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30 de agosto de 2012

Huevo y chorizo, Flavia Ricci

Tengo pocos recuerdos de mi infancia, pero uno de ellos, que viene con olor a comida, es el deleite que para mí suponía comer huevos fritos. Era una extraña relación entre las escasas veces que me los preparaba mi mamá con el gusto de ese exquisito plato. A todo esto colaboraba que muchas veces me lo prometían, pero esas promesas terminaban inconclusas. Con ese mismo respeto preparo huevos fritos muy de vez en cuando. Y cuando lo hago, me concentro rompiendo la cáscara y abriéndola con mis dos manos con sumo cuidado, no sea que se rompa la yema. Pensaba en todo eso mientras esta noche tomaba un cabernet en la cocina de casa, sin mi madre pero con un huevo haciéndose en el teflón. Perfecto, con la yema líquida y la clara hecha, como siempre me gustó. Los choricitos con pimentón rojo esperaban su turno. Pero jamás, jamás, tendrán el protagonismo de un huevo frito. Qué querés, chorizo .... estoy recuperando recuerdos ...

22 de septiembre de 2007

Niños

"¿Cómo sabías que había un caballo dentro de la piedra?", preguntó el niño al escultor.

4 de septiembre de 2007

Antes, Flavia Ricci

En el metro escuchando flamenco recordó sus infantiles años de guitarra. Aquellos en que rasgaba las cuerdas con firmeza y dulzura a la vez. Se miró las manos. Pensó en todo lo que habían tocado y en cuánto le costaría mover esos dedos con la astucia de antes. Pensó en que tenía una carrera de grado y un postgrado en comunicación, pero eso no la eximía de fracasos, malos y buenos entendidos que atesoraba en su haber. Pensó en que sabía de Biología, pero hacía años que no miraba a un gusano de cerca. Entonces se sentó en el parque y mirando al río color de león hundió lenta pero firmemente su cabeza en el césped lleno de hormigas, hongos, caracoles y olor a tierra húmeda después de llover.

23 de septiembre de 2006

El efecto huevo frito, Flavia Ricci

Llegó a su casa feliz, radiante, con las bolsas de la compra para preparar la cena para dos. Era viernes, su día predilecto porque todo estaba por vivirse. Preparó todo como si fuese su primera cena, habían quedado esa mañana para verse en la noche en casa de ella. Puso música, de Enzo Enzo, y observó cómo todo iba haciéndose poco a poco en ollas y cazuelas. Pensó una y otra vez en él cruzando el umbral, como en cámara lenta, cuadro por cuadro. Se duchó, se puso aquel vestido primaveral ceñido al cuerpo y con aire adolescente. Se miró una y otra vez al espejo, sonrió con su sonrisa amplia y los dientes blanquísimos y parejos. Se arregló y miró el reloj. Era extraño que aun no hubiese llegado. Llevaba 20' de retraso. Tampoco podría haberlo olvidado, porque habían cerrado la propuesta de ella de común acuerdo. Pero el reloj avanzaba y con él la preocupación de ella iba subiendo. Más tarde comenzó a sentir rabia, hasta que sus ganas de verle mermaron y se transformaron en nulas. Pasó una hora, hora y media, dos horas ..... Cuando sonó el timbre ella estaba mirando tv en su cama, ni siquiera había probado la comida, tampocó quitó los platos de la mesa. Aun así, había decidido no atender. Cerró los ojos, la nada, sabía que tarde o temprano él marcharía resignado, aunque no tanto como ella. La generación de expectativas, su explosión y, la nada. La nada que quedaba luego de esas partículas de expectativas que salían despedidas como trozos de cristal. La nada, posterior a la rabia.
Se levantó al día siguiente, cogió su móvil: "hola Paula, cómo estás? bueno, no pude llamarte para avisarte que llegaba tarde a tu casa. Toqué varias veces pero no estabas. Lo siento, soy Nacho".
Ella borró el mensaje. Y jamás, jamás, volvió a llamarle ni a saber de él.