Dos fragmentos de Sándor Márai ...
1.- Durante meses vivió pacientemente en habitaciones desconocidas, con una mujer desconocida, con el patético disfraz de un hombre maduro enamorado, en un entorno difícil de definir, esperando una señal.
2.- Comenzó a comprender que la felicidad no podía considerarse una propiedad privada que uno adquiere un día, como una herencia, y luego ya sólo tiene que cuidarla y evitar que se la roben o que pierda valor. La felicidad había que descubrirla cada media hora, cada minuto, se manifestaba de forma impredecible, y en términos generales era más agotadora e irritante que agradable y tranquilizadora.
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31 de mayo de 2008
La extraña, Sándor Márai
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2 de abril de 2008
Basta, mi amor. Al-Taïr
Caminaban por Buenos Aires mirándose uno al otro. Seguros de ser inmunes a las trampas del amor, aunque por momentos sentían que el otro se les escapaba y era irrecuperable. Ella lo observaba a su lado, él sonreía (pero no estaba ahí, en realidad). Entonces, llegaba esa turbación que detestaba: sentía que él se alejaba cada vez más, que volvía a hacer lo que la lastimaba. Ella ahogaba su impotencia mirando hacia otro lado con una angustia infinita. Se preguntaba qué había sido de aquel hombre que la había enamorado, ese al cual le importaba la relación.
Miranda volvía a caminar sobre la cornisa del amor, tan insegura como antes. Le extendía la mano, pero él estaba en otro mundo y ella lo sabía tan alejado que se resignaba, no quería hacer nada.
A la noche se perdía entre la multitud, sola y vacía hasta el hastío. Buscaba un hombre para abandonarse entre sus brazos y besos vacíos que después no iba a recordar. Hombres de utilería, que se rompen ante el menor descuido y desaparecen sin más. Caminaba hacia ningún lugar, cavilando. Ignacio estaba siempre presente en sus días, a pesar de todo.
A la mañana siguiente, cuando toda esa avalancha de incertidumbre había quedado atrás y lo veía durmiendo a su lado en la habitación, lo despertaba con los más tiernos besos. Pero sabía -tal vez ambos sabían- que era tarde: el respeto se había ido para siempre.
Se duchaban juntos después de hacer lo que hacen todas las parejas, se amen o no, y desayunaban en el comedor. Se despedían en la puerta del edificio de ella y cada uno a su oficina en su auto.
Cuando se reencontraban, salían a cenar afuera y se abrazaban y besaban en todo momento, como si de esa manera pudieran borrar las dudas del día y asegurar la pasión en la cama de plaza y media, que no estaba preparada para una pareja, que nunca iba a ser matrimonial por acuerdo entre ambos.
Luego caminaban de la mano hasta la casa de alguno de los dos. Ella lo miraba extrañada y él sólo sonreía, disperso del mundo y de todo. Entonces Miranda se desesperaba, recordaba cómo una y otra vez tendría que resignarse a perderlo y la sola idea le resultaba insoportable. Él estaba y no estaba, se esfumaba de su lado sin previo aviso. Ignacio estaba allí, pero su mente había evadido la presencia de Miranda una vez más. Se soltaron sus manos, ella temblaba y él sólo atinaba a mirarla despreocupado, sin la menor atención.
Y Miranda extendía por última vez una mano imaginaria tratando de alcanzarlo, y se daba cuenta de que él no estaba ahí, que otra vez no estaba. Y la sombra de Ignacio se apartaba, la sombra que era él mismo cuando estaban juntos. Y se llevaba consigo todo, la despojaba de todo su amor. Miranda corría tras él, pero no podía alcanzarlo. Ignacio no sólo era más rápido, sino que nunca miraba hacia atrás, no era su estilo.
Entonces ella se detenía de repente en medio del camino, aun con la mano extendida, rogándole que estuviera con ella otra vez, como al principio. Pero él no (la) escuchaba, como siempre.
En esos momentos Miranda sentía un dolor fuerte y persistente en el pecho, que se extendía luego a todo su cuerpo. Dolía, como duele la indiferencia de alguien junto a quien un día se soñó. Como sólo lo saben aquellos a quienes se les ha quitado la ilusión con falsas promesas, con basuras verbales. Una mezcla de vacío e indignación se apoderó de ella. Miranda hizo a un lado todo, borró sus recuerdos con Ignacio de una vez y para siempre. Se levantó, no era nada, había que olvidar(lo).
