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31 de enero de 2016

Bajo el cielo, J. Teillier

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.
O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: “álamos”, “tejados”.
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.
Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huída de toda una estación.
Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.




23 de febrero de 2015

Las aguas del mar (fragmento), Clarice Lispector

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser hu­mano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volvién­dose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognos­cibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

24 de diciembre de 2014

Perfil de un ser elegido, C. Lispector

Aun muy joven, era un ser que elegía. Entre las mil cosas que podría haber sido, había ido eligiéndose. En un trabajo para el cual usaba lentes, entreviendo lo que podía y palpando con las manos húmedas lo que no veía, el ser había ido eligiendo y por eso indirectamente se elegía. De a poco se había juntado para ser. Separaba, separaba. En relativa libertad, si se descontara el furtivo determinismo que había dirigido discreto sin dar un nombre. Descontado ese furtivo determinismo, el ser elegía ser libre. Separaba, separaba la llamada cizaña del trigo, y lo mejor, lo mejor el ser lo comía. A veces comía lo peor: la elección difícil era comer lo peor. Separaba peligros del gran peligro, y era con el gran peligro que el ser, aunque con miedo se quedaba; solo para sopesar con gusto el peso de las cosas. Apartaba de sí las verdades menores que terminó por no llegar a conocer: quería las verdades difíciles de soportar. Por ignorar las verdades menores, el ser ya comenzaba a aparecer a los otros como rodeado de misterio: por ser ignorante era un ser misterioso. Se había convertido en una mezcla de lo que pensaban de él y de lo que él realmente era: un sabio ignorante, un sabio ingenuo; un olvidado que muy bien sabía de otras cosas; un sonso honesto; un pensativo distraido; un nostálgico sobre lo que había dejado de saber; un nostalgioso por lo que definitivamente al elegir había perdido; un valiente por ser demasiado tarde y ya haberse elegido. Todo eso, contradictoriamete, le dió al ser una alegría discreta y saludable de campesino que sólo lidia con lo básico. Y todo eso le dio la austeridad involuntaria que todo trabajo intelectual da. Elección y ajuste no tenían hora precisa de comenzar y terminar, duraban en realidad el tiempo de una vida.
Todo eso, contradictoriamente fue dando al ser la alegría profunda que necesita manifestarse, exponerse y comunicarse. Pasó a darse a través de la pintura. En esa comunicación el ser era ayudado por su don innato de gustar. Y eso ni lo había juntado ni lo había elegido. En efecto, era una don. Le gustaba la profunda alegría de los otros, por el don innato descubría la alegría de los otros. Por don, también era capaz de descubrir la soledad que los otros tenían. Y también por don, sabía profundamente jugar el juego de la vida, transformándola en colores y formas. Sin siquiera sentir que usaba su don, el ser se manifestaba: daba sin percibir, amaba sin percibir que a eso llamaban amor. El don era como la falta de camisa del hombre feliz: como el ser sentía muy pobre y no tenía qué dar, el ser se daba. Se daba en silencio, y daba lo que había juntado de sí, así como quien llama a los otros para que también vean.
Poco a poco el equívoco pasó a rodear al ser: los otros miraban al ser como a una estatua, como a un retrato. Un retrato muy rico. No comprendieron que para el ser, haberse reunido, había sido trabajo de despojamiento y no de riqueza. Por equívoco, el ser era festejado. Pero sentirse amado sería reconocerse a sí mismo en el amor recibido, y aquel ser era amado como si fuera un otro ser. El ser vertió las lágrimas de una estatua que de noche en la plaza llora sin moverse. Nunca la oscuridad había sido mayor en la plaza. Hasta que de nuevo amanecía y el ser renacía. El ritmo de la tierra era tan generoso que amanecía. Pero de noche, cuando llegaba la noche, de nuevo oscurecía. La plaza de nuevo crecía en soledad. De miedo, los que habían elegido dormían: ¿miedo porque pensaban que tendrían que vivir en la soledad de la plaza? No sabían que la soledad de la plaza había sido sólo el lugar de trabajo del ser. Pero que él también se sentía solo. El ser se prepara toda la vida para ser apto del lado de afuera de la plaza. Es verdad que el ser, al sentirse listo, así como quien se baña con óleos y perfumes, notó que no le había sobrado tiempo para existir como los otros: era diferente sin querer. Algo había fallado porque, cuando el ser se veía en el retrato que los otros habían sacado, se espantaba humilde frente a lo que habían hecho de él. Habían hecho de él, nada más, nada menos, que un ser elegido. Es decir, lo habian sitiado. ¿Cómo deshacer el equívoco? Por simplificación y economía de tiempo, habían fotografiado al ser en una única pose y ahora no se referían a él sino a la fotografía. Bastaba abrir el cajón para sacar de adentro el retrato. Cualquiera conseguía una copia que, además, costaba barata.
Cuando le decían al ser: te amo, el ser se perturbaba porque ni siquiera podía agradecer: ¿y yo?, ¿por qué no a mi también?, ¿por qué sólo a mi retrato? Pero no reclamaba, pues sabía que los otros no se equivocaban por maldad. El ser, a veces, por una cuestión de soledad, intentaba imitar la fotografía, lo que no obstante terminó por volverla más falsamente auténtica. A veces él se confundía todo: no aprendía a copiar el retrato, y se había olvidado de cómo era sin el retrato. De modo que, como se dice del payaso que siempre rie: el ser a veces, por así decir, lloraba bajo su callada pintura de bobo de la corte. Entonces intentó un trabajo subterráneo de destrucción de la fotografía: hacía o decía cosas tan opuestas a la fotografía que esta se erizaba en el cajón. Su esperanza era volverse más vivo que la fotografía. Pero, ¿qué ocurrió? Ocurrió que todo lo que el ser hacía en realidad sólo iba a retocar el retrato, adornarlo.
Y así fue yendo, hasta que, profundamente desilusionado en las más legítimas aspiraciones, el ser moría de soledad. Pero terminó saliendo de la estatua de la plaza, con gran esfuerzo, teniendo varias caidas, aprendiendo a pasear solo. Y, como se dice, nunca la tierra le pareció tan bella. Reconoció que ella era la tierra para la cual se había preparado: pues no se había equivocado, el mapa del tesoro tenía la indicaciones correctas. Paseando, el ser tocaba todas y, aun solitario, sonreía. El ser había aprendido a sonreir solo.

