan antigua mía, te conozco tan de tiempo, que en tu amor cierro los ojos, y camino sin errar, a ciegas, sin pedir nada a esa luz lenta y segura con que se conocen letras y formas y se echan cuentas y se cree que se ve quién eres tú, mi invisible".

20 de julio de 2006

José Régio

"Ah, que ninguém me dê piedosas intenções!
Ninguém me peça definições!
Ninguém me diga:"vem por aqui"!
A minha vida é um vendaval que se soltou.
É uma onda que se alevantou.
É um átomo a mais que se animou...
Não sei por onde vou,
Não sei para onde vou,
- Sei que não vou por aí!"