Comprendió que ya era tarde, como cuando caminaban por Buenos Aires abrazados, como siempre lo había sido para los dos. Entonces volvió a conducir en su auto hasta Ezeiza, y volvió a pensar en emigrar para siempre del país. Volvió a pensar en ese avión surcando el cielo que no llegaba nunca, y que era tan necesario. Volvió a extender sus brazos como si volara ella también, lejos de Buenos Aires. Y entonces se olvidó de Ignacio de una vez, y se le escapó una sonrisa repentina, indómita.
Alguien la sacudió muy suavemente en ese momento, era él. Abrió los ojos y ambos estaban tomando el sol en una playa de Mykonos. Ella sonrió, esta vez de verdad. Volvió a la realidad abruptamente. Él se había incorporado a su lado, sabía que Miranda tenía esos recurrentes pensamientos.
Nunca iban a entenderse. Él seguía alejándose, tal como lo veía ella en sus sueños, esos que a él le parecían sueños sin importancia. De manera que la rueda comenzaba a girar, él estaba muy preocupado en sí mismo como para pensar una solución conjunta. Y Miranda sabía que estar juntos no era estar cerca y viceversa. Lo que para Ignacio era filosofía, para ella era lo esencial.
se incorporó, mientras él miraba a una adolescente que paseaba con sensualidad por allí. Ignacio amaba a Miranda con locura -ella creía saberlo, al menos por momentos-, pero no era sólo eso lo que buscaba. Ignacio ya no le demostraba que la amaba, ni tampoco se lo decía.
Estaban y no estaban, decían amarse pero las dudas quedaban siempre expuestas ante la menor discusión. Tarde, muy tarde para recuperar el respeto. Más tarde aun para que Miranda se quedara con él. Pero seguramente eso lo tenía sin cuidado. Parecía tan preocupado por él que ya no importaba rescatar nada de todo lo que los había unido alguna vez.
Siempre era lo mismo: cuando parecía que algo importante había llegado a su vida, se desarmaba como una quimera. Miranda esbozó una sonrisa, se dio cuenta que no era que él la quisiera, sino que simplemente quería a alguien porque era su forma de no sentirse solo, porque sí. Después venían los reproches, porque no sabía qué hacer con todo eso. No sabía explicarse.
Se dio cuenta que cuando él le decía que no podía, en realidad estaba diciéndole que no quería. Porque después, cuando había algo que lo movilizaba, hacía lo imposible para lograrlo.
Se dio cuenta que Ignacio era una de esas personas que intentan disimular su indiferencia por algo con la frase "hoy no puedo", en lugar de decirle la verdad: que no le interesaba. Abrió los ojos y pudo ver que Ignacio tenía en claro lo que deseaba, y hacia eso iba, lo demás pertenecía a un mundo que lo tenía sin cuidado. Y en ese mundo había caído Miranda, aunque él jurara que no. Ignacio la había sabido enamorar, pero ella iba a demostrarle que fue un error dejar de alimentar ese amor: creer concerteza que Miranda siempre estaría junto a él, incondicional.
Fue por esa época que ella salió nuevamente a enamorar. Que dejó al margen a Ignacio y volvió a vivir con sus propias reglas. Que retornó a su antiguo estilo de vida. Se despojó de ese tiempo y de los recuerdos felices construidos junto a él. Comenzó a negarlo frente a sus conocidos y mucho más frente a los desconocidos. Fue la época en que comenzó la trampa de su amor.
Ignacio existía cuando se veían, el resto del tiempo era de ella, sólo de ella. No valía la pena alguien que confundía las cosas, que era un hipócrita más. Ignacio había maltratado el amor y cuando ella trató de salvarlo la rechazó: "Basta, mi amor", se dijo Miranda un día. Ella había tenido paciencia, ahora era tiempo de jugar. De volver a jugar, por qué no.