24 de marzo de 2013

Divorcio en Buda, Sándor Márai

“¿Qué significa 'amar'? Durante años he pensado que significa conocer a la otra persona..., conocerla perfectamente, con todos sus secretos; conocer cada rincón de su cuerpo, cada reflejo; conocer a fondo su alma, cada una de sus emociones... Quizás sea eso, quizás conocer sea lo mismo que amar. Pero eso sólo es una teoría. Después de todo, ¿qué quiere decir conocer? ¿Cuánto se puede conocer a un ser humano? ¿Hasta dónde se puede seguir a un alma desconocida? ¿Hasta sus sueños? ¿Y luego adonde? No se puede acompañar a nadie a su inconsciente. Ni siquiera es necesario esperar a que ella cierre los ojos, se despida de mi y se retire a ese otro mundo, al mundo que llamamos de la noche... Porque existen dos mundos y uno está más allá del espacio conocido en el que vivimos, y quizás en ese otro mundo vivamos de manera más real que en el espacio y en el tiempo...Ahora ya sé con certeza que hay otro lugar que es sólo nuestro, la propiedad privada de cada uno. (...) Aunque todavía sigo sin saber lo que significa amar... ¿Acaso se puede saber? ¿Y de qué sirve saberlo? No tiene nada que ver con la razón. Seguramente el amor es algo más que el conocimiento. Conocer a alguien no es mucho, tiene unos límites... Amar debe ser algo parecido a seguir el mismo ritmo, una casualidad tan maravillosa como si en el universo hubiese dos meteoros con la misma trayectoria, la misma órbita y la misma materia. Una casualidad tal que no se puede ni calcular ni prever. Tal vez ni exista siquiera (...) Dos personas a las que les gustan las mismas comidas y la misma música, que caminan al mismo ritmo por la calle y que se buscan al mismo ritmo en la cama: quizás sea eso el amor ¡Qué cosa mas rara debe de ser! Como un milagro... Yo imagino que los encuentros de ese tipo deben de ser místicos. La vida real no se basa en tales probabilidades. Creo que las personas que siguen el mismo ritmo, que segregan sus hormonas al mismo tiempo, que piensan lo mismo de las cosas y lo expresan con palabras idénticas... bueno, creo que eso no existe. Una de las dos será más lenta y la otra mas rápida, una es tímida, la otra osada, una ardiente, la otra tibia. Así es como hay que tomar la vida, los encuentros... Hay que aceptar la felicidad así, en su estado imperfecto.” 