29/09/1998
Miranda volvía a caminar sobre la cornisa del amor, tan insegura como antes. Le extendía la mano, pero él estaba en otro mundo y ella lo sabía tan alejado que se resignaba, no quería hacer nada.
A la noche se perdía entre la multitud, sola y vacía hasta el hastío. Buscaba un hombre para abandonarse entre sus brazos y besos vacíos que después no iba a recordar. Hombres de utilería, que se rompen ante el menor descuido y desaparecen sin más. Caminaba hacia ningún lugar, cavilando. Ignacio estaba siempre presente en sus días, a pesar de todo.
A la mañana siguiente, cuando toda esa avalancha de incertidumbre había quedado atrás y lo veía durmiendo a su lado en la habitación, lo despertaba con los más tiernos besos. Pero sabía -tal vez ambos sabían- que era tarde: el respeto se había ido para siempre.
Se duchaban juntos después de hacer lo que hacen todas las parejas, se amen o no, y desayunaban en el comedor. Se despedían en la puerta del edificio de ella y cada uno a su oficina en su auto.
Cuando se reencontraban, salían a cenar afuera y se abrazaban y besaban en todo momento, como si de esa manera pudieran borrar las dudas del día y asegurar la pasión en la cama de plaza y media, que no estaba preparada para una pareja, que nunca iba a ser matrimonial por acuerdo entre ambos.
Luego caminaban de la mano hasta la casa de alguno de los dos. Ella lo miraba extrañada y él sólo sonreía, disperso del mundo y de todo. Entonces Miranda se desesperaba, recordaba cómo una y otra vez tendría que resignarse a perderlo y la sola idea le resultaba insoportable. Él estaba y no estaba, se esfumaba de su lado sin previo aviso. Ignacio estaba allí, pero su mente había evadido la presencia de Miranda una vez más. Se soltaron sus manos, ella temblaba y él sólo atinaba a mirarla despreocupado, sin la menor atención.
Y Miranda extendía por última vez una mano imaginaria tratando de alcanzarlo, y se daba cuenta de que él no estaba ahí, que otra vez no estaba. Y la sombra de Ignacio se apartaba, la sombra que era él mismo cuando estaban juntos. Y se llevaba consigo todo, la despojaba de todo su amor. Miranda corría tras él, pero no podía alcanzarlo. Ignacio no sólo era más rápido, sino que nunca miraba hacia atrás, no era su estilo.
Entonces ella se detenía de repente en medio del camino, aun con la mano extendida, rogándole que estuviera con ella otra vez, como al principio. Pero él no (la) escuchaba, como siempre.
En esos momentos Miranda sentía un dolor fuerte y persistente en el pecho, que se extendía luego a todo su cuerpo. Dolía, como duele la indiferencia de alguien junto a quien un día se soñó. Como sólo lo saben aquellos a quienes se les ha quitado la ilusión con falsas promesas, con basuras verbales. Una mezcla de vacío e indignación se apoderó de ella. Miranda hizo a un lado todo, borró sus recuerdos con Ignacio de una vez y para siempre. Se levantó, no era nada, había que olvidar(lo).
Comprendió que ya era tarde, como cuando caminaban por Buenos Aires abrazados, como siempre lo había sido para los dos. Entonces volvió a conducir en su auto hasta Ezeiza, y volvió a pensar en emigrar para siempre del país. Volvió a pensar en ese avión surcando el cielo que no llegaba nunca, y que era tan necesario. Volvió a extender sus brazos como si volara ella también, lejos de Buenos Aires. Y entonces se olvidó de Ignacio de una vez, y se le escapó una sonrisa repentina, indómita.
Alguien la sacudió muy suavemente en ese momento, era él. Abrió los ojos y ambos estaban tomando el sol en una playa de Mykonos. Ella sonrió, esta vez de verdad. Volvió a la realidad abruptamente. Él se había incorporado a su lado, sabía que Miranda tenía esos recurrentes pensamientos.
Nunca iban a entenderse. Él seguía alejándose, tal como lo veía ella en sus sueños, esos que a él le parecían sueños sin importancia. De manera que la rueda comenzaba a girar, él estaba muy preocupado en sí mismo como para pensar una solución conjunta. Y Miranda sabía que estar juntos no era estar cerca y viceversa. Lo que para Ignacio era filosofía, para ella era lo esencial.
se incorporó, mientras él miraba a una adolescente que paseaba con sensualidad por allí. Ignacio amaba a Miranda con locura -ella creía saberlo, al menos por momentos-, pero no era sólo eso lo que buscaba. Ignacio ya no le demostraba que la amaba, ni tampoco se lo decía.
Estaban y no estaban, decían amarse pero las dudas quedaban siempre expuestas ante la menor discusión. Tarde, muy tarde para recuperar el respeto. Más tarde aun para que Miranda se quedara con él. Pero seguramente eso lo tenía sin cuidado. Parecía tan preocupado por él que ya no importaba rescatar nada de todo lo que los había unido alguna vez.
Siempre era lo mismo: cuando parecía que algo importante había llegado a su vida, se desarmaba como una quimera. Miranda esbozó una sonrisa, se dio cuenta que no era que él la quisiera, sino que simplemente quería a alguien porque era su forma de no sentirse solo, porque sí. Después venían los reproches, porque no sabía qué hacer con todo eso. No sabía explicarse.
Se dio cuenta que cuando él le decía que no podía, en realidad estaba diciéndole que no quería. Porque después, cuando había algo que lo movilizaba, hacía lo imposible para lograrlo.
Se dio cuenta que Ignacio era una de esas personas que intentan disimular su indiferencia por algo con la frase "hoy no puedo", en lugar de decirle la verdad: que no le interesaba. Abrió los ojos y pudo ver que Ignacio tenía en claro lo que deseaba, y hacia eso iba, lo demás pertenecía a un mundo que lo tenía sin cuidado. Y en ese mundo había caído Miranda, aunque él jurara que no. Ignacio la había sabido enamorar, pero ella iba a demostrarle que fue un error dejar de alimentar ese amor: creer concerteza que Miranda siempre estaría junto a él, incondicional.
Fue por esa época que ella salió nuevamente a enamorar. Que dejó al margen a Ignacio y volvió a vivir con sus propias reglas. Que retornó a su antiguo estilo de vida. Se despojó de ese tiempo y de los recuerdos felices construidos junto a él. Comenzó a negarlo frente a sus conocidos y mucho más frente a los desconocidos. Fue la época en que comenzó la trampa de su amor.
Ignacio existía cuando se veían, el resto del tiempo era de ella, sólo de ella. No valía la pena alguien que confundía las cosas, que era un hipócrita más. Ignacio había maltratado el amor y cuando ella trató de salvarlo la rechazó: "Basta, mi amor", se dijo Miranda un día. Ella había tenido paciencia, ahora era tiempo de jugar. De volver a jugar, por qué no.
29/09/1998
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28 de noviembre de 2007
Nosotros, que nos queremos tanto. Al-Taïr
Risas, abrazos, besos, compromiso, hogar, camas, sábanas, siempre las mismas.
Ideas, soledad, pensamientos, pensamientos, pensamientos, agobio, incerteza, inseguridad.
Infidelidad, desenfreno, indiferencia, cantidad, sexo, desamor, desamparo, carcajadas, vacío.
Otra vez: un click infinito e intermitente que resuena en mi cabeza. Y una pared: infranqueable, enorme, negra.
Se ha roto algo en mí, hace tiempo, con tus códigos, silencios y media miradas. Con tu falta de palabras y especificidad. Y juro que tus actitudes sólo siguen logrando que me aleje. Y voy a hacerlo sin más.
Ideas, soledad, pensamientos, pensamientos, pensamientos, agobio, incerteza, inseguridad.
Infidelidad, desenfreno, indiferencia, cantidad, sexo, desamor, desamparo, carcajadas, vacío.
Otra vez: un click infinito e intermitente que resuena en mi cabeza. Y una pared: infranqueable, enorme, negra.
Se ha roto algo en mí, hace tiempo, con tus códigos, silencios y media miradas. Con tu falta de palabras y especificidad. Y juro que tus actitudes sólo siguen logrando que me aleje. Y voy a hacerlo sin más.