22 de junio de 2012

Centro del hombre, Luis Cernuda

"Por unos días hallaste en aquella tierra tu centro, que las almas tienen también, a su manera, centro de la tierra. El sentimiento de ser un extraño, que durante tiempo atrás te perseguía por los lugares donde viviste, allí callaba, al fin dormido. Estabas en tu sitio, o en un sitio que podía ser tuyo; con todo o con casi todo concordabas, y las cosas, aire, luz, paisaje, criaturas, te eran amigas. Igual que si una losa te hubieras quitado de encima, vivías como un resucitado." (Centro del hombre, en Variaciones de un tema mexicano, 1952).

7 de marzo de 2009

Los dientes de mi sonrisa, Flavia Ricci

Él me envió un mail donde ponía:

Tengo una pregunta que quiero hacerte desde que te conocí.
No desde el primer día que te ví, por que no te tenía confianza, más bien de septiembre en adelante.
Cuando te fuiste para el sur se me había olvidado, pero ahora que veo algunas fotos tuyas en el facebook me volvió la duda:
Flavia Ricci, cuántos dientes tenés ...?
En esa trompa hay más de 32, sin ninguna duda. Sobre todo en el frente o te ponés dientes adicionales para sonreír en las fotos… seguro…


Yo le respondí enseguida:

Tal como el pesto tiene sus secretos ... mi dentadura tb. Mi sonrisa va creciendo conforme colecciono años, de manera tal que voy contra la corriente, con eso de que con la edad vienen más arrugas y menos sonrisas. Yo me agrego un diente por año a modo de recuerdo conmemorativo. Así, en 2008 le pedí al Ratón Pérez catalán (porque estaba en Barcelona) que me diera un diente para ponerme entre mi colmillo superior derecho y mi primera muela. Este año, crisis por medio, me trajo otro dientito que hace pareja a la izquierda, así que ya no debo reír de lado como todo 2008. Como ves, 2009 trae sonrisas de oreja a oreja y todo, todo, gracias a Pérez y mi receta secreta, que ahora tb sabés vos (ssshhhhh !!!!!).

16 de septiembre de 2008

El teu amor, Dusminguet

Canción precisa, para personas precisas ... de las que es preciso precisar ...


El teu amor
és son
és mort
és dolç
és calor
és son
és abric que mata
és abric que adorm
és abric que em fon

Ionqui d'amor sóc
el meu cos vesteix de dol
un somriure per passar la nit
demà et deixo, et deixo al llit
de la suite

El teu amor m'adorm
em xucla, em torna enrere dins del ventre

Ionqui d'amor sóc
para nano que això mata
que la vida no t'enganya

Viu, viu i la pena al riu
Viu, viu i la pena al riu..

El teu amor es trist
sempre taca com la daga
el teu amor no em vol
sempre mata quan m'atrapa


1 de septiembre de 2008

Centrífuga, Flavia Ricci

"Fuerza centrífuga es la que tiende a alejar los objetos del centro de rotación mediante la velocidad tangencial, perpendicular al radio, en un movimiento circular", Wikipedia