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27 de noviembre de 2007
A un click de distancia, Flavia Ricci
Lo había visto, escuchado y repetido cientos de veces: el mundo estaba a un click de distancia. Aquel día, mientras entraba en la habitación, la mano de él se echó sobre el mouse, la miró de lado una milésima de segundo sólo para cerciorarse de que ella no había visto nada. Cerró la ventana del programa, se puso de pie y caminó hacia ella para besarla. Ella apartó la boca, la asqueaba la hipocresía porque la había protagonizado por años. El mundo estaba a un click de distancia y él a un segundo de quedarse en medio de la calle con sus valijas de compañía. Todo su historial estaba en la mente de ella, no hacían falta aclaraciones, aunque sí hubiesen sido útiles algunas palabras cara a cara.
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27 de marzo de 2007
Disfraces, Flavia Ricci
Y dijo ... algunas veces me he desvestido, otras me he vestido y muchas, antes, antes, antes en mis otras vidas, me he disfrazado. Ahora suelo vestirme y desvertirme con mi propia ropa, las máscaras las he dejado para Carnaval.
16 de octubre de 2006
Miniaturas (1), Eduardo Berti
Cuando supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de la otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera -una inspección de la compañía de seguros, o algo así- y una mujer alta y equina me invitó a pasar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior del otro hogar era una réplica exacta, meticulosa, del que habíamos compartido por veinte años mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado, distribuidos de igual manera, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.
Esa noche, de regreso en casa, me dediqué con perverso placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre me miraba perpleja. No le dije nada de mi visita a la otra casa y cenamos en silencio.
De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí un gran jarrón que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido excesivo en su momento. Ahora lo entendía; ahora me bastaba imaginar a mi padre esa misma noche, a lo sumo el día siguiente, rompiendo a conciencia el jarrón igual de su otro hogar, sólo para mantener la simetría.
Esa noche, de regreso en casa, me dediqué con perverso placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre me miraba perpleja. No le dije nada de mi visita a la otra casa y cenamos en silencio.
De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí un gran jarrón que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido excesivo en su momento. Ahora lo entendía; ahora me bastaba imaginar a mi padre esa misma noche, a lo sumo el día siguiente, rompiendo a conciencia el jarrón igual de su otro hogar, sólo para mantener la simetría.
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16 de septiembre de 2006
Distracción avanzada, Javier Castañeda
Igual ocurre con el amor, que aprovecha cualquier distracción –como bajar a por tabaco- para desaparecer. Quizá sea cierto como diría "El último de la fila" que, "cuando la tristeza entra por la puerta el amor salta por la ventana". Sea como fuere, alerta más un armario desvencijado, abierto y vacío que, al llegar a casa, un día nos anuncia que la pareja ya no estará más; que esas relaciones muertas que día a día conviven en un presente tan apolillado como la ropa que no se usa en los armarios. En este caso, la distracción hace desaparecer una pieza fundamental que vacía de sentido toda relación, como es el amor, a pesar de que la ropa permanezca en el armario y de que todo siga tediosamente igual. (Javier Castañeda, Distracción Avanzada. La Vanguardia Digital. 15-09-2006)
11 de septiembre de 2006
Abstracto y Concreta, Flavia Ricci

Abstracto y Concreta se conocieron un día y de inmediato se enamoraron. Pero Abstracto siempre pensaba cosas en abstracto y nunca precisaba de qué se trataban. Concreta pensaba sólo cosas en concreto y las expresaba sin trabas. Les costaba entenderse, era casi imposible: Abstracto, siempre abstracto. Concreta, siempre concreta.
Después de unos años se casaron, pero siguieron sin entenderse. Concreta, insatisfecha con su pareja en concreto. Abstracto, insatisfecho, pero en abstracto.
Entonces Concreta buscó un amante concreto y comenzaron a verse todos los días. Abstracto, por su lado, también buscó una amante para abandonarse en sus brazos.
- ¿Por qué me engañas con otro hombre?, preguntó Abstracto a su esposa, harto de ser un sustituto.
- En todo caso, somos dos los engañados. Vos también estás con otra persona.
- Pero en abstracto ...
- Es en abstracto porque ese es TU MUNDO, lo cual no significa que no me seas infiel, replicó concreta. No te metas en mi mundo. Vos tenés una amante en tu abstracto mundo, yo en el concreto. Ese es MI MUNDO.