Septiembre, primavera en Buenos Aires, una vez más primavera. Una vez más su estación del año preferida por estas latitudes. Miró su casa, miró alrededor, preparó un café Buena Vista que le habían obsequiado desde Bolivia y se quedó tomando sol en el balcón con la cabeza hacia atrás. Pensó en la repetición de los días, pensó en que una vez más aparecían esos aromas a calor, esas bebidas que daban más gusto en primavera, y que volvía a aflorar en la gente esa predisposición a salir y permanecer en la calle haciendo nada desde las 19 en adelante. Pensó en la costanera de Vicente López, en San Isidro, en barriletes y Carlitos mirando el río color de león. Una fuerza centrífuga que llevaba dentro la devolvía a aromas, sitios y gente conocida, que entonces volvía a reconocer. Y con una sabiduría que descubrío que tenían esas repeticiones en su vida, también la fuerza centrífuga expulsaba a personas y hechos no deseados, que por falta de estabilidad o desinterés o simplemente porque no era el momento ni el lugar, salían de su vida. Los círculos eran sabios, las repeticiones cada vez más intensas. Porque repetir sus días junto a lo que le hacía bien, volver a sentirse libre repitiendo, era lo que finalmente había buscado. Ahora no le parecía tan extraño aquello de planear un año lo que le gustaría al siguiente. Era la primera primavera en ese balcón, porque allí todo había comenzado un verano. Y entonces, pensó, cuando llegue nuevamente el verano podrá resignificarlo, con su fuerza centrífuga que expulsaba todo lo que no estaba dispuesto a aferrarse. Escuchó un ruido y fue hasta el lavadero: el lavarropas estaba en su fase C y ella se quedo con una media sonrisa mirando cómo centrifugaba la ropa. Lo abrió, miró la ropa toda pegada a las paredes de metal plateado. Volvió a sonreir. Había aun aroma a café en la cocina, pero ella se preparó unos embutidos con queso, pan recién salido del horno que aprendió a hacer durante el invierno porteño y abrió una cerveza negra. Sólo una media se había desviado del centrifugado del lavarropas y se había colado entre sus paredes plateadas y su borde de goma gris. La agarró, la miró, vio que estaba algo sucia. Y la tiró al cesto.

26 de junio de 2008

La felicidad, Flavia Ricci

Buscando una canción de la cantante italiana Carmen Consoli di con la última parte de una de mis pelis preferidas, que vi en enero de 2006 en Necochea, L'ultimo bacio. En esa última parte, un hombre que rondaba los 30 y pasaba por esas etapas de "quiero estar con ella pero no sé muy bien qué quiero" hacía una reflexión acerca de lo que para él era finalmente la felicidad. Aquí va ... Porque después de los 30, sólo cabe el buen gusto.


31 de mayo de 2008

La extraña, Sándor Márai

Dos fragmentos de Sándor Márai ...

1.- Durante meses vivió pacientemente en habitaciones desconocidas, con una mujer desconocida, con el patético disfraz de un hombre maduro enamorado, en un entorno difícil de definir, esperando una señal.

2.- Comenzó a comprender que la felicidad no podía considerarse una propiedad privada que uno adquiere un día, como una herencia, y luego ya sólo tiene que cuidarla y evitar que se la roben o que pierda valor. La felicidad había que descubrirla cada media hora, cada minuto, se manifestaba de forma impredecible, y en términos generales era más agotadora e irritante que agradable y tranquilizadora.

4 de septiembre de 2007

Antes, Flavia Ricci

En el metro escuchando flamenco recordó sus infantiles años de guitarra. Aquellos en que rasgaba las cuerdas con firmeza y dulzura a la vez. Se miró las manos. Pensó en todo lo que habían tocado y en cuánto le costaría mover esos dedos con la astucia de antes. Pensó en que tenía una carrera de grado y un postgrado en comunicación, pero eso no la eximía de fracasos, malos y buenos entendidos que atesoraba en su haber. Pensó en que sabía de Biología, pero hacía años que no miraba a un gusano de cerca. Entonces se sentó en el parque y mirando al río color de león hundió lenta pero firmemente su cabeza en el césped lleno de hormigas, hongos, caracoles y olor a tierra húmeda después de llover.

27 de agosto de 2007

Ex, de autor desconocido

Si me pierdo otras cosas por estar contigo te perderé a ti en muy breve tiempo. ¿Que has dejado de amarme? Ya lo sabía, pues también yo he dejado de amarte. ¿Dudas de mí? Vamos ... vamos ... Dudas de ti! No me preguntes si fui feliz. ¿Lo fuiste tú? Lo fui yo.