- Entiendo, entiendo, se resignó Abstracto. Había caído en su propia trampa.
Todavía hoy cada uno sigue en su mundo, con sus amantes abstractos y concretos. Hacen el amor cuando tienen ganas.
Concreta continúa concretando. Abstracto se transformó en un experto de la Web y sigue abstracto: en todo.
Flavia Ricci
8 de septiembre de 1998
9 de septiembre de 2006
Cortar amarras, Flavia Ricci

Aquel día en que lo vi desde el autobús y no fui capaz (debería decir "no quise") de bajar a besarlo, ni siquiera le hice una seña ni me asombré de cruzarlo en Buenos Aires, creo que desde aquel día había comenzado mi des-enamoramiento. Muchos me decían que desde hacía mucho más yo era quien miraba hacia los lados, y eso me impedía (o tal vez era un acto adrede) enfrentar (afrontar?) la realidad: no estaba enamorada de él. Alguna vez lo había estado? De qué me servía ese estado de "peor es nada"?
Fuimos felices, sí. Hay fotos que lo atestiguan, hay sonrisas, frases, eMails, sms, llamados por teléfono y mensajes en el contestador. Hay bares, restaurantes, teatros, cines y calles, muchas calles que lo atestiguan. Y yo? Puedo yo decir que fui feliz con él, que lo amé alguna vez? Podré mirar aunque sea una vez de frente la realidad y decir sí o no?
Aquel día sabía que poco a poco iban mermando mis ganas de verle. Y pasé de aquellas ganas locas a ese casi desgano, hasta llegar a un resignado tiempo junto a él. Curiosamente, me di cuenta que yo le daba luz, pero él me aportaba sombra. Y esa sombra me fue llevando a un estado que iba desde el rechazo (debo sobrevivir) hasta el querer sacarlo de ese estado cotidiano (debo hacer algo por él).
No sé si mis palabras habrán sido la salvación o el naufragio, tal como lo ha sido su silencio. En todo caso, no creo que hayamos corrido la suerte de Yves y Nadège en Medianoche de amor, aquel libro de Michel Tournier.
Seguramente, no sólo si le viese por Buenos Aires miraría hacia mis lados, sino que con todas mis ganas ansío no verle nunca más, porque es como ver una sombra y yo estoy llena de vida, de amor. Más que nunca, creo que es una cuestión de vida o muerte. Y yo estoy decididamente por la primera.
28 de agosto de 2006
¿Amenaza de qué?, Flavia Ricci
Asociación libre (y no tanto) del titular de El País y la fotografía. Hace unos años estuve en Canarias y no creo que haya cambiado ese paraíso.
18 de agosto de 2006
Funes el memorioso, Flavia Ricci
Recuerdo perfectamente el día en que quedé muda. Incapaz de olvidarme tan sólo un detalle de lo que él me contaba, decidí dejar de preguntarle. Y como nuestra relación funcionaba en base a una especie de interrogatorio, en donde yo debía preguntarle para que él relatara (aunque él sabía que me costaba horrores hacerlo y por ello jamás podría ser periodista o encuestadora), la sóla posibilidad de no preguntarle significaba su no-relato. Entonces, por el envión que llevaba en su discurso, me vio y automáticamente abrió la boca para comenzar a contarme algo. Pero yo estaba más allá, convencida de no cometer el error de preguntar para saber. Porque entonces emularía a Funes el memorioso de Borges, y ya no podría olvidar. Mientras que él, señor del yo-yo-yo, escupiría sus cuestiones, se iría y pondría los ojos en blanco a la mínima intensión de la que suscribe para relatar algo.
Enmudecí, no dije nada, no pregunté ni relaté. La nada. El silencio. Y además le dije "cállate, no tengo la menor intensión de escucharte nunca más". Creo que estábamos en el bar de las despedidas de Belgrano.
Enmudecí, no dije nada, no pregunté ni relaté. La nada. El silencio. Y además le dije "cállate, no tengo la menor intensión de escucharte nunca más". Creo que estábamos en el bar de las despedidas de Belgrano.
16 de agosto de 2006
Calvas, Flavia Ricci

Si, es verdad que puede una quedar así por tanto pensar. Pero hace un tiempo conocí a alguien que aparentaba ser víctima de la infoxicación, cuando en realidad su calva se debía a que no tenía una edad mental que ameritara diferenciarse de los bebés. Too much? Ahora vive en Venus ...
Venus, Flavia Ricci
Desde su mundo se dejaba caer en el mío cada vez que mi planeta y yo nos escapábamos de su órbita. No era una huída premeditada, sino que simplemente ocurría. Nuestros caminos eran paralelos, y aunque esto sonó al principio como promisorio, sobre todo porque parecía vaticinar que no iba a haber choques, mi planeta y yo sabíamos que lo mejor era que no se nos acercara, tenerlo fuera de (nuestra) órbita.
Él alguna vez fue de nuestro planeta, pero se fue a vivir a Venus. Y era tan perfecto para él su mundo en Venus que andaba por Venus, trabajaba en Venus, salía en Venus y hasta tenía su propio canal, llamado (cómo no), Venus.

Bajaba a la Tierra sólo para ir al banco, no al de la plaza, porque también los hay en Venus, sino a esos que dan o reciben dinero. Y lo de él era siempre recibir y recibir. Pero enseguida se encerraba nuevamente en su nave y marchaba a Venus.
Nadie lo molestaba y cuando alguien se acercaba a él, muchas veces porque él mismo lo deseaba, terminaba por salir por patas. Y como era su propio Rey en su propio planeta, construyó un imperio.
Y se creía feliz con su tecnología de última generación, sus casas de fin de semana, sus coches y sus logros en Venus.
Hace un tiempo lo vi y me miró con algo de envidia: yo iba feliz, rodeada de ese halo de felicidad que una siente porque sí, con su mismo coche, casas, tecnología de última generación. Pero además, de mi mano, iba mi hija.
Él alguna vez fue de nuestro planeta, pero se fue a vivir a Venus. Y era tan perfecto para él su mundo en Venus que andaba por Venus, trabajaba en Venus, salía en Venus y hasta tenía su propio canal, llamado (cómo no), Venus.

Bajaba a la Tierra sólo para ir al banco, no al de la plaza, porque también los hay en Venus, sino a esos que dan o reciben dinero. Y lo de él era siempre recibir y recibir. Pero enseguida se encerraba nuevamente en su nave y marchaba a Venus.
Nadie lo molestaba y cuando alguien se acercaba a él, muchas veces porque él mismo lo deseaba, terminaba por salir por patas. Y como era su propio Rey en su propio planeta, construyó un imperio.
Y se creía feliz con su tecnología de última generación, sus casas de fin de semana, sus coches y sus logros en Venus.
Hace un tiempo lo vi y me miró con algo de envidia: yo iba feliz, rodeada de ese halo de felicidad que una siente porque sí, con su mismo coche, casas, tecnología de última generación. Pero además, de mi mano, iba mi hija.
1 de agosto de 2006
La vita che vorrei, Flavia Ricci

- No quiero volver a verte, eres una persona triste, le dijo ella. Yo al menos cuando estoy mal no me estanco
- Espera ...
- No, eres tú quien está mal, no yo
Bellísimos diálogos que ponen en su lugar al protagonista de "La vida que sueño", que va por la vida haciéndose el buen tipo cuando lo único que tiene son celos profesionales y yoísmo elevado a la máxima potencia. Una muestra de cómo a veces en este mundo del revés, quienes están bien terminan jodidos por quienes siempre han estado mal (de la cabeza).
- Hay muchas cosas que tengo que aprender, pero no puedo aprenderlas contigo, le suelta la tía. ¿Podrá él darse cuenta que es mucho pedir fastidiarle la vida a los demás y exigirles además que le perdonen?.
- Tú no has cambiado, eres actor (ella)
- No he cambiado, no. Pero he mejorado (él)
Muy recomendable esta peli que no ha tenido muy buenas críticas, pero que muestra al cine haciendo cine y a un hombre y una mujer dándose lugar, sin diálogos surrealistas ni adornos sin sentido. Diálogos que hace poco tuve que pronunciar.